El regalito
Sobre este blog
Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.
Es muy difícil regalar algo y “acertar”. Lo sé por experiencia. Sobre todo cuando hacer un regalo se convierte en obligación y llevas tropecientas veces cumpliendo con esa “obligación”, con lo que ya ha perdido toda capacidad de sorpresa, de agradecimiento, de reconocimiento o de gratitud.
Es más; ya estoy seguro de que la verdadera generosidad está más en aceptar un regalo con amplia sonrisa que en regalar algo “a ver qué cara pone el agasajado”.
De hecho, en esas convenciones humanas pesadas y repetitivas como las onomásticas, los cumpleaños, los “amigos invisibles”, los reyes o las fiestas de guardar, el personal objeto del regalo por enésima vez pone la peor cara de sorpresa y alegría de parvulitos de arte dramático cuando lo que realmente le preocupa es que no se hayan olvidado de incluir el “ticket regalo” para la inminente devolución (ya en privado y sin tener que forzar la sonrisa y sin hacer aspaviento alguno).
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