Rafael Moreno, alcalde de Adamuz: “El pueblo quedará ligado a la tragedia, pero también a la respuesta de su gente”
Al novelista estadounidense Francis Scott Fitzgerald se le suele atribuir la frase: “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”. Lo que ocurrió el pasado domingo en la localidad cordobesa de Adamuz es el reverso de esa frase: hubo una tragedia que reescribieron los héroes. Esos héroes son los vecinos del pueblo, cuya atención y ayuda inmediata contribuyó a que el número de víctimas fuera menor de lo que se pensó desde el primer momento en el que, en un centro de mando, alguien percibió que un tren de Alta Velocidad había descarrilado a su paso por la Sierra de Córdoba.
No pasaron muchos minutos hasta que sonó el teléfono del alcalde de Adamuz, Francisco Ángel Moreno (Adamuz, 1986). Y tampoco pasó demasiado hasta que Moreno llegó al lugar donde se enteró de que el descarrilamiento era, en realidad, una colisión entre dos trenes de centenares de toneladas de peso a más de 200 kilómetros por hora. Tres días y medio después de aquella noche, en una mañana fría en la que el pueblo comienza a vaciarse de periodistas, se cita con Cordópolis en el Ayuntamiento. Baja a recibir al equipo. Está ojeroso y no tarda en reconocer que la noche pasada (la del miércoles al jueves) ha sido la peor; la primera desde el accidente en la que el cansancio ya no funcionaba como somnífero. La primera en la que tuvo que hacer frente a lo vivido.
Lo que ocurrió el domingo fue el máximo ejemplo de que lo público funciona
A punto de cumplir 40 años en un par de semanas, y con un aplomo que se acabará rompiendo en varias ocasiones a lo largo de una hora de charla, este ingeniero de obras públicas de profesión reconstruye las horas en las que se despojó de cualquier etiqueta política para convertirse en un par de manos más en la oscuridad y el silencio que antecedían al amasijo de hierros del que brotaban la angustia y el dolor.
También el orgullo. El de este padre de familia, socialista por linaje pero que fue alcalde casi sin tenerlo previsto, y que ha gestionado la primera ayuda en la mayor catástrofe de la Alta Velocidad en España con una entereza y un saber estar que solo se quiebra cuando reconoce -en la línea de lo que decía Scott Fitzgerald- que ese mismo deber cumplido por el que algunos lo llaman héroe, también tiene un reverso con el que está empezando a familiarizarse.
PREGUNTA (P). Lo primero que quiero preguntarte es cómo te encuentras. Han pasado cuatro noches ya desde el domingo.
RESPUESTA (R). A nivel anímico estoy tocao. Esta noche (habla de la del miércoles al jueves, la cuarta tras el accidente) creo que ha sido la peor que he pasado. Porque las otras... bueno, la primera no dormí. La siguiente que dormí, fue caer muerto. O sea, llegas agotado y cuando te despiertas, te levantas y te vas. Pero anoche que, por ejemplo, ya recuperas un poco de rutina, llegué a casa a una hora normal de cenar, y estuve un rato allí con mi niña. Y, cuando me acosté a una hora normal, a las once y algo, que es a la que yo me suelo acostar... me costó muchísimo coger el sueño. He estado toda la noche... sin dormir, vamos.
P. Tu familia, ¿cómo han vivido estos días?
R. Los he tenido abandonaos. Porque pasaba por casa solamente para ducharme y poco más. Y mi pareja pues está trabajando, nos hemos visto muy poco. Y hasta mi niña, que tiene quince meses, que cumple quince meses el lunes... mi niña lo ha notado. Porque la primera noche, por ejemplo, la del accidente, pues mi pareja estuvo ayudando ahí en la caseta. La niña la teníamos con mis suegros, que afortunadamente la familia de mi pareja es de fuera, no son de aquí, y estaban el fin de semana en Adamuz. Así que estaban los abuelos con la niña, pero la niña no durmió hasta que no llegó la madre. Y mira que es dormilona. Mira que ella no extraña, que la puedes dejar... Pero estaba... Todavía hoy se le nota intranquila. Y yo paso poco por casa y, cuando llegas, al rato te tienes que ir. En fin, que se le nota… Y anoche lo hablábamos mi pareja y yo, que me está echando en falta la niña.
(El móvil empieza a vibrar sobre la mesa. Lo coge y le da la vuelta, con la pantalla contra el cristal)
P. El móvil a veces... me imagino que en estos días ha sido un estrés...
R. (Recupera el hilo) Y luego... y luego para colmo ya, te lo cuento; porque mi hermano, que para mí es un puntal que me sostiene, pues me llamó ayer. Resulta que mi padre tiene una pequeña enfermedad que recayó, le dio pancreatitis, y ayer lo ingresaron también. Se encuentra ingresado.
