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Sobre este blog

Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

London stirren

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Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

La primera vez que visité Londres lo hice con la intención de impresionar profesionalmente al director de comunicación de una Universidad británica. Casi lo consigo, pero el hombre cometió la imprudencia de elegir un restaurante indio para comer y yo traté de rebajar el picante a base de vino blanco, de manera que aquel encuentro de trabajo terminó conmigo en el escenario de un diminuto antro cerca de Convent Garden, quitándole el micro a una dragqueen e improvisando un monólogo en inglés sobre el escándalo de la Pantoja y Julián Muñoz ante un reducido y estupefacto público que aplaudió mi excentricidad, aún no sé por qué razón. 

Afortunadamente para mi reputación, en 2008 no padecíamos aún incontinencia narrativa y no quedan pruebas gráficas de aquello. Que no existan no ha impedido que haya recordado mil veces aquella tarde. Al fin y al cabo, la anécdota convirtió en un buen amigo a aquel directivo e hizo que Londres me cautivara para siempre. 

Hoy, al charlar con Nicole he vuelto a recordar por qué me gusta esta ciudad a la que he regresado este fin de semana por tercera vez.