Sobre este blog

Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

Estudio de anatomía

No logro encontrar un cuerpo real parecido al de los carteles

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Es posible que al terminar de escribir estas líneas este texto acabe siendo la prueba definitiva para el juez que se ocupe de mi caso. No hay que descartar que lo que estoy a punto de confesar sea utilizado en mi contra y el jurado no encuentre la manera de eximirme de culpa, pero dejen que me expliquen y entenderán que no hay en mi delito otra intención que la puramente científica.

Hace algo más de diez años que acudo a una piscina pública a nadar dos veces por semana. Empecé por prescripción médica y mantengo el hábito por pura salud mental. No hay como flotar para evadirse del mundo terrenal. Soy germánica con las distancias: 20 largos crol, 20 espaldas. La mariposa la descarté porque una cosa es cuidarse y otra mantener la dignidad en público. Cumplo escrupulosamente con los horarios y las rutinas que yo misma me he impuesto, pero -aquí viene la confesión- no hay día que no me distraiga en el vestuario y derroche el tiempo parándome a mirar al resto de mujeres desnudas. 

Sí, soy una voyeur, una mirona, pero, respetables miembros del jurado, les aseguro no hay una gota de perversión en mi mirada. Les prometo -no sé jurar- que mi comportamiento tiene una explicación. Llevo diez años tratando de entender cómo es posible que ni una sola de las que pisamos ese vestuario tengamos un cuerpo remotamente parecido al de las señoras que lucen los carteles publicitarios del gimnasio.

En mi estudio de anatomía he repasado de arriba abajo el cuerpo de cientos de mujeres adultas de todas las edades y les juro -o prometo, lo que prefieran- que aún no he dado con una que cumpla a pies juntillas con el ideal de la cartelería corporativa. 

Las cabezas, por ejemplo. He observado cabelleras de todos los colores y cuando digo todos los colores me refiero a una amplia gama cromática que va desde el rubio platino y el moreno azabache hasta el blanco cegador, pasando por todos los castaños, rojos, morados y azules posible -no imaginan lo desinhibidas que son algunas mujeres mayores en lo que a tintes se refiere-. Pues ninguna de esas melenas, incluidas las cegadoras y onduladas cabezas de las veinteañeras, brilla y cae con la gracia y perfección de las modelos de las fotos que veo cada vez que giro la cabeza nadando para coger aire. Por el contrario, en el hábitat en el que he desarrollado mi análisis abundamos las desgreñadas, especialmente al terminar de hacer deporte, lo que dificulta todavía más el objetivo de dar con una sola mujer que mantenga el peinado perfecto mientras suda la camiseta como parecen hacer las señoras de la publicidad.

Luego está la piel: esa inmaculada capa de tejido perfectamente unificado y terso de los carteles, frente a las manchas, arrugas y acné (todo según la edad) de nuestras jetas y los surcos de las estrías en nuestros vientres, pechos y muslos. Les vuelvo a prometer que he buscado todo lo que el rabillo de mi ojo me ha permitido mirar sin recibir una denuncia a cambio, pero nada. 

Tampoco he tenido éxito con lo de nuestra condición de mamíferas y lo del cuerpo cubierto de vello. Vale que la depilación es tendencia y que según se eleva la media de edad cuesta encontrarnos un pelo; vale que para evitar la censura de las redes la publicidad esconde nuestros pubis, aunque tampoco es ahí donde iba a encontrar más pelo (lo de la depilación brasileña ya parece decimonónico ante tanta integral). Pero sea como sea, no he dado con la explicación a que esas mujeres de cartel no tengan ni el más mínimo folículo. 

Luego está el asunto de las tetas, la cintura y el trasero. Ahí sí que me he detenido y el resultado es concluyente. No es una cuestión de la edad. Por mucho que el paso del tiempo vaya reubicando nuestras mamas alejándolas de nuestros cuellos y acercándolas a nuestros vientres; por mucho que nuestras cinturas puedan ir liberando espacio para nuestras costillas flotantes y dejando crecer esa confortable chica lateral; por mucho que la edad y los estrógenos vayan cambiando la forma de nuestros culos hasta alinearlos perfectamente con nuestro cogote, doy fe de que la biodiversidad corporal supera con creces la uniforme y casi única tipología mostrada en los carteles donde sólo lucen tetas equidistantes de redondez casi platónica, cinturas de avispa y culos prominentes y neumáticos. En mis notas mentales debe haber hasta medio centenar de tipos de tetas, desde las que apenas superan el pezón hasta las que se desparraman como las de las venus prehistóricas, pasando por todas las formas geométricas y turgencias posibles, diversidad similar a la de la culometría realizada.

Por todas esas razones, sus señorías, les ruego que no nos juzguen, que éste es sólo un estudio de anatomía hecho por un ser imperfecto pero maravillado por la belleza de tantas pieles, caras, cabezas, tetas, cinturas y culos tan perfectos como diversos.

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Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

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