Lo que perdimos vaciando el campo
Sobre este blog
Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.
Cada verano, cuando los incendios devoran la Península Ibérica, nos acordamos del campo. Que si los pueblos están vacíos, que si se ha dejado de cuidar el bosque, que si algo hay que hacer para evitar que arda todo sin control. Este jueves, por primera vez, se ha decretado el máximo nivel de emergencia en España, el 3, solo activado durante el apagón, por una sucesión de fuegos sin control que están entrando en Madrid. Y esto que es una tragedia no deja de ser también una metáfora.
En su último libro La fosa abierta. Anarchivo emocional de un milagro económico (Anagrama), Brigitte Vasallo, se interesa por la ruralidad y por esas comunidades “campesinas” que durante siglos han convivido en su entorno sin provocar desastres naturales ni cambios climáticos. Vasallo reflexiona sobre el mito franquista del campo, idealizado pero del que todo el mundo huye. Y del supuesto milagro económico que supuso una emigración masiva a las ciudades que vació los pueblos.
De todos los movimientos sociales, el trasvase del campo a la ciudad (y en ocasiones de las ciudades al mundo rural) es el que ha marcado el ritmo de la historia planetaria. De las primeras enfermedades en la prehistoria, con la fundación de los primeros núcleos urbanos donde se hacinaban personas y animales, al ultracapitalismo actual en el que se construyen megalópolis a la vez que se vacía el interior de los países.
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