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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

Atrapados en la estación de Córdoba-Julio Anguita

Eduardo Moyano

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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

No sé si porque nos estamos acostumbrando al deterioro de nuestro sistema ferroviario, si por el efecto narcotizante de los smartphones o por un poco de todo, lo cierto es que apenas hubo protestas en la estación Córdoba-Julio Anguita abarrotada de viajeros y sin aire acondicionado la tarde tórrida del miércoles 24 de junio. Quién lo diría en una estación que lleva el nombre de un político tan reivindicativo.

Tres horas, y hasta cuatro, esperando la salida de los trenes a Madrid y los procedentes de Sevilla con destino a la capital de España no fueron suficiente para que se produjera algún atisbo de protesta. Nada. La gente ensimismada en sus teléfonos móviles, distraída con WhatsApp o Instagram, mirando de vez en cuando la pantalla luminosa de los horarios. Tal era el grado de resignación que mostraba la gente, ya fuese tomando algo en las cafeterías, sentadas en el suelo o simplemente de pie, que parecía como si lo que estaba sucediendo fuera normal. Ni siquiera se alteraban los que seguro perderían el enlace para un vuelo en Barajas.

Las azafatas procuraban atendernos con amabilidad dando muestras de una entereza encomiable. Nos animaban a pedir la hoja de reclamaciones para exigir que, al menos, arreglasen el aire acondicionado, pues ellas también lo sufren. Pero ni por esas. Nadie reclamó nada, nadie se inmutó.