Soy más persona que político, no solo en esto, sino en el día a día
P. ¿Ayer?
R. Sí. Ayer lo ingresaron en el Reina Sofía. Estuvo aguantando desde el domingo. Que yo le dije: “Estas cosas no te tienes que aguantar”. Y ayer se lo llevó la ambulancia para Córdoba. Entonces, pues bueno, ahí está.
P. ¿Qué está, en el Reina Sofía?
R. Sí.
P. O sea que tendrás que dividir también tu tiempo y poder pasarte por allí.
R. Pues... no lo sé, la verdad.
(Vuelve a vibrar el teléfono. Lo mira y lo ignora)
P. El teléfono me imagino que ha sido un hervidero en esto días. Supongo que habrás tenido ganas también de apagarlo, ¿no?
R. No porque... Es que no lo puedo apagar. Yo mi teléfono va siempre conmigo las 24 horas, esté donde esté. No lo puedo apagar. Además, tengo aquí las dos tarjetas metidas: la mía personal, que es un número que ya es público y ha rulado por todos lados -porque aquí lo tienen hasta de medios internacionales, que esto es una locura-; y el del Ayuntamiento. Entonces yo no puedo apagar el teléfono. Lo que sí he hecho en algunos momentos ha sido dárselo al concejal... a mi amigo, Manolo Rojas... y decir: “Toma, coge tú el teléfono y atiende”.
P. Delegar.
R. Sí. Pero ha sido cuando he estado con las visitas institucionales. Que no puedo estar con el teléfono liado. Y ahora ya menos, pero es que la mañana del lunes, la del martes... Yo iba cogiendo llamadas. Yo he intentado cogerlo. Pero estaba con una llamada y me seguían llamando. Entonces, ya lo que no iba a hacer era devolver llamadas a números que no tengo.
P. (…)
R. La noche del accidente sí es verdad, ahí me... me cabreé mucho con la prensa. Porque yo estaba allí. Y además, me pilla una situación que estaba cargando con una chica que la llevábamos que iba con una pierna rota. Y no había nadie de emergencias con nosotros. Pues descuelgo pensando: “A ver si va a ser alguien de la policía, alguien que nos ha visto entrar y nos está preguntando, ¿no?”. Pues era un medio. “Venga, va, vamos, te cuelgo”. Y luego otro medio. Yo digo: “Hostia, tío, que es que mi teléfono...”. Y me lo saturaron. Fíjate hasta qué punto me lo saturaron, que aquella misma noche me llamó el Ministro...
P. Óscar Puente.
R. Sí. Y no lo cogí. Me escribió un WhatsApp. Tenía ahí un millón de WhatsApps y yo no eché cuentas. Y al otro día me dice: “Alcalde, le estuve llamando y tiene varios WhatsApps míos”. Le pedí perdón. Pero es verdad que la primera noche me saturaron el teléfono y, para lo verdaderamente importante, me lo dejaron anulado.
P. Bueno, yo creo que lo importante era lo que estabas haciendo, sin duda.
R. Ya, ya, sí, pero fíjate, qué cosas.
Lo que ocurrió el domingo fue el máximo ejemplo de que lo público funciona
El pasado fin de semana no era uno cualquiera en Adamuz, ni tampoco para su alcalde. El municipio vivía días de actividad y de puertas abiertas gracias a la celebración de los Montes Comunales, una cita que había llenado el pueblo de visitantes. El sábado, más de un centenar de personas participaron en la jornada de senderismo, la mayoría llegadas de fuera. El domingo comenzó aún más temprano, con la prueba deportiva de trail. Antes de que amaneciera, ya estaban en marcha, subiendo al monte, coordinando, acompañando. La organización, según cuenta, funcionó con precisión: concejales, voluntarios y la asociación local Los Culiquemaos trabajando codo con codo, y un despliegue de Protección Civil que sorprendía incluso a quienes están acostumbrados a gestionar eventos. Todo estaba cubierto, todo salía según lo previsto. No hubo quejas, solo felicitaciones por una cita que había resultado un éxito.
Pasadas las tres de la tarde, el alcalde regresó a casa cansado pero satisfecho. El fin de semana había sido intenso y tocaba parar. Le esperaban la familia, la comida compartida y la visita de los suegros, que habían llegado al pueblo para pasar unos días. El ambiente era tranquilo, doméstico, de esos momentos que permiten bajar el ritmo tras días de responsabilidad pública, sin imaginar que esa calma estaba a punto de romperse de la forma más inesperada.
Era el teléfono. “Era un número de estos largos. Y yo, cuando veo un número largo, lo cojo siempre. Era el 112. Y la verdad, es que a mí del 112 me llaman mucho, a veces por cualquier cosa. Porque puede haber un perro por una carretera, una vaca, un caballo. Cosas así”, cuenta.
