Romero y la historia épica de un héroe por accidente

José Antonio Romero anima a sus jugadores desde la banda. FOTO: LARREA
La gesta del Córdoba B proporciona notoriedad pública a un veterano “hombre de la casa” que vive con mesura su hora feliz

Cuando sonó su teléfono y Carlos González le propuso agarrar las riendas del filial, dijo sin dudarlo que sí. No le importó que el equipo anduviera a la deriva en su estreno en Segunda B, con un solo punto sumado en los primeros ocho partidos, colista destacado por propios (de)méritos y lastrado por una atmósfera entre caótica y podrida. No le importó tampoco que el club hubiera mantenido conversaciones con otros candidatos a sustituir a Pepe Puche y que, al no prosperar los acuerdos, recurrieran a él. Ya ha visto mucho fútbol. Ya sabe de qué va esto. A sus 54 años, veinte de ellos en la casa blanquiverde, a José Antonio Romero Morilla apenas le sorprende nada. Es el clásico “hombre de la casa” que igual entrena a un cadete, da una charla técnica, hace un informe o representa a la entidad en un acto público. Los degustadores del fútbol base llevan muchos años viéndolo por esos campos de Dios. En el Puga, en Salesianos... También pasó por Montilla, donde le recordarán por una temporada espectacular que tuvo un dramático colofón con un ascenso frustrado a Tercera. A Romero se le ha visto siempre atento, alejado de tertulias acaloradas y con la discreción como sello de la casa. En el Córdoba, con la puerta giratoria a pleno funcionamiento en la última etapa, ha sido un superviviente.

Serio y ponderado en el juicio, tan políticamente correcto como le permiten las circunstancias, Romero ha entrado en la historia del club en el segundo curso triunfal del B. El año pasado el cordobesismo se volvió loco con el ascenso a las órdenes de Pablo Villa, un hombre que había jugado mucho y entrenado poco; esta vez no ha habido tanto revuelo con la permanencia -tiene mucho que ver el exilio en El Carpio-, labrada con el trabajo sordo de un Romero que ha jugado poco -al menos, en categorías nacionales- y ha entrenado mucho. Cada cual siguió su camino. El hecho de que los dos últimos técnicos de éxito en el filial -Rafa Berges y Pablo Villa- terminaran promocionando para dirigir al primer equipo ha venido de inmediato a la mente de los cordobesistas. Si suena el teléfono de Romero pueden imaginarse la respuesta. Sería la misma que si le proponen retornar a su puesto de coordinador de la base, arremangarse para devolver su lustre al equipo juvenil o permanecer al mando del filial. “Es el Molowny [ex jugador y técnico tinerfeño que estuvo casi dos décadas en las divisiones inferiores del Real Madrid] del Córdoba”, dijo en la Cadena Ser el otro día Carlos González, quien le ha etiquetado como “el mejor entrenador de la historia en las categorías base del club”.

¿Y qué ha hecho Romero? Entre otras lindezas -permanecer en la casa tantos años, con tantos vaivenes y obstáculos, ya es en sí una gesta-, adiestró a una de las más talentosas generaciones de juveniles de todos los tiempos. Con los resultados en la mano, la mejor. El Córdoba alcanzó unos cuartos de final de la Copa del Rey y cayó por diferencia de goles ante el Espanyol. Fede Vico, Sillero, Bernardo, Fran Cruz, Rafa Gálvez, Dani Espejo... Una hornada inolvidable, cuya irrupción sirvió para impulsar el ascenso del filial a Segunda B y ayudar de forma determinante al primer equipo tanto deportiva como económicamente. El pase de Fede Vico al Anderlecht el pasado verano por 1,5 millones de euros resultó una inyección financiera vital para el club, uniéndose al de otros productos canteranos que salieron antes -previo pago de su importe- como Javi Hervás, Juan Fuentes o Fernández. Romero es consciente de que el mundo ha cambiado y el fútbol, más. Un club es una fábrica que modela productos, los pone en el escaparate y los saca al mercado. No va a derramar lágrimas -quizá de emoción, pero no más- si llega algún equipo con dinero fresco y se lleva a Bernardo, a Fran o a Gálvez. Unos salen y otros entran. La máquina sigue funcionando. Y Romero es el encargado de que los ejes no chirríen.

Siempre habla de la gestión. Es un término que salpica su discurso de manera insistente. Gestión futbolística. Gestión deportiva. Gestión de recursos. Gestión emocional. Gestión de talento. La mentalidad analítica de Romero convierte el fútbol en una ecuación. Medios, tiempo, objetivos. Hay, sin embargo, una variable ingobernable: la suerte. Si se minimiza su influencia, aún sabiendo que está ahí para bien o para mal, habrá mucho camino ganado. Es lo que ha hecho Romero. Agarró un grupo de jugadores jóvenes apaleados por la dureza de un campeonato nuevo. Les convenció de que era posible cambiar la situación. Lo creyeron y actuaron en consecuencia. Los buenos marcadores alimentaron el discurso. En la segunda vuelta, el Córdoba B ha hecho números de equipo grande. Se implicaron los que estaban y los que llegaron después, elevándose el nivel con algunas hábiles operaciones del director deportivo Pedro Cordero -el guardameta ghanés Razak, el lateral Dani Pinillos...- para aderezar un guiso perfecto. El filial ha salvado la categoría a falta de una jornada después de vencer en el Carlos Belmonte, el hogar del líder Albacete. El premio final será disputar el último partido en casa, el domingo en El Arcángel, el sitio en el que empezó toda esta historia. Para algunos futbolistas se hará hasta raro. No para el entrenador, José Antonio Romero Morilla, el hombre que habla bajo y ha volado muy alto, el tipo al que le dieron un grupo y que devolverá un equipo.

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