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Sobre este blog

Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

Las veces que amamos

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Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

El primer recuerdo que tengo de él es en el hospital. Está sentado en un sillón y lleva puesta una sábana blanca a modo de babero. Me invita a sentarme con él anunciándome la llegada de un banquete. La oferta es, para hambronas como yo, demasiado tentadora para no sucumbir. Corro hasta él y me colocan una sábana como la suya atada al cuello. ¿Por dónde entrarán los camareros? Fundido a negro.

Al despertar, nuestros improvisados baberos están llenos de sangre y mis vegetaciones han sido oportunamente recortadas. Fali sonríe y dice: "menudo banquete". Yo enmudezco desorientada por la anestesia y las dudas sobre lo que acaba de ocurrir.

Hace cuarenta años de aquello y me sigue sorprendiendo cómo mi cerebro seleccionó aquel recuerdo como uno de los más nítidos de mi infancia. Supongo que el trauma de la sangre tendrá algo que ver, pero lo cierto es que no asocio el momento al dolor, sino a la sonrisa enorme de aquel médico amigo de mi padre que me sostuvo durante la operación. Ése era Fali, una sonrisa, una cara amiga, con una broma siempre a mano para desdramatizar la enfermedad. Cualidad que en su condición de otorrino ha ayudado a cientos de personas en su consulta. La última vez que la visité los vértigos provocados por un problema en el oído interno no me dejaban vivir. Nada más verme volvió a bromear aludiendo a mi "borrachera" permanente.