Los horrores de la guerra

Laia Marull y Nuria Espert durante la representación de 'Incendios' el sábado 21 en el Gran Teatro | BRAULIO VALDERAS

En Incendios no se menciona ni una vez la palabra Líbano. Ése es el país de origen de Wajdi Mouawad, uno de los grandes dramaturgos de nuestro tiempo. El rey de la tragedia contemporánea. En su Beirut natal vio cómo un autobús repleto de refugiados palestinos era acribillado por las milicias cristianas, al comienzo de la guerra civil libanesa. Su familia huyó, primero a París y más tarde acabó exiliada en Canadá. Fue educado para odiar a los demás. Para abominar de musulmanes, chiítas, sunitas, drusos, palestinos, judíos e israelíes.

Sin embargo, Mouawad ha llegado hasta hoy apartando el cinismo y la rabia de su camino y creando una obra humanista nacida de miles de hechos reales que superan cualquier imaginación. Toda historia se puede universalizar y aún más una guerra, por eso los horrores que relata Incendios podrían haber ocurrido en cualquier latitud del planeta.

La adaptación española de la obra del libanés, en un montaje dirigido por Mario Gas para el Teatro de la Abadía, ha puesto en pie, con lágrimas en los ojos, al público cordobés del Gran Teatro el viernes y el sábado. Nuria Espert, acompañada por un reparto de siete actores (Laia Marull, Ramón Barea, Álex García, Carlota Olcina, Alberto Iglesias, Germán Torres y Lucía Barrado) han dado vida a veinte personajes que durante tres intensas y emocionantes horas componen este drama universal.

Un relato que comienza tras la muerte de una mujer árabe exiliada en un país occidental, con un notario entregando a sus hijos mellizos dos cartas que ha escrito la difunta y que solo podrán abrir después de que estos hayan encontrado a sus desconocidos padre y hermano. Incendios narra el viaje de sus protagonistas al infierno, al centro de la crueldad humana, al núcleo del fanatismo social y religioso.

Narrado a partir de cuatro incendios -el de Nawal, el de la infancia, el de Jannane y el de Sarwane- en un escenario austero y sobrecogedor, donde cada elemento funciona de manera impresionante, se suceden las escenas sin interrupción y de manera simultánea en los distintos tiempos, viajando del presente al pasado y más allá, en los tres espacios que componen la escenografía. Los actores crean muy bien la atmósfera del relato, sobresaliendo la poderosa presencia de Ramón Barea en cada uno de sus personajes, y el monólogo de la Espert, quieta, con las manos pegadas al cuerpo, controlando músculos y voz.

En la Grecia clásica los héroes trágicos estaban por encima de lo humano. La tragedia los exponía no como ejemplos que debían ser imitados, sino como una reflexión sobre los límites de la naturaleza humana. En Incendios, tal reflexión también deja en el espectador el sabor del temor y de la compasión.

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