Un tercio de la superficie cultivable de Córdoba está monopolizada por el olivar
La provincia de Córdoba ha intensificado en la última década su dependencia del olivar hasta el punto de que el 27,78% de su superficie cultivada está ya dedicada a este leñoso. Es decir, casi un tercio de toda su tierra agrícola se concentra en un único cultivo.
Así lo recoge el informe El campo franquiciado: cómo los fondos de inversión han cambiado el olivar español, elaborado por Datadista para Greenpeace, y que analiza la transformación acelerada del sector bajo la entrada masiva de capital inversor.
El documento sitúa a Córdoba como una de las grandes protagonistas del auge del olivar andaluz, especialmente del modelo en regadío y en formato superintensivo. En la última década, la provincia ha incorporado 38.648 nuevas hectáreas de olivar, lo que la convierte en la segunda andaluza que más superficie ha sumado en términos absolutos y representa el 26% del crecimiento total registrado en Andalucía en ese periodo.
El regadío, motor del cambio
La expansión cordobesa no solo es cuantitativa, sino también cualitativa. Según el informe, Córdoba lidera el incremento del olivar en regadío en la comunidad autónoma. En diez años ha añadido 30.159 hectáreas irrigadas, un aumento del 49%, casi la mitad de la superficie regada con la que contaba al inicio del periodo analizado.
En contraste, el olivar de secano apenas ha crecido en 8.489 hectáreas, lo que supone un incremento del 3%. La apuesta es clara: más agua, mayor densidad de plantación y mecanización intensiva para elevar rendimientos y reducir costes.
Este proceso se enmarca en un fenómeno más amplio. En Andalucía, el olivar ha sumado 149.000 hectáreas adicionales en la última década, de las que casi 88.000 corresponden a regadío frente a unas 61.000 en secano. La expansión hacia el oeste de la comunidad ha ido colonizando antiguas tierras de cereal, algodón y hortícolas, consolidando el peso del aceite como monocultivo estratégico.
Más densidad, menos diversidad
El informe detalla cómo el olivar superintensivo —con plantaciones en seto de entre 1.000 y 2.000 árboles por hectárea— se ha convertido en uno de los principales destinos del capital inversor. Se trata de explotaciones mayoritariamente en regadío, altamente mecanizadas y con cosechas que pueden triplicar las del modelo tradicional a costes significativamente inferiores.
Aunque el documento no ofrece el desglose provincial de superficie superintensiva, sí subraya que el crecimiento del regadío en provincias como Córdoba responde en gran medida a esta tipología. La transformación exige fuertes inversiones iniciales —en torno a 8.000 euros por hectárea para plantación e instalación de riego—, lo que favorece la entrada de grandes fondos y empresas con mayor capacidad financiera.
La provincia no solo aumenta superficie, sino que rejuvenece su parque de olivos. A nivel nacional, el 4,5% de la superficie de olivar tiene entre cero y cuatro años y otro 9% entre cinco y once años, lo que anticipa un incremento de producción cuando estas plantaciones alcancen la madurez. Córdoba forma parte de esta ola de nuevas implantaciones.
El modelo superintensivo no está exento de controversia. Aunque su eficiencia hídrica por kilo producido es mayor, la concentración de árboles implica un mayor volumen total de agua por hectárea. En un contexto de sequías recurrentes y restricciones, el reparto de dotaciones genera tensiones con el olivar tradicional y otros cultivos.
El informe recuerda que los planes hidrológicos han ajustado dotaciones en cuencas donde más se ha extendido este modelo, algo que organizaciones agrarias consideran un agravio comparativo. Además, la mayor densidad implica un uso más intensivo de fertilizantes y fitosanitarios por hectárea.
En paralelo, el olivar ecológico emerge como alternativa. En Andalucía supera las 132.000 hectáreas y Córdoba figura, junto a Sevilla, entre las provincias con mayor peso. La comunidad alcanza ya un 29,3% de superficie ecológica total, por encima del objetivo del 25% fijado por la estrategia europea “De la Granja a la Mesa” para 2030. No obstante, Greenpeace alerta que la provincia, pese a ser la líder, registró un ligero retroceso del 1,9% en la superficie ecológica en 2024.
Capital, concentración y empleo
El trabajo de Greenpeace enmarca el caso cordobés dentro de una transformación estructural del campo español. La llegada de fondos especializados, family office y grandes grupos agroindustriales ha impulsado operaciones de compra masiva de tierras, integración vertical (desde viveros hasta almazaras) y concentración de poder en la cadena de valor.
En este ámbito, el informe no solo hace un análisis general, sino que expone casos concretos de empresas y grandes fondos que, en la última década, han contribuido a la modificación del sistema agroproductivo en Córdoba. Greenpeace menciona específicamente tres casos: De Prado, Elaia y Balam Agriculture.
El caso más emblemático es el de De Prado, grupo con raíces familiares en la provincia que ha protagonizado un crecimiento exponencial en las últimas dos décadas hasta convertirse en uno de los mayores operadores de olivar y almendro superintensivo de la península. La compañía no solo ha ampliado de forma constante su superficie cultivada, sino que ha integrado buena parte de la cadena de valor, desde viveros y plantaciones hasta almazaras propias. Su modelo combina la adquisición de grandes fincas con la prestación de servicios a terceros, consolidando un esquema de producción altamente mecanizado y orientado a grandes volúmenes.
Por su parte, Elaia representó la entrada de capital financiero vinculado a grandes operadores del aceite en el territorio cordobés. El proyecto impulsó plantaciones en régimen superintensivo en municipios como Castro del Río, siguiendo un modelo de integración vertical que abarca desde la producción hasta el embotellado. Junto a estos actores aparece Balam Agriculture, empresa cordobesa especializada en la transformación “llave en mano” de explotaciones tradicionales hacia el sistema intensivo y de regadío. Según el informe, este tipo de intermediarios técnicos resulta clave para que fondos de inversión y grandes patrimonios puedan operar en el campo sin experiencia agronómica directa, acelerando así la reconfiguración del paisaje agrícola provincial.
El modelo, sin embargo, convive con un problema estructural: la pérdida de empleo agrario y la crisis del relevo generacional. Así, la ecuación no es matemática. Aunque hay más campo dedicado al cultivo que produce más beneficios, Córdoba lidera la pérdida de empleo en el campo en la última década, con una caída del 28,3%.
Al final, Greenpeace dibuja a la provincia de Córdoba en una encrucijada: lidera la expansión del olivar de regadío y consolida su dependencia del aceite como motor agrario, pero lo hace en un contexto de concentración empresarial, presión sobre los recursos hídricos y debilitamiento del empleo tradicional.
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