P. ¿Qué te dicen del 112?
R. Me dicen que ha ocurrido un accidente ferroviario. Que ha descarrilado un tren. Que no saben la magnitud. Que están recibiendo muchas llamadas. Que active efectivos. Y digo: “Pero, ¿dónde es? Dime el sitio”. “Espera, te doy las coordenadas”.Voy a coger mi mochila, para pillar la libreta. Le dije: “Venga, dime las coordenadas, dime...”. “Sí, sí, te las digo”. Pero no me las daba. Yo ya sentí que aquello era gordo, porque de fondo se oían las llamadas. Y escuché: “Embalse de Tamujoso”. Ahí ya digo: “Venga, va, no me digas más na'”. Le colgué y salí corriendo.
Yo sabía ya donde era. Así que le cuelgo y llamo al jefe de policía. “Antonio (Ruiz), prepárate para lo peor en tal sitio, que hay un descarrilamiento de un tren. Activa... activa todo lo que puedas... de todos los pueblos de alrededor, da el aviso”. Y salí corriendo. Le dije: “Yo me voy pa allá”. También les mandé un audio a los concejales contándole lo que había pasado y pidiéndoles que se prepararan, que se organizaran, que se fueran para el Ayuntamiento, para la caseta, que teníamos que preparar un espacio por si había heridos.
P. O sea, ¿tú te imaginaste que era ya algo gordo?
R. Sí, pero porque el mismo que me llamó del 112, que son gente está preparada para todo y escucharán de todo, ¿no?, pues me dijo que estaban desbordados. Me dijo que le habían saturado las líneas a llamadas. Ahí es cuando digo: “Hostia, que esto es gordo”.
Rafael sale entonces de casa a toda prisa. Antes de llegar al coche recibe una llamada: es Ángel García, antiguo jefe de la Policía Local, amigo y compañero. Ángel ya es consciente de que ha ocurrido algo grave en el pueblo. Está en su casa y pide que lo recoja. Minutos después, ambos viajan hacia el lugar y, en una glorieta, se encuentran con una ambulancia detenida, sin rumbo claro (prueba, por cierto, de la celeridad con la que actuaron los servicios de emergencia).
En el trayecto se suma a Rafael y a Ángel un tercer hombre, un vecino del pueblo que es militar y también amigo de ambos. Los tres retoman la marcha y guían a la ambulancia hasta el punto del accidente. Al llegar, el escenario empieza a llenarse: un camión de bomberos, vehículos de la Guardia Civil, la ambulancia del centro de salud con la médica y la enfermera. Aparca el coche como puede, deja las llaves puestas por si estorba y echa a correr hacia los vagones.
El primer golpe visual es inmediato. No tarda en ver el tren Iryo. El último vagón está volcado y cruzado en la vía. Antes pasa por el penúltimo coche, que está semivolcado. Rafael recuerda que, por una de las ventanillas, asoman unos pies con botas negras de tacón. Rafael se acerca pensando que alguien puede estar inconsciente, pero desde dentro le gritan que es inútil. Que esa persona está muerta. Les indican que los pasajeros no deben bajar todavía y avanzan hacia el coche siguiente, donde ya hay personas subidas al techo. Con palés improvisan una escalera y empiezan a bajar heridos, sujetándolos entre varios.
Es en ese momento, mientras ayudan a descender a las primeras personas, cuando Rafael descubre que lo peor estaba por llegar. “Habíamos bajado a cinco o seis cuando una chica y un chico nos dicen que habían chocado con un tren. ‘No, no... A mí me han dicho que ha descarrilao’. ‘No, no, no, que ha sido un tren que nos ha dado’. Les pregunto: ¿y dónde está ese tren? ¿En qué dirección?. ‘Para allá, para allá’, me dicen, señalando a la oscuridad. Porque allí, donde estaba el Iryo, al menos había algo de luz.
P. ¿El Iryo estaba cerca de la estación y allí había focos?
R. Algo de luz había. No mucha, porque íbamos con linternas, pero yo recuerdo que había algo de luz. Total, que nos miramos Ángel y yo, y decimos: “Vamos a buscarlo”. Y ya solo para salir de allí fue difícil, porque justo el vagón ese había caído sobre un poste de catenaria. Así que lo saltamos, nos vamos para allá y aquello fue... (se toma unos segundos) el horror más absoluto, eh. El horror…
P. ¿Más horroroso era el Alvia, no?
R. Sí, sí. No, y el camino. El camino fue terrible.
Tenemos en los genes esto de acoger a las personas que vienen desamparadas
El horror que describe Rafael es tan gráfico que es preferible relatarlo en tercera persona que transcribir literalmente sus agitados recuerdos de aquel paseo por el infierno. Una vez sortean el poste de catenaria, el grupo que salió en coche desde el pueblo avanza hacia el Alvia, con una linterna frontal y el miedo en el cuerpo. Rafael los sigue, al fin y al cabo, ellos son policía y militar, respectivamente. Y se nota cuando, en el camino, ya comienzan a alumbrar con las linternas restos humanos imposibles de asimilar: cuerpos que ya no son cuerpos, fragmentos de muerte dispersos entre hierros, polvo y el silencio. Rafael se detiene un instante. Reconoce su incapacidad de seguir, siente que no está preparado para aquello. Pero se recompone como puede, le sostienen, le espolean sus amigos.
