Vacaciones

Todo el año esperándolas y cuando llegan, vuelan. Es un tópico, una verdad como un templo. A la vez, una injusticia para con uno, que vive soñando con ellas y que ahora despierta para sobrevivir con su alejamiento.

Las vacaciones se acaban, en este caso para algunos, que necesitan de una desconexión de las mismas para volver a conectar con el trabajo