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Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Dinero a pedir de boca

Juan José Fernández Palomo

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Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Como era mi primera vez y habían aplicado anestesia local y tenía dormida la parte inferior de mi rostro, creo, decidí pensar en cosas para distraerme. Pensé en el dinero. El dinero, digamos, en la cultura popular.

Así que mentalmente tarareé “Money”, de Pink Floyd y me acordé también del musical ese en el que cantan “money makes the world go around, go around…” y de Liza Minelli. Incluso me acordé del poemario “Dinero”, de Pablo García Casado: “No es un ambiguo sentimiento de angustia, es dinero”. Y también de Franco Battiato cuando en una de sus eternas canciones suspira por levantar una bandera blanca “ante los hijos de su majestad, el Dinero”. O del Arcipestre de Hita cantado por Paco Ibáñez: “si tienes dinero tendrás consolación, placeres y alegrías y del Papa ración, comprarás Paraíso, ganaras la salvación; donde hay mucho dinero hay mucha bendición”.

Dos horas y cuarto me tuvieron en la camilla de la clínica odontológica. Semidrogado, semidespierto. El cirujano maxilofacial (antes conocido como “el dentista”) me nombró en todo momento por mi nombre: “qué tal, Juanjo”; “esto te molestará un poco, Juanjo”; “cómo lo llevas, Juanjo”; “se nota que llevas tiempo sin venir, Juanjo…”