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Juan Velasco

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El pasado domingo, mi compañero Aristóteles Moreno entrevistó a la fantástica Almudena Castillejo en su estudio. Fue una charla más que interesante, tanto por lo que representa ella, como por su papel al frente del Colectivo Algazara, un movimiento neoandalucista surgido en Córdoba y que ha colocado su arte en todo el territorio nacional.

Es el caso de Castillejo, cuya firma ha estado en los botellines de Cruzcampo que se beben a millones; o de otro de sus miembros más ilustres, Borja Cámara, quien sedujo con su mirada de ribetes folclóricos a la mejor cantante de España (Silvia Pérez Cruz), a la que le diseñó todo el arte de su último disco.

Pero hay más: Ángeles Invernón ha diseñado portadas para Planeta; el ceramista Luis Torres ha diseñado para Leandro Cano piezas que se han visto en la Semana de la Moda de París; y Sota Pérez ha colado alguno de sus murales entre los mejores del mundo.

Todos estaban allí en 2021 cuando Algazara tomó tierra. Leído hoy, su manifiesto fundacional resuena de otro modo. Y digo hoy, porque el andalucismo al que ellos apelan se lo ha apropiado, entre otros, todo un presidente del PP. Ese Juanma Moreno que, no solo se ha abrazado a los líderes andalucistas del pasado, sino que ha subtitulado su libro y su estrategia política como La vía andaluza.

Precisamente, cuando presentó el libro en Córdoba, allá por el mes de diciembre, se centró mucho en esta idea de que los andaluces somos diferentes, buscando ya sentar las bases del adelanto electoral. Aquel fue un buen ejemplo de bluewashing del nuevo andalucismo: en una presentación de un libro, los ponentes se centraron en recomendar hacer deporte o meditar y dedicaron un total de cero palabras a recomendar cualquier tipo de arte andaluz que, entendemos, no les representa tanto.

A las pruebas me remito: ¿Recuerdan el Andalusian Crush? Cuando tocó hacer una campaña publicitaria que recogiera todas las ideas del nuevo andalucismo cultural (una muy bien pagada), se le encargó a una empresa de Madrid, en vez a los creativos de esta tierra.

Así que, con unas nuevas elecciones autonómicas roneando al personal, igual no es mal momento para preguntarnos lo mismo que hace cuatro años: ¿Puede el andalucismo cultural convertir los ‘likes’ en votos?

La supelboul

Este no es un análisis cultural (no solo) del espectáculo de la Súperbowl del domingo. No lo puede ser porque no he dedicado mi escaso tiempo a ver íntegra la actuación de esa súperestrella llamada Bad Bunny, un tipo que, estrictamente en lo musical, solo me ha seducido (y muy levemente) cuando le ha dado por recuperar el sonido Fania, en un movimiento (hacer la música que escuchaban sus padres) que en España ya hizo C.Tangana con El madrileño, por cierto.

Estos días se ha hablado mucho sobre el espectáculo. Y lo curioso es que mucha gente catalogaba de valiente a Bad Bunny por el show. En mi opinión, los valientes (si es que se puede hablar de valentía ante el epítome del capitalismo salvaje) son los responsables de la NFL. Ellos son quienes contrataron el show y eran perfectamente conscientes de lo que iba a haber (no como cuando Timberlake le sacó una teta a Janet Jackson y la condenó al ostracismo con la complicidad de la liga).

Más allá de que siempre esté a favor de todo lo que moleste a Trump, lo único que celebro es el hito de que un artista haga un intermedio íntegramente en español. Pero no compro mucho más. No se trata de ponerse puros y renunciar a estar en el centro del neoliberalismo durante quince minutos (aprovechando tremendo altavoz, no hubiera estado mal hablar de Palestina), sino de aceptar que, por muy combativo que sea tu discurso, está siendo asimilado, masticado y escupido por el Thanos del sistema, que además se muestra así como un espacio atento a todas las minorías y etnias.

La cuestión es que es prácticamente imposible hablar de revolución sobre un espectáculo en cuyo intermedio se anunciaron, entre otras cosas, criptomonedas, casas de apuestas e incluso un peligroso medicamento para adelgazar. Hablamos de un cóctel de publicidad en el que se pagan cerca de 30 millones de euros por siete u ocho segundos en antena.

Y, quienes controlan ese negocio, buscaban justamente el impacto que Benito les ha dado.

Quizá convendría preguntarse qué han sacado con ello. Porque, lo que mucha gente no sabe es lo que cobran quienes actúan en la Super Bowl: cero. Nada. Si actúas gratis en algo así, es porque el sistema ya ha ganado antes de empezar.

Y, si desde tu móvil lo jaleas, si lo viralizas, estás haciendo caja para otros, te guste o no.

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