Y continúa. No sabe cómo pero continúa. Hoy dice que lo hizo por el convencimiento de que uno puede admitir su cobardía en un momento así, pero lo que no puede permitirse es ser un estorbo. Y porque no hay mucho tiempo para reflexionar: a mitad del trayecto se cruza con un hombre de pelo blanco, la cara cubierta de sangre y tierra. Rafael lo sujeta para que no caiga y le pregunta cómo está. El hombre responde que bien, que está bien, y señala hacia atrás. El terreno es una trampa: postes de catenaria seccionados, cables caídos, hierros retorcidos que obligan a avanzar con cuidado extremo. El militar reparte linternas y se introduce en un coche semivolcado, buscando supervivientes. Rafael y Ángel siguen adelante hacia el final del Alvia.
Cuando llegan, apenas hay personas fuera del tren. La oscuridad lo devora todo. Empiezan a ayudar a bajar a los pasajeros y les piden que se queden juntos, que no se muevan, que permanezcan agrupados. Rafael insiste en una consigna clara para el camino de vuelta: nadie debe mirar hacia la derecha. Allí está lo peor. A la izquierda está el terraplén y una caída de decenas de metros; pero lo que queda a la derecha es un infierno que podría quebrar el ánimo a cualquiera. Entre los heridos, recuerda Rafael, hay una chica joven con la pierna rota, incapaz de apoyarla, pero que insiste en ayudar aunque no pueda ni ponerse en pie.
Organizan cómo sacarla. Primero a cuestas, luego entre varios, avanzando apenas unos metros cada vez. El camino de vuelta es lento y agotador. Cada pocos pasos hay que parar, cambiar manos, respirar. Rafael guía al grupo, marca el ritmo, repite que no se adelanten, que sigan juntos. En el trayecto empiezan a cruzarse con varios guardias civiles. A todos les dice lo mismo: que envíen gente, que allí está lo peor, que no se queden solo en el primer tren.
Cuando por fin alcanzan la zona de encuentro y deja al grupo, Rafael siente cómo el cuerpo le pesa de golpe. Ya no vuelve a ver a la chica ni al resto. La oscuridad que los engullía, sin embargo, deja paso a otro escenario: hay luces, vehículos, sanitarios, Protección Civil, Guardia Civil desplegada por completo. Reconoce a vecinos de su pueblo ayudando. El caos inicial ha dado paso a la organización. Esa imagen, por primera vez desde que empezó todo, le devuelve algo parecido a la calma.
PREGUNTA. Rafael, ¿cuánto tiempo pudo pasar en ese paseo hasta el Alvia y la vuelta hasta que viste el operativo?
RESPUESTA. No te puedo decir el tiempo real porque la noción del tiempo la tengo totalmente distorsionada. O sea, no concuerda casi nada. Lo que sí te puedo decir es que yo en el Alvia estaba a las 20:30. Eso sí lo sé. Porque recibí dos llamadas estando allí. Me llamó el alcalde de Villafranca, Paco Palomares, y Lola Amo, la alcaldesa de Montoro. Y luego miré y vi que eran las ocho y media. Y la vuelta se nos hizo larga. A lo mejor fueron 20 minutos, pero se nos hizo muy larga.
El orgullo por lo que han hecho mis vecinos me consuela y me rompe al mismo tiempo
P. Una eternidad.
R. Sí. Eso pareció eterno. Porque además, cada cinco o seis metros, nos teníamos que parar y nos relevábamos. Y de los tres que estábamos cargando a la chica, había un chaval que era superalto. Y, cuando coincidíamos así con él, le decía: “vas a acabar reventao”. Porque se tenía que agachar más todavía. Y vamos, si me hice yo daño en la espalda, que estoy que no me puedo mover, imagínate este chico… Y además, imagínate ellos que con el golpe... el golpe fue brutal. Van a doscientos kilómetros por hora y te frenan en seco. Y en los trenes pues el impacto es todo contra el cuerpo, ahí no tienes nada que te sujete. Nada. Claro. No sé, pasarían veinte minutos, como mucho. Pero a mí se me hizo una eternidad.
