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Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Mis animales cercanos 4: el rinoceronte

Juan José Fernández Palomo

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Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Una vez no hace mucho tiempo me acerqué con mi compañero, el fotógrafo flamenco Toni Blanco (conocido en las peñas del cante como “El charneguito de Córdoba”), a hacer un reportaje sobre un circo que habían instalado a las afueras del barrio. Pensé que estaría bien hablar con “esa familia nómada” de trashumancia y de fronteras. Y decidí que las imágenes las tomase un fotero acostumbrado a fijar a gitanos que tienen a una rueda de carro por bandera.

Dos días después del reportaje, el gobierno decretó un confinamiento a causa de una pandemia mundial y tanto el fotógrafo como yo nos pusimos a pensar de dónde vendrían, qué fronteras habrían cruzado los hierros de la gradería del circo nómada, sus remolques, sus carpas y toldos, la comida que guardaban en sus neveras, la madera de los malabares, las cuerdas del trapecio… Hasta llegar a nuestro barrio y detenerse. Y cerrar las puertas. Como todos.

El responsable del circo, de apellido artístico italiano pero de procedencia portuguesa (nomadismo, insisto), nos contó, entre melancólico, triste y enfadado, que ya no podían hacer “números” con animales por la prohibición en muchos estados sobre el maltrato y la exhibición animal. Nos dijo que, más allá del típico domador de felinos (tigres, leones, panteras famélicas…), tuvieron números con elefantes indios, que son más pequeños que los africanos y de un carácter más llevadero (posiblemente por el budismo, no sé).