BOLETÍN | IAutoedición
La semana pasada hablábamos de cómo un productor cordobés había creado una cantante artificial y la había colado allí donde artistas reales no habían llegado.
El artículo generó bastantes comentarios y reproches en ambas direcciones —señal de que, quizá, el enfoque no era tan desencaminado— y puso en primer plano un fenómeno frente al que, en mi opinión, ya vamos tarde.
La publicación coincidió con una charla con Raúl Alonso, editor y responsable de Cántico. Y con que varias personas me habían preguntado por mi nulo interés en los libros autoeditados en la sección cultural de este periódico. Siempre he defendido que, dentro de la precariedad cultural de cualquier ciudad de provincias, la edición es una de las pocas fortalezas estructurales de Córdoba, con grupos como Almuzara y una red de pequeñas editoriales con décadas de experiencia.
Es decir, si eres escritor, incluso en la propia ciudad tienes dónde acudir; músicos o cineastas no cuentan con un circuito tan consolidado. Por eso me parecía razonable priorizar en este periódico a quienes pasan por el filtro de un editor, y ahorrarme dedicarle la atención (la palabra del siglo XXI) a alguien que dispone de 2.000 euros y una suscripción a ChatGPT para publicar una novela o un poemario sin mediación o filtro alguno.
Pero Raúl Alonso es más sabio que yo. Esta semana ha publicado en Zenda un artículo muy recomendable en el que, apoyándose en un informe analítico, cuestiona la visión alarmista sobre los libros escritos con IA. Sostiene que, aunque la calidad media pueda bajar, el aumento masivo de títulos hace que también crezca el número absoluto de libros valiosos. Y todo ello sin que los cien mejores se muevan. Es la “aritmética de la abundancia”: más oferta implica más posibilidades para el lector y un mayor valor global del mercado.
De ahí deriva una conclusión incómoda: el editor debe dejar de ser solo un filtro excluyente para convertirse en orientador en un entorno saturado. “No sé si me gusta esa conclusión —escribe Raúl—. Pero creo que el sector editorial haría bien en dejar de luchar contra ella y empezar a preguntarse, con honestidad, qué valor real ofrece en un mundo donde la abundancia ha dejado de ser un problema”.
Omega
Hace diez años (se dice pronto), Antonio Márquez y yo mismo, montamos un pódcast con el que conmemorar el 20 aniversario del Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick. Era un trabajo en el que la música convivía con las reflexiones sobre aquella obra de artistas como Fernando Vacas, Niño de Elche y Fuel Fandango.
Márquez y yo tuvimos la suerte de poder reclutar esas voces. Como podría haber participado Rocío Márquez, que es, a mi juicio, la más morentiana de todos los flamencos contemporáneos. La cosa es que, aunque parezca una coña, hace solo una década, no había tantos artistas como ahora mezclando flamenco con electrónica y otras músicas de vanguardia.
La muestra es que, cuando sacamos este pódcast, Rosalía aún no había publicado Los Ángeles, con Refree. Alfa y Omega fue la foto fija del momento antes de que todo cambiara. Porque, si algo puede decirse, es que desde entonces todo ha cambiado. La fusión de flamenco y electrónica y músicas urbanas es hoy el gazpacho de cualquier menú. Hoy, las grandes multinacionales están interesadas en una fórmula que antes era una nota discordante en los catálogos, los festivales se pelean por incluir este tipo de sonidos en sus carteles e incluso hay clubs de electrónica donde suenan quejíos flamencos sin que nadie se lleve las manos a la cabeza.
Hasta las grandes promotoras se interesan por el legado de Morente. Este año, que se celebra el 30 aniversario del 'Omega', se ha montado una gira con Kiki Morente sustituyendo a su padre. Y me pregunto qué pensaría Enrique de que parte de la producción la lleve una promotora ligada al fondo KKR, que se dedica a vender casas en territorios palestinos ocupados por Israel.
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