P. ¿Qué sientes cuando ya bajas a hablar con el jefe del operativo, con quien estuviera allí?
R. No, no, eso lo organizaron antes. Cuando yo llegué de vuelta ya estaba eso organizado. Y yo lo que intenté era: “No voy a interceder para no... o sea, respetuosamente... (se queda pensativo) vaya que yo moleste o algo o interrumpa algo”
P. Tu preocupación principal era no molestar.
R. Sí. Ayudar. Sí, sí. Yo ayudo y cuando ya vi lo que había, me dije: “Si yo supiera de emergencias o pudiera hacer algo, pues venga, sigo”. Por ejemplo, mi vecino el militar, con su hermano, que también es militar, estuvieron dentro de los vagones sacando a personas. Y luego me contó que llegó a una chica, le tomó el pulso, y dice: “Tiene pulso, está caliente. Hermano, vente pa' acá que sacamos a una que está viva”. Y cuando llegó su hermano le dijo que mirara más arriba, que había fallecido del golpe, aunque siguiera caliente. Claro, ellos, mi amigo Ángel, ellos sí saben de emergencias.
P. ¿Cuando te encuentras con Antonio, el jefe de la Policía Local?
R. Allí mismo. Yo me quedé allí hasta las doce y media, cuando ya vimos que quedaban solamente dos personas. Para entonces ya habían montado allí una especie de hospital de campaña. Lo inflaron allí, ¡pum!, y estaban atendiendo dentro de las tiendas. Cuando yo me fui quedarían un par de personas. Y la última de ellas fue una que atendió mi vecino, una chica. Lo sé porque mi vecino se quedó con el contacto del hermano para decirle a qué hospital iba. Porque esa es otra, todos los que estuvieron allí ayudando, ese factor humano lo tuvieron todos. Quizás los profesionales eso no es algo en lo que se paren, ¿no? Porque van a lo más urgente. Pero mucha gente de mi pueblo me cuenta que se quedaron con los contactos de los familiares para luego llamarlos. Y mi amigo, cuando se enteró que la chica iba para Andújar, llamamos al hermano y se lo dijimos. Y ya nos vinimos aquí al pueblo. Eso eran las doce y media. A las doce y media estaba todo aquello... no había ningún viajero allí ya. O sea, mucho antes, a los viajeros se los trajeron mucho antes. Quiero decir que a las 12:30 no había ya ningún herido en la zona del accidente.
P. Rafael, ¿tú eras alcalde allí o eras un vecino más?
R. Yo era una persona más. Yo era una persona más. La verdad que cuando tengo que ayudar, yo no me lo pienso. Luego a lo mejor te puede dar un bajón, ¿no?
P. Esa noche no dormiste.
R. Pero es que ni tenía sueño.
Si mi pueblo ha ayudado a que los líderes políticos hayan tenido respeto, me alegro
P. ¿Llegaste a pasar por tu casa para ducharte o algo?
R. Qué va. A las siete de la mañana, un poco antes... porque había estado ahí en el Centro de Participación Activa con los familiares que iban llegando, y nos organizamos con los concejales para ir a ducharnos y cambiarnos. O sea, se fueron dos, cuando vinieron me fui yo, para no dejar allí sola a la gente. Aunque es verdad que no hacíamos nada. Porque estaban ya el equipo de psicólogos y psicólogas de la Cruz Roja. La cosa es que nosotros… Es que no queríamos irnos, ¿no? No queríamos dejarlos solos ahí. Pero a esa hora me fui, me duché y me volví otra vez.
P. ¿En qué momento frenas? ¿Ese primer día? ¿Ya el lunes? ¿El martes?
R. El lunes yo seguí por la mañana, estuvimos allí. Encima estaba prevista la visita del ministro, del presidente y del presidente de la Junta también. Y yo continué el ritmo. Yo ni comí, ni bebí agua ni nada, pero no por nada, sino porque no ni me acordé, ni me apetecía. Mi última comida fue el domingo a mediodía. El lunes, me acuerdo de que dije: “Alguien me dio una botella de agua esa madrugada”. Y ya me dijo mi concejal, Manolo Rojas: “Te la di yo ahí, ¿te acuerdas?”. Eso es todo. Bebí un par de tragos y la dejé. El lunes por la mañana, además, después de la comparecencia que hicimos ahí con los presidentes, pues estaban todos los medios. Y sí es verdad que he intentado atender a todos. Porque si yo puedo dar algo de información que pueda ayudar a la familia o algo, o si tengo que corregir alguna información, como ya hice ayer, lo hago. No sé a la hora que terminó la comparecencia. Yo sé que fue sobre las seis de la tarde, o sea, que habían pasado por lo menos dos o tres horas atendiendo a un medio y a otro... Ahí fue cuando dije: “Hostia, que es que no he bebido ni agua ni he comido”. Entonces llegó mi hermano, que fue el que me dijo: “Pero tío... ¡que pares ya!”. Y ya me acerqué a la barra de la caseta, cogí una pera y un puñado de galletas y me las comí. Ahí fue en el momento que paré un poco. Y ya me fui a casa esa tarde. Yo no vivo lejos de la caseta, vivo cerca. Quería ver a mi niña.
