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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

Un pacto por las infraestructuras

Eduardo Moyano

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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

Uno de los valores innegables de las democracias es el respeto de los derechos humanos y las libertades individuales. A eso habría que añadir los sistemas de bienestar asociados a ellas, como fuente de legitimación social en la medida en que se extienden al conjunto de la población. En ese sentido, no hay otro sistema político que las supere.

Sin embargo, las democracias tienen un flanco débil. Me refiero a la dificultad de los gobiernos para afrontar desafíos de medio y largo plazo, ya que, atrapados por los ciclos electorales, el horizonte de sus políticas suele ser muy corto. Sin duda que el electoralismo tiene efectos positivos por cuanto se ponen en marcha políticas coyunturales que, sin la presión de las urnas, no se llevarían a cabo. No quiere esto decir que no se planteen asuntos de mayor alcance, pero lo cierto es que, en esos casos, suelen priorizarse aquellas políticas que tienen un impacto directo e inmediato en la opinión pública para así poder ser rentabilizadas electoralmente.

El reverso de todo esto es que las reformas que exigen políticas de medio y largo plazo (como las relativas a las infraestructuras) suelen aplazarse sine die, aunque el diagnóstico de los problemas esté claro. Incluso los gobiernos con suficiente apoyo parlamentario se resisten a afrontar este tipo de reformas (siempre complejas) debido a su escaso rédito electoral y al coste político que pueda suponerles. Sólo acuerdos de estado entre los grandes partidos permitirían abordar estas reformas estructurales sacándolas de la lógica electoralista.