BOLETÍN | Se veIA venir
Hace ya varios meses contamos en Cordópolis y eldiario.es que la Junta de Andalucía exigía miles de escuchas en Spotify como criterio para contratar artistas en un festival de Córdoba. Aquella tarde, varios promotores me escribieron. La frase que más se repetía escondía una cierta resignación: “Es lo que hay”.
Yo defendía entonces —y lo sigo haciendo— que los mejores artistas suelen tardar en encontrar a su público, y que las plataformas no sirven como termómetro fiable. Ya estaban viciadas por un truco contable casi mafioso: colar en listas automáticas canciones de productores fantasma o creadas con IA, arañando minutos a los músicos reales. Eso ya estaba en aquel artículo.
Esta semana, el periodista y locutor Arturo Paniagua (no precisamente un guardián del underground), alertaba también de los caminos oscuros del algoritmo de Spotify. En uno de sus mensajes aparecía el perfil de una supuesta artista digital cordobesa que había logrado colarse en las listas.
No tardamos en encontrarla (es un decir). Y con ello, logramos el retrato esta vez totalmente real de un (¿futuro?) presente cuanto menos inquietante: una música generada por herramientas aún “en pañales” —Suno, la principal herramienta que usa la IA para producir música, salió en diciembre de 2023—. Os invitamos a que leáis el reportaje, a que escuchéis a esa cantante fake que os va a recordar a tantas otras porque, en realidad, lo que hace no es otra cosa que reciclar las creaciones ya hechas y convertirlas en material “nuevo”.
También lanzo una reflexión a promotores y a gestores públicos: ¿De verdad vamos a dejar que sean los números de plataformas que no muestran ningún tipo de control los que marquen cómo se confeccionan las programaciones musicales?
El futuro ya está aquí. Pero, si no queremos que nos vuelva a atropellar (como ha ocurrido con las redes sociales), es el momento de ponerle límites. Si es que es eso lo que se quiere.
Detrás de la catástrofe
Se me ha juntado la tragedia de Adamuz y las inundaciones de las últimas semanas con la gozosa lectura de Lázaro resucitado, la nueva novela del escritor y guionista Richard Price. De los muchos autores de novela negra con los que suelo desatascar mis momentos de incapacidad lectora, Price es mi favorito (con permiso de Lehane), sobre todo por su estilo sin florituras y la brillantez de sus diálogos.
Ahora bien, esta nueva novela, en realidad, no es un libro detectivesco, aunque entre sus protagonistas haya una inspectora de policía. Es más bien un fresco urbano articulado alrededor de una tragedia sobrevenida, el derrumbe de un edificio con varios muertos y desaparecidos. Y también un nuevo ejercicio de estilo que, al final, resulta muy edificante.
Price fue quien dijo que cuanto más grande es el tema, más pequeño se debe escribir. Y en Lázaro resucitado lo lleva al final con todas sus consecuencias: es una novela en la que aparentemente no pasa nada y todo se construye poco a poco hasta que, hacia el final, su coro griego de personajes (todos ellos ya marcados por la pérdida o la depresión desde antes del derrumbe) acaba entonando una suerte de canción triste del barrio de Harlem.
Lejos de la fiereza de novelas como Lush life o The wanderers, y de sus guiones para The Wire, The Night of o Clockers, Price se muestra aquí más introspectivo, más fragmentario y, en apariencia, menos dramático. Pero resulta igual de fino en su análisis de la crisis de las grandes ciudades (y eso que, muy hábilmente, sitúa la novela en los años previos a la conquista de los móviles de nuestras manos y nuestras vidas).
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