P. ¿Cómo se llama tu hija?
R. Carmen. (Se frena) Estuve allí media hora o así... Me eché un café bien cargado y además me apetecía mucho dulce y cogí el bote de leche condensada y puse medio vaso de leche condensada y me lo bebí, pum, y me fui otra vez. Y a correr. Hasta esa noche que ya cerramos la caseta después de las doce de la noche y... y ya llegué a casa. Por fin. Que me volví a duchar, me acosté pero caí muerto. Hasta a las seis de la mañana que tocó el reloj, que nos levantamos. Los primeros días, por el cansancio que tenía, dormía. Hasta el miércoles. Esta noche ha sido lo peor.
P. ¿Cuántas veces se pasó tu hija Carmen por tu cabeza esa noche?
R. Pff... (Se frena) Había muchos niños (un sollozo ahoga su voz y se tapa la cara con las manos). Es que... Yo veía algo egoísta eso de irme a mi casa, ¿no? Pensaba en mi mujer y mi hija, pero me decía: “Sé que están bien, sé que están bien y no están solas”. Y tengo que estar allí. Pero ese momento por la tarde sí tuve que ir (Se levanta). Voy a coger agua, ¿vale?
P. Claro. Tómate el tiempo que necesites, Rafael.
La entrevista se detiene varios minutos para que Rafael recupere el ánimo y las ganas de seguir hablando. Bebe agua y no tarda en volver a sentarse. Se recompone, aunque mantiene la mirada fija en la mesa.
P. Vamos a parar un poco con esos recuerdos y, si te parece, charlamos un poco sobre ti. Para empezar, creo que este año cumples 40 años, ¿no?
R. El día 8 de febrero los cumplo.
P. He leído en alguna entrevista que eres socialista por tu abuelo, si no me equivoco.
R. Sí. Mi abuelo ha sido socialista de siempre. Bueno, mi familia siempre han sido socialistas y mi abuelo era militante. Además, soy descendiente de represaliados por el franquismo. Mi tatarabuelo fue asesinado por el franquismo.
Hoy en día, decir 'no sé lo que ha pasado' es casi un acto de rebeldía
P. Rafael, ¿qué te mueve a ti a dar el salto a la política?
R. Pues la verdad, siempre me ha gustado la política, pero no he participado activamente. Yo me centré en mis estudios. Cuando ya terminé mi carrera fue cuando me moví un poco más activamente. Me apunté a las Juventudes Socialistas. Pero yo hasta que no terminé los estudios no era activo. O sea, yo apoyaba lo que había que apoyar; estaba, pero no me movía. Y luego, el dar el salto a la política pues se dio en el 2019. Entonces fue cuando por primera vez entré en una candidatura. El candidato era Manuel Leyva, me propuso ir en su lista. Y en 2021 pasó lo de la moción de censura. Manuel Leyva dijo ya que él se retiraba, ya que no iba a ser candidato. Y bueno, viendo las circunstancias, pues di el paso adelante.
P. ¿Por tu pueblo?
R. Sí, a ver, yo soy un enamorado de mi pueblo. Además, quien me conoce lo sabe: Yo siempre he estado hablando de Adamuz a boca llena. En la carrera, en todos lados. Mis compañeros me lo decían: “Es que tú eres muy de pueblo y de tu pueblo”. Y es verdad.
P. ¿Tú estudiaste en Belmez?
R. Sí. Además yo a Belmez le tengo muchísimo cariño. De hecho, cuando paso por allí, como tenga tiempo, me gusta desviarme, entrar por medio el pueblo. Le tengo muchísimo cariño a Belmez.
P. Eres serrano, ¿no?
R. Totalmente. Y un enamorado del olivar. A mí el olivar me encanta. Yo he trabajado mucho en el olivar. Yo conozco la aceituna, he hecho todos los trabajos. Y era algo que es que lo hacía porque me gustaba. Yo he estado en la carrera y me venía y cogía aceituna.
P. Y serás culiquemao también, ¿no?
R. Por supuesto. Por supuesto.
P. Cuéntanos lo del culiquemao que no todo el mundo sabe lo que es.
R. Pues culiquemao es porque aquí ya mismo, el día 1 de febrero, hacemos la fiesta de la Candelaria y quemamos romero. Entonces es cuando te bautizas como culiquemao. Te ahumas y saltas por encima de las candelas. Yo a mi niña este año pasado fue la primera vez que la llevé. La pasas así por el humo y ya se hace culiquemá.
P. Es como San Juan, pero aquí la hacéis el 1 de febrero y con mucho romero, ¿no?
R. Sí, claro, la Candelaria. Claro, con romero. Allí en Belmez lo hacen con tomillo, pero en San Antón.
P. No sé si sabes que hubo un escritor y pensador castellano que dijo en el siglo XVI que Adamuz era el paraíso en la tierra.
