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Sobre este blog

Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

Toca contestar (a la extrema derecha) a quien insulta

Sergio Gracia

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Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

En la vida, cuando alguien insulta, agrede o intenta imponerse a base de gritos, llega un momento en que el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer permiso. En política y todo lo que esta rodea ocurre exactamente lo mismo. Hay discursos que han impregnado todo de odio, que no buscan debatir, sino intimidar; que no pretenden convencer, sino señalar; que no aspiran a construir nada, sino a ensuciarlo todo para que los demás retrocedan. Y frente a eso, igual que en la vida cotidiana, responder no es perder las formas: es poner límites.

Hay una parte cada vez más ruidosa de la sociedad que ha confundido libertad de expresión con derecho a agredir verbalmente cada vez que le viene en gana. No debate: señala. No argumenta: insulta. No discrepa: deshumaniza. Y lo más llamativo no es sólo la violencia verbal con la que actúa, sino la fragilidad impostada que exhibe cuando alguien decide responderle.

Durante años, la extrema derecha y sus entornos mediáticos, digitales y políticos han cultivado una forma de intervención pública basada en la provocación permanente. El insulto lo han disfrazado de “decir verdades”. La humillación se presenta como “sentido común”. El ataque personal se vende como “incorrección política”. Y cualquier límite democrático, ético o simplemente humano se denuncia como censura.