Sobre este blog

Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

Crónica de (una) mierda

Siete días han estado fermentando al unísono las cacas de perro con los restos de picnis en La Asomadilla

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Nos conocemos desde hace mes y medio. Al principio, su aspecto me echó para atrás, pero con el paso de los días he terminado por apreciar su presencia tanto que he creído oportuno dedicarle esta crónica. En realidad esto no es más que el agradecimiento público a lo que una mierda (sic) ha hecho por mí: recordarme de qué iba aquello del periodismo.

Apareció justo delante de mi puerta allá por el mes de mayo, probablemente producto de un paseo a deshoras en el que su dueño se olvidó de recogerla. Alguien la pisó et voilá ahí lleva la mierda viendo pasar las lunas, los días y las olas de calor que se van acumulando en este verano extremo. 

He pasado de la indignación por la falta de civismo al cabreo por el deterioro de los servicios públicos y de la sospecha de que no puede ser casual que los barrios para turistas y las zonas residenciales estén como una patena mientras la basura se acumula en los barrios de siempre a la acción. 

De tanto mirar al suelo de mi calle me percaté de la cantidad de basura que se acumula en los alcorques y en los descampados y zonas verdes cercanas. De tanto pensar en aquella mierda caí en la cuenta de que sus primas llevaban una semana acumulándose embolsadas en las papeleras del cercano Parque de la Asomadilla compartiendo hacinamiento con los restos de picnics y merendolas. Siete días por encima de 40 grados fermentando al unísono.

El primer camino que tomé fue el que dicta la democracia participativa: notificación y aviso a la empresa municipal de limpieza. Lo intenté a la vieja y a la nueva usanza. Notificándolo al personal de limpieza que se ocupa de la zona y a través de los canales sociales de Sadeco. En una ciudad seseante elegir Sero para el branding de la app para mandar notificaciones sobre limpieza urbana ha sido toda una premonición. De hecho el resultado de mis quejas y aviso de ciudadana responsable obtuvieron un sero patatero como respuesta.

De pronto, gracias a shitty -sí, a la tercera semana decidí bautizarla- recordé que además de ciudadana soy periodista y que cuando estudié alguien me dijo que el papel del periodismo en democracia es ejercer como contrapoder, no convertirse en uno de ellos. Busqué la información en las fuentes oficiales y confirmé que un cambio en la subcontratación del servicio de limpieza en los parques y jardines es el responsable de las escatológicas imágenes que nos ha regalado esta semana la Asomadilla. Una conversación con dos responsables del servicio y en un par de horas, con la noticia sin publicar, ya estaba el Parque como los chorros del oro. Alguien había dado el aviso: “ojo, que salimos en los periódicos”. Nos habíamos quedado sin noticia. No se engañen, no hay quien cuele un titular si la botella está medio llena, pero el caso es que pensé que bien está lo que bien acaba. Eso fue antes de la siesta. Al despertar, creí que le debía este agradecimiento a shitty.

Vale que una caca aplastada en la acera no va a regalarte un Pulitzer ni a revelarte el Watergate, pero sí a recordarte que en democracia no todo vale, aunque sea una mierda.

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Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

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