El artista que vino del frigo

Situémonos. Estamos en Menphis en noviembre de 1956. Elvis Aaron Presley ha firmado contrato con RCA. El Rey se sienta en en el trono del rock. Acaba de llevar a la perfección el género musical por excelencia del siglo XX.

Ahora estamos en un cuarto de baño. Es el 16 de agosto de 1977. Pesa 130 kilos. Sentado en el retrete, se cuenta, sufre un infarto que acaba con su vida.

Rock y comida. Pop y viandas. Bajo este binomio se esconde una ecuación tan digna de ser apreciada como lo pueda ser el rock y su vinculación con la política, el sexo o las drogas. Porque, si importante fueron las fiestas ácidas de los Pink Floyd para explicar la psicodelia, no lo es menos los chuletones de tofu que se zampa el vegetariano de Morrisey, por citar un ejemplo.

Junto a vacas ya consagradas, como el último Elvis al último Morrison, pasando por Meat Loaf o Solomon Burke, se erigen otros artistas que reclaman su sobrepeso específico en la escena rock. Artistas de la talla XXXL. Creadores que atracan el frigorífico con la misma fiereza con la que atacan grandes canciones pop. Se nos escapa comprender el secreto que hay tras la comida y la capacidad creadora del artista. Los enlaces neuronales que crean determinados alimentos, y en qué cantidad. Ese tipo de cosas. Quizás alguno de ellos tenga la respuesta. Se me ocurren algunos nombres a los que les podríamos preguntar:

Frank Black:

http://www.youtube.com/watch?v=t2zb_iZC6nI

Daniel Johnston:

http://www.youtube.com/watch?v=JkczI1-be1k

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2 de febrero de 2014 - 12:14 h