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En Córdoba llegaron a vivir cerca de un millón de personas durante el periodo islámico. Es decir, en un término municipal más o menos como la actual, vivía y trabajaba una masa ciudadana tres veces superior a la población actual de la ciudad. Y, en su momento de mayor esplendor histórico, Córdoba se las apañó para autoabastecerse y alimentar a su población.

¿Cómo lo hizo? Básicamente fió todo a su ubicación. En pleno valle del Guadalquivir, una de las zonas más fértiles de España y Europa, Córdoba todavía tiene hoy unos terrenos envidiables para el cultivo, ubicados, además, a un paso de La Campiña, que en aquella época y durante la época medieval era casi una dehesa. La ubicación estratégica de Córdoba es lo que le ha permitido durante siglos generar los cultivos agrícolas suficientes para el autoabastecimiento de su población.

Hoy, sin embargo, esa idea de producir en Córdoba la propia comida parece una quimera. Desde los años ochenta, con la entrada en la Comunidad Económica Europea (CEE), la ciudad ha ido paulatinamente dando la espalda a la variedad agrícola y de cultivos para fiar toda su suerte al monocultivo del olivar. De forma que Córdoba capital es la tercera localidad en número de hectáreas de olivar de la segunda provincia española en superficie y en producción de aceite. Casi 25.000 hectáreas del término municipal son de olivar.

Así, si uno observa la evolución del término municipal a vista de pájaro, comprueba cómo la superficie de olivar ha ido aumentando de manera constante, con especial énfasis en la última década, hasta convertirse en prácticamente un monocultivo en la ciudad de Córdoba, donde los agricultores parecen haberlo fiado todo al aceite. La falta de diversidad en la huerta cordobesa es algo que preocupa a expertos y ciudadanía, que ven cómo la propia dinámica de la globalización hace que se vea normal que las patatas recorran miles de kilómetros en camiones para llegar encima de la mesa, cuando el valle más fértil de España podría producir patatas en suficiente cantidad como para alimentar a los cordobeses.

De toda esta dinámica lleva años escribiendo y reflexionando el doctor Ingeniero Agrónomo y catedrático emérito de Agronomía de la Universidad de Córdoba (UCO), Luis López Bellido, que acaba de publicar el libro La salud del suelo: clave de la sostenibilidad y la productividad de la agricultura (Acribia). López Bellido reconoce, en una entrevista con Cordópolis, su “total desacuerdo con la transformación que está teniendo en los últimos años” el campo cordobés y el hecho de que se esté apostando todo “al monocultivo del olivar”.

Este experto aclara que olivo en Córdoba ha habido siempre de tipo tradicional. Donde no había olivar históricamente era en la Campiña, que es una tierra arcillosa. Así, entre la posguerra y los años 80, Córdoba tenía una diversidad agrícola bastante importante. En la zona de La Campiña se plantaban trigo, cereales, cebada, legumbres, cártamo, habas y garbanzos. Además, con posterioridad, comenzó a cultivarse el girasol, que alternó su cosecha con el trigo. Por su parte, en los regadíos de las tierras aluviales valle del Guadalquivir, permitían el crecimiento de diversos cultivos hortícolas, trigo y maíz. Aparte estaban también los cítricos que se cultivaban río abajo, en Palma Del Río y Almodóvar.

Del algodón y la remolacha al olivar intensivo y el almendro

Pero es que, además, hasta los años 80, en Córdoba había otros dos cultivos relevantes: el algodón y la remolacha. “La remolacha y el algodón fueron muy importantes. Aquello fue la época dorada de la agricultura del valle del Guadalquivir, y se ganó mucho dinero”, relata López Bellido, que fija el fin de esa era con la entrada en la CEE, cuando desde Bruselas, por “presión de algunos países, entre ellos Francia e Italia”, obliga a Córdoba a desestimar esos dos cultivos, que hoy son casi residuales.

La siguiente revolución que cambia la agricultura cordobesa viene generada por la política de la PAC, que ha introducido cambios que han perjudicado a la agricultura mediterránea, y las investigaciones realizadas en Córdoba, que descubren una mayor rentabilidad en las plantaciones intensivas y super intensivas de olivo. “Hay un boom de muy costoso, que viene acompañado de una revolución tecnológica para la recolección. Y, como es un método extractivo que necesita menos mano de obra, pues lleva a generar grandes plantaciones de miles de olivos si se quiere lograr la rentabilidad”, explica el catedrático, que remarca, además, que conoce bien este proceso, pues ha trabajado en la esfera privada.

Así es como el olivar se expande. Lo hace con tal fuerza que pasa de ocupar el valle del Guadalquivir a colonizar también La Campiña, donde acaba imponiéndose incluso a la vid. Ningún otro cultivo en Córdoba ha experimentado un aumento semejante en hectáreas cultivadas, a excepción del almendro, que, aunque sigue muy por detrás del olivar, es, en estos momentos, otra de las apuestas en el valle del Guadalquivir.

Hemos cogido un camino sin marcha atrás. Estoy preocupado por el futuro del olivar tradicional

Luis López Bellido Ingeniero Agrónomo y catedrático emérito de Agronomía

Todo este movimiento y este cambio en el agro cordobés, que está pensado para extraer el máximo rendimiento, tiene un inmenso problema: su dependencia de los mercados. Córdoba es uno de los principales productores de aceite del mundo y, sin embargo, no es, ni de lejos, uno de los principales comercializadores. Una buena parte del fruto acaba en empresas extranjeras que son las que lo comercializan. Con unos precios como los actuales, el olivar puede ser competitivo, pero, ¿qué ocurriría si baja el precio del aceite?

López Bellido no oculta su preocupación. De entrada, porque la mayoría del olivar que hay en Córdoba es tradicional, sobre todo el de sierra, donde la recolección es muy compleja y, por tanto, no va a poder ser competitivo respecto al súper intensivo. Y, por otro lado, está el problema de revertir el proceso que está convirtiendo la rica biodiversidad del valle del Guadalquivir en un monocultivo, que no parece factible “a no ser qué hubiera una hecatombe”.

“Hemos cogido un camino sin marcha atrás. Estoy preocupado por el futuro del olivar tradicional. Si fuera unas patatas, al año que viene siembro algodón, y al otro trigo, y al otro remolacha. Pero me preocupa la falta de competitividad del olivar tradicional y que la única alternativa sea el súper intensivo”, reconoce Bellido, pionero en estudiar la huella del carbono en el olivar.

¡Vives en una ciudad agrícola!

Sobre esta misma problemática, la evidente pérdida de biodiversidad que ha sufrido Córdoba, está construido el proyecto, ¡Vives en una ciudad agrícola! impulsado por el espacio creativo cordobés Plata, que dirigen el poeta Xavier Guillem y el comisario artístico Javier Orcaray, y que ha sido reconocido por la Fundación Daniel y Nina Carasso dentro de los quince nuevos proyectos de alimentación sostenible y arte ciudadano que subvenciona anualmente.

Guillem y Orcaray cuentan que lo que motivó el proyecto fue ver unas imágenes aéreas de Córdoba en 1940 hechas por el Ejército Norteamericano que mostraban cómo había ido cambiando toda la superficie agrícola de la ciudad. Eso, unido al hecho mismo de que la ciudadanía no parece ser consciente de que Córdoba ha sido y es una ciudad agrícola.

“En las primeras reuniones que tuvimos, nos dimos cuenta de que nadie tenía conciencia de que Córdoba era un territorio de una potencia agrícola paralelo al valle del Nilo. O no lo recordaban o no lo sabían”, explica Xavier Guillem, que cuenta que esto fue lo que hizo que “un proyecto sobre la degradación, se convirtiera en un proyecto sobre el borrado de memoria que ha habido”.

“Casi cualquier ciudad es una evolución de un pueblo agrícola”, añade Javier Orcaray, que señala que, a pesar de ello, urbanísticamente, la ciudad ha ido dándole la espalda a este uso, seducida por “la expansión urbanística desmedida, los usos industriales y las ayudas al olivar”. Así, con un movimiento lento pero sostenido desde los años 60, la ciudad fue sacrificando espacios que antes eran huertas o naturaleza para cederlos al ladrillo. Ofrece algunos ejemplos, que parten de lo más evidente: “El barrio de Huerta de la Reina eran huertas. La Huerta de San Rafael también. Pero es que Miraflores eran huertas y en Cañero y la zona de Levante había multitud de pequeños huertos que hoy han desaparecido”-

Eso, añade, por no hablar de la zona agrícola de la ciudad que más ha sufrido el cambio de uso, además de manera ilegal y sin que nadie hiciera nada: “Todo lo que hay en la zona del Aeropuerto, son la mejores tierras de Córdoba; son jamón, con 12 o 14 metros de sedimentos”, explica Orcaray, que lamenta que todo eso que hoy lo ocupan o grandes olivares o parcelaciones ilegales eran “hectáreas de riqueza natural y un patrimonio muy fértil”.

Hoy estamos cayendo en las mismas trampas con la Base Logística del Ejército, que va a ir a una zona súper fértil

Javier Orcaray Coordinador del proyecto 'Vives en una Ciudad Agrícola'

Así es, explica, como los olivos y el ladrillo han impedido ver el valle. Una historia sin aparente marcha atrás que sigue produciendo nuevos capítulos aquí y ahora. “Estamos cayendo en las mismas trampas con la base logística, que va a ir a una zona súper fértil”, razona Javier sobre la ubicación escogida, en la zona de La Rinconada, calificada hace años como suelo industrial pero ubicada en terrenos fértiles junto al río Guadalquivir.

En cualquier caso, desde Plata, abogan por comenzar a recuperar zonas desde abajo, de lo micro a lo macro. Aunque sin pasarse. “No le puedes pedir a la gente que vuelva a cultivar un huerto delante de su casa, pero sí se puede mirar qué hacer con zonas que se convierten en aparcamientos y que pueden ser huertas comunales de las que alimentar a gente del barrio”, señala Guillem, mientras Orcaray apunta que, con un huerto, “un colegio podría ser autosuficiente”.

Ambos señalan a la ciudad de Detroit, donde los vecinos están estimulando la agricultura urbana aprovechando los espacios industriales y zonas abandonadas que provocó la crisis económica de 2008, de manera que el colapso económico de la motor citiy la ha convertido en una despensa autosuficiente, nutrida por miles de granjas y huertos urbanos. Pero aclaran que no hace falta irse tan lejos, poniendo como ejemplo las huertas de Valencia,  reconocido por la Agencia Europea de Medio Ambiente como uno de los seis espacios hortícolas mediterráneos y metropolitanos protegidos.

“Hace unos años Valencia fue elegida como Capital Mundial de Alimentación Sostenible”, recuerda Guillem, que se pregunta si Córdoba, ubicada en un valle mucho más fértil y con una historia que ha demostrado que es capaz de surtir a millones de ciudadanos, es capaz de dar pasos en la misma dirección.

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