BOLETÍN | Simulacro
La música en directo, como la vida misma, cada vez es más un simulacro.
Miren la agenda y compruébenlo ustedes mismos. En enero y febrero, dos espectáculos se han programado en la ciudad imbuidos del espíritu que está cambiado todo, y que se podría resumir bajo el lema: no son conciertos, son experiencias.
Una de ellas, ya celebrada, te permitía, por el módico precio de 50 pavazos, creerte que estabas en una iglesia del Delta del Mississipi escuchando un coro góspel durante dos horas. La otra, aun por celebrarse, te permite creer que puedes viajar en el tiempo hasta la Nueva Orleans de los años 20 del siglo XX para vivir un concierto de jazz.
Esperen, que hay más: el Córdoba Live, esa cita que, según nuestro alcalde, va a situar a Córdoba en el mapa de festivales de España, ha anunciado dos fiestas I Love de esas que se celebran a decenas en toda España y que son, sencillamente, dos productos-experiencia que buscan azuzar la nostalgia por un tiempo pretérito y relativamente reciente: el reguetón de principios de siglo y el eurodance noventero.
Incluso el Festival de la Guitarra ha programado a una banda tributo a Dire Straits, suponemos que tirando la toalla ante la imposibilidad, no ya de contratar a Mark Knopfler (que no está de gira), sino a la propia banda tributo que han montado algunos miembros originales del grupo.
Ojo, no solo se da a gran escala: las salas de conciertos de la ciudad programan cada fin de semana a grupos de versiones que sostienen las cuentas, se supone, mejor que si se apuesta por creadores y bandas locales; Mientras tanto, los clubs de electrónica cada vez más adjuntan el adjetivo retro a las fiestas que programan.
La nueva ecuación de la música en vivo desde hace ya unos años es nostalgia + experiencia. Estamos en esa fase.
Y, cuando las variables pasan a ser distintas a la calidad, cuando la música ya no está en primer plano, preparen su cartera.
Protección, prohibición, atención
El Gobierno de España ha anunciado que prohibirá el uso de redes sociales a menores de 16 años. Algún tecnobro, uno de los más macabros, ha cargado contra Sánchez por ello. Y tanto Sánchez como algún ministro han abogado por desinstalar Telegram, lo cual es una contradicción si se tiene en cuenta que la acción comunicativa del Gobierno sigue instalada cómodamente en X, que la red social de un tipo que se vanagloria de ser nazi y donde se puede desnudar a menores usando la IA.
Bien es cierto que muchos periódicos, en su búsqueda por atacar al Gobierno, han replicado la palabras del dueño de Telegram sin hablar de que la plataforma de mensajería está enjuicida en Francia por ser un nido de pedófilos y perturbados, un estercolero moral donde campan a sus anchas lo más podrido de la sociedad, compartiendo fotos y vídeos de menores. Pero, mucho cuidado, mucho de ese material lo sacan de Instagram, donde millones de padres de todo el mundo exponen de forma libre a sus hijos a estas organizaciones.
Esto está ocurriendo hoy. Ahora. Y por eso, no conviene minimizar esta guerra que ha abierto -por fin- el Gobierno. Una batalla que, de hecho, ya llegará tarde para algunas generaciones si es que ese anuncio se convierte en ley. Porque es complejo. Porque se habla de una ley prohibitiva y, de aprobarse, estará a disposición del siguiente Gobierno de España, que igual no es progresista y usa la norma para otros fines. Al tiempo.
Eso sí, mientras tanto, no está de más recuperar un libro que no me he cansado de recomendar desde hace unos años: El valor de la atención, de Johann Hari. La suya es una mirada mucho más suavizada que la de otros expertos como Jonathan Haidt sobre el problemón de adicciones que generan las redes sociales.
En el caso de Hari, combina muy amenamente su propia historia desenganchándose de la tecnología, con su análisis global de cómo las redes, las pantallas, pero también el propio sistema capitalista nos roban la atención. Y dibuja muy bien cómo los tipos más listos del planeta hoy trabajan para mermar tu concentración. Y lo hacen, en uno de los momentos más jodidos de la historia de la humanidad, con el temporizador climático en cuenta atrás.
Porque la tesis final de Hari es, resumiendo mucho, la siguiente: ¿Cómo salimos de este follón en el que estamos si el planeta está colapsando mientras colapsa nuestra capacidad de prestarle atención?
Espero no haberte jodido el scroll con la pregunta.
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