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Cristina Cifuentes y el sentido de la vida

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Manuel J. Albert

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Últimamente me acuerdo bastante de El sentido de la vida. En uno de los episodios de aquella película de los Monty Python, un hombre obeso hasta casi generar sus propia gravedad llega a un restaurante donde le espera una bacanal de náusea. Tras zampárselo todo entre vomitonas asquerosas, el mêtre le ofrece un postre muy especial: una delgadísima chocolatina. El efecto de esa minúscula golosina será la explosión del comensal, que llenará de vísceras sanguinolentas todo el comedor.

Sinceramente, no se me ocurre mejor imagen para explicar lo que puede suponer el máster de Cristina Cifuentes en el complejo panorama político del PP en España. Un paisaje lleno de marrones que en nada se parece al dibujado en 1993 por José María Aznar. Aún le faltaban tres años para convertirse en presidente del Gobierno, pero tras derrotar por primera vez al PSOE de Felipe González, el líder del PP se atrevió a publicar un libro en el que pretendía perfilar su futura gestión de dos legislaturas al frente del Ejecutivo. La obra tenía un jugoso título: La segunda Transición.

Vistas con distancia, aquellas 228 páginas avanzaban muy poco sobre algunos de los hitos más importantes del PP en el siglo venidero: como el de hacer patente la generalización de la corrupción en buena parte del tejido político, su contagio en el económico y su traslación a instituciones tan aparentemente ajenas como la Universidad.

Tal vez en una futura reedición, José María Aznar debería plantearse incluir capítulos añadidos sobre la financiación de partidos políticos, los sobresueldos en B a sus dirigentes, el uso de las instituciones para el enriquecimiento personal o incluso la creación de entidades parásitas en el seno de determinados rectorados universitarios para expedir títulos exprés a cargos políticos, adelantando determinados nombres propios al resto de alumnos sin pasar por clase, hacer exámenes o presentar trabajos de fin de máster.

Aunque el término ideado por Aznar de segunda transición no acabó cuajando entre los historiadores para referirse al fin de la etapa socialista y el inicio de la alternancia entre PP y PSOE en La Moncloa, la idea de una nueva fase de cambio profundo del país -aquí sí podemos usar la patente del expresidente usada para titular su primer libro- no ha dejado de excitar las neuronas de sociólogos, politólogos, periodistas y de más estudiosos sesudos de la actualidad.

Hay quien vio en el movimiento del 15M de 2010 una primera muestra palpable de que esa nueva etapa ya se estaba dando en la sociedad. De sus brasas nacieron nuevos partidos políticos de izquierda, como Podemos. Los rescoldos incluso reavivaron la llama de una nueva formación de derechas, Ciudadanos. Pero las siguientes victorias electorales del PP, a pesar de que el grano de la corrupción ya le blanqueaba de pus su rostro más pétreo, negaron la mayor. No había transición. Nada cambiaba. Todo iba a seguir igual.

O tal vez no tanto.

En el PP ya se teme que el cambio se haya producido delante de sus narices y no se hayan inmutado. Enrocados en la estrategia de Mariano Rajoy de permitir que los fuegos se apaguen solos a base de indiferencia, dentro de las filas empiezan a preguntarse si los cimientos electorales serán tan fuertes como para aguantar semejante incendio.

Y aquí destaca otra de las faltas del libro de Aznar La segunda transición, no haber avanzado el que quizás es uno de los talentos más ocultos del PP a nivel nacional: conseguir cabrear con sus políticas económicas y sociales a amplios sectores (pensionistas, mujeres, jóvenes, trabajadores, universitarios) de manera transversal, independientemente de su origen o ideología. El aderezo de la corrupción simplemente aviva la caldera. Y cuando ésta parece ya llena, un simple máster -apenas nada si lo comparamos con los millones de euros defraudados aquí y allá- puede ser fatal. ¿Será la chocolatina que lo hará estallar todo?

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