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La portada de mañana jueves, 20/06/2024
Sobre este blog

Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

Del Cid Abascal a la implosión de Vox

El líder de Vox, Santiago Abascal

Sergio Gracia

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Es sabido y conocido que a la derecha y a la extrema derecha siempre les atrajo utilizar la parafernalia de personajes míticos como Don Pelayo o El Cid. Pero para entender este alcance, primero tendríamos que retroceder algunas décadas y ver cómo el dictador Franco mostraba su querencia hacia Rodrigo Díaz de Vivar, cuando el 23 de julio de 1955 inaguró su estatua en Burgos tal como recoge el Archivo Municipal de dicha ciudad, abriendo el NODO el 1 de agosto de 1955 con la noticia Burgos vive una jornada de exaltación patriótica.

Posteriormente sería el propio José María Aznar el que se disfrazaría de El Cid para un reportaje de El País en 1987, en el Castillo de Villafuerte de Esgueva (Valladolid) . Para terminar, lo haría Santiago Abascal, que bebió de los pechos de Aznar y utilizó la ideología falangista para amoldarla a su partido, tal como escribimos en estas mismas líneas en nuestro primer blog Las 100 mentiras de Vox.

Decía Abascal en 2019 que su partido no eramuy del CIS. Somos más de El Cid, nos gusta las reconquistas”. Y es que a Santi, como a su admirado Franco, le pone mucho la mitología de El Cid. Recuerden que en 2019 en Andalucía, Vox comenzó la campaña de las generales con un cartel de El Cid.

Y ustedes dirán: ¿Qué tiene que ver esto con lo que está sucediendo actualmente en Vox? Pues bien, nada más y nada menos que parece que Abascal quiere ganar su última batalla, como la falsa mitología de El Cid, a pesar de estar muerto políticamente. Como decía hace unos días Juan Jara, exvicepresidente de Vox en una entrevista realizada para El Plural, “a Abascal le estamos preparando un sitio en el cementerio de cadáveres políticos”.

Las elecciones del pasado 23-J pretendían ser un paseo militar para la ultraderecha, donde marcar la agenda política del país. Sin embargo, la crisis generada tras el batacazo prendió la mecha de lo que se estaba cociendo internamente desde hace tiempo y el partido ha pasado “cuchillo político” a todo aquel que ha intentado contradecir al líder supremo y donde, incluso, le hicieron la cama al propio Vidal-Quadras. 

La borrachera de felicidad que se preveía derivó en una resaca poselectoral que ha llegado hasta nuestros días y que no tiene visos de calmarse fácilmente, ya que sólo un posible gobierno de unos u otros calmaría las aguas y daría estabilidad al partido. 

Que salga Abascal, en un claro brindis al sol, diciendo que entrega sus escaños a cambio de nada, es falso, ya que tiene 135 pactos con el PP para, en principio, los próximos cuatro años; 135 pactos cargados de eliminación de derechos, de ideología extremista y retroceso social.

Abascal lo que no quiere es que haya nuevas elecciones por eso del voto útil, donde mucho votante de Vox se quedaría en su casa por la desafección con el partido o directamente votaría al PP. Ya lo dijo el propio Vidal-Quadras hace unos días, poniendo como ejemplo a Ciudadanos.

La implosión de Vox no se lleva a cabo con la dimisión de Espinosa de los Monteros y posterior renuncia a sus cargos de Juan Luis Steegmann, sino que tiene que ver con la manu militari del falangista Buxadé, que se cree elegido por una divinidad superior para llevar a cabo grandes empresas.

La implosión de Vox tiene que ver con dimisiones, renuncias y expulsiones como las de Contestí, quien acusó a Vox de “homófobo” y “dogmático”, de Olona, equiparando a Vox con una organización nazi o con la dimisión en diferentes cúpulas como Murcia, Guadalajara, Málaga, Chiclana, Salamanca, Móstoles, Cantabria o en la Ejecutiva de Ávila, donde se acusa al partido de oscurantismo y nepotismo. La lista es un no parar, sin olvidar el transfuguismo de Luz Belinda en Vox Almería que le llevó a Falange.

La implosión de Vox tiene que ver con purgas o silencios impuestos, como los de Víctor Sánchez del Real, Rubén Manso o Mazaly Aguilar, con la creación de partidos satélite de disidentes como Badajoz 5 Estrellas, Caminando Juntos, Por San Juan, España Suma, Tu Patria o Juntos por España; pero, sobre todo, con un partido personalista, con un líder megalómano con aires de grandeza, donde la estructura jerárquica y el orden y mando pertenecen a tres o cuatro, y donde la autocrítica y la disidencia se castigan.

Abascal se ha bunkerizado en Sotogrande, parapetándose tras su guardia pretoriana, los incansables al desaliento, la línea dura, esos que le dicen sí a todo sin discutir, mientras Buxadé lo adula, le acaricia el hombro y le susurra al oído.

Que Vox seguirá teniendo un % de voto es seguro. Seguirá habiendo gente que no quiera ver lo que hay por mucho que se lo pongan delante de sus ojos, pero la deriva, y volviendo a lo del voto útil, es la que es. Es un partido que ya está capitalizado. El voto extremista, aunque sea pequeño, seguirá presente en España. Ahora tocará ver quien recoge ese electorado. 

Vox en general y Abascal en particular saben que si hay nuevas elecciones están muertos políticamente. Andalucía fue su laboratorio en 2018 y su tumba en 2022, y la deriva que están tomando a nivel nacional es la misma, pasando de ser imprescindibles a posiblemente mera comparsa. 

¿Podrán seguir en gobiernos locales? Posiblemente, pero su caída está cada día más próxima y ya un panorama político sin Vox no se ve tan improbable, y al igual que El Cid, habrá que ver a las órdenes de qué caudillo se pondrán cuando se queden si poltrona. Porque por mucho que quieran blanquear la historia, tal como recoge National Geographic, El Cid fue un mercenario al servicio de sus propios intereses, a veces en el bando cristiano y otras en el musulmán, y Santi pinta que quiere seguir el linaje de su amado Cid, pero la pregunta es en qué bando. Porque no olviden que Santi ya estuvo en otro bando.

Sobre este blog

Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

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