R. No tenía conocimiento, pero sí sé que los siglos XVI, XVII hay mucho rastro literario de Adamuz. Pero es por el Camino Real de la Plata, que pasa por aquí.
Muchos vecinos se quedaron con los contactos de los familiares para luego llamarlos
P. ¿Crees que el carácter de tus vecinos ayudó a que se diera esa respuesta que hubo? ¿Crees que hay algo atávico en ello?
R. Puede ser. Mira, esto no es que sea una afirmación ni mucho menos, pero al ser una tierra acogedora, tiene sentido ¿no? Porque por aquí pasaba un camino real, y al final pues la gente antiguamente estaba de paso y se alojaba en el pueblo. Muchas veces, en las casas del pueblo. Y yo creo que esos genes de acoger a las personas siguen estando en nuestras venas.
P. Yo tampoco soy antropólogo, pero creo que algo puede haber de eso.
R. Algo tiene que quedar, ¿no? Esto es como todo, hay zonas donde se es de otra manera. Por ejemplo Lucena; allí son muy emprendedores. Y supongo que porque tienen un pasado judío, porque Lucena fue una ciudad sefardí. Y allí, todo el mundo termina de estudiar y quiere montar su empresa. Aquí en cambio no, aquí no somos así. Pero bueno, aquí tenemos en los genes esto de acoger a las personas que vienen desamparadas.
P. ¿Cómo está el pueblo estos días?
R. El pueblo está tocado. Muy tocado. Se retoma la normalidad, porque además estamos terminando la campaña de aceituna, quedan ya los últimos coletazos. Y no puedes dejar de ir a trabajar, porque al final es el sustento, ¿no?. Pero los vecinos están muy callaos. Fíjate, el Ayuntamiento cuando habéis entrado, estaba en absoluto silencio. Vas por las calles y es silencio. Y si hablas algo con alguien es sobre esto. Sobre lo que ha pasado y... y ya está.
P. Y este pueblo es un pueblo vivo.
R. Sí, bueno, aquí tenemos todos los fines de semana cosas, fiestas y... siempre hay algo.
P. ¿Crees que la respuesta que ha dado el pueblo de Adamuz, inmediata y muy solvente, ha podido retrasar o evitar la confrontación política?
R. Pues mira, ojalá la respuesta de Adamuz haya servido para eso. Porque yo he sido el primero que también lo he valorado muy positivamente y lo he pedido. Porque, si yo llego a ver que hay confrontación política, con quien hubiera sido, hubiera discrepado. Me daba igual partido. Yo ahí no estaba por partido de ninguno. Aquí estábamos todos para ayudar. Y, si mi pueblo ha ayudado a que los líderes políticos hayan tenido respeto, me alegro.
P. La respuesta ha sido un ejemplo de trabajo comunitario. Yo sí creo que ha ayudado.
R. Yo lo digo, yo creo que soy más persona que político. Yo aquí no ejerzo de político. Pero no solo en este caso, sino en el día a día.
P. ¿Has sentido orgullo o ahora mismo tienes una sensación agridulce?
R. No, no, sí he sentido orgullo y, además, eso es lo que me consuela y me rompe al mismo tiempo. Porque dices: “Hostia, macho, mis vecinos... es que yo con esta gente voy al fin del mundo”. Es que donde haga falta. Yo cuando estaba allí y veía y me cruzaba con Fulanito o con el otro, pensaba: “Es que está aquí medio pueblo”. Y llamaba a los concejales: “Oye, esto, lo otro, aquí está bien”. “Oye, los autobuses están ahí ya, venga, que estén preparados para cuando haga falta”. Esa fue la labor cuando yo vine de los trenes, que ya di un paso atrás y me tocó coordinar desde lo que había aquí.
Quiero que no se olvide nunca la solidaridad de la gente de este pueblo
P. Viendo de primera mano cómo funcionó el operativo en esas primeras horas, de bomberos, sanitarios, policía, Guardia Civil, ¿qué le dirías a quien ahora mismo está en contra de pagar impuestos?
R. Es que yo creo que ese fue el máximo ejemplo de que las cosas funcionan bien, de que lo público funciona. Eso sí, tiene que haber una lealtad mutua de los gobiernos para que funcionen, que eso es lo importante. Pero es que, gracias a los impuestos, se pueden salvar vidas. Imagínese que no existiera la sanidad pública. ¿Qué harían ahora muchas de estas personas que están ahí en el hospital? Eso sería una causa de pobreza sobrevenida. Serían decenas de familias que no tendrían dinero para pagar el rescate de sus familias, la cura y los tratamientos. Y ante eso, es duro, pero hay países en los que se tiene que elegir entre dejarlos morir o curarlos. Aquí se eligió vivir. Aquí tenemos una sanidad y unos servicios públicos envidiables. Eso sí, ahora, lo que tiene que pasar es que los gobiernos también se respeten y en estas cosas no haya colores.
P. Has dicho que has tenido que, digamos, enmendarle la plana a algún que otro medio de comunicación.
R. Sí, eso fue ayer con la información que empezaron a dar con el “boogie” este...
P. Un bulo, ¿no?
R. Es que esta pieza la vimos el lunes por la mañana. Es que, al andar allí por la vía, había un nivel de custodia enorme; muchísimos guardias civiles, además cuerpos especializados. Y el ministro dijo: “Ahí se encuentra el boogie”. Y se arrimaron ahí a la alinde para verlo. Yo me quedé un poco al margen y no llegué a verlo, pero bueno, se arrimó la gente y lo vio. A ver, es que esa información no es cierta. Y luego también que es una pieza más. Y aquí hablo ya desde el conocimiento, porque yo soy ingeniero de obras públicas, he estudiado ferrocarriles, es algo de lo que puedo hablar... Yo, ahora cuando veo cómo trabajan allí, pienso: “Qué nivel de organización, qué exacto, qué bien, tío, qué bien”. Además, ayer, comentándolo con un compañero mío, Alberto, que además está en Rumanía y ha llevado obras de ferrocarriles súper potentes allí, se lo decía: “Si estuvieras aquí estabas flipando, tío”. Porque no es igual hacer una obra con tus tiempos, que ir a contrarreloj y ver que la gente responde y ves cómo está todo organizado'“. Dices: ”Esto es brutal“.
P. La cara B de eso es que, teniendo conocimientos, supongo que te molestará mucho la opinión de las personas que desde el lunes se han desparado siendo ingenieros expertos en ferrocarril.
R. En todo. Cuando tienes conocimiento, lo que más tienes que tener es cautela. Y no andar planteando hipótesis de lo que ha pasado… A ver, yo he estado allí con los expertos en el mismo lugar de la rotura el lunes por la mañana, y decían que esto será largo saberlo porque esto puede ser una concatenación de causas, que puede que haya sido una única causa. Y lo entiendes perfectamente. Entonces, ¿qué información vas a dar si no la tienes? ¿Qué vas a decir? ¿Que ha sido el Iryo? ¿Que ha sido el raíl? Hombre, no puedes culpar. No puedes lanzar algo así por dar una información y que se líe... Habrá que ir con cautela.
A las 0:30 no quedaba ya ningún herido en la zona del accidente
P. Creo que en estos tiempos quizá lo más revolucionario es decir “no tengo conocimiento”, ¿no? Hemos llegado a ese punto, ¿verdad?
R. Yo creo que sí, yo creo que sí. Decir “no sé lo que ha pasado” hoy en día es casi un acto de rebeldía.
P. Supongo que no has visto la tele, ni se te pasa por la cabeza, ¿no?
R. Poquito. Vamos, poquito. Yo soy muy madridista y yo la otra noche cuando llegué a mi casa vi que estaba jugando el Madrid, digo: “Hostia, que está jugando. Y llevaba ya unos pocos de goles metidos”. Imagínate, lo que yo veo la televisión estos días.
P. Claro, ya me imagino. Lo que ha pasado, ¿te reafirma en tus convicciones de seguir como alcalde? ¿O te han entrado ganas también de dar un paso atrás?
R. No, a ver... Si yo desde aquí he podido estar ayudando... por supuesto, claro. Es que, gracias a mi posición de alcalde, pues he podido ayudar más de lo que podría haberlo hecho desde otra posición.
P. Y ya por último... vas a luchar, me imagino, también para superar el estigma. Porque es inevitable que Adamuz ha quedado vinculado a una tragedia, Y eso supongo que también se te ha pasado por la cabeza, ¿no? Que ahora toca también reconstruir la imagen del pueblo.
R. A ver, el nombre de Adamuz va a estar ligado a la tragedia ya siempre. Esto es inevitable. Pero también quiero que no se olvide nunca la solidaridad de la gente de este pueblo. Estoy seguro que aquí, gracias a la forma de actuar, a la inmediatez, a la respetuosidad, pudimos salvar aunque sea una vida. Estoy seguro. Y con una, ya hay una familia que al menos no está devastada. Y quiero que se recuerde a Adamuz por eso.
(La voz se le agrieta, se toma unos segundos antes de volver a coger el hilo)
Es difícil, porque al final pues todos conocemos desgracias que han ocurrido en España y el nombre del pueblo queda ligado a ellas. Y, cuando viajas por ahí, pues dices: “Aquí fue donde pasó esto”. Y eso va a pasar… Cuando la gente pase por la autovía y vea los carteles de Adamuz, dirá: “Ah, mira, lo del tren”. Pero también quiero que piensen, y espero que así sea, que ahí hubo un pueblo grande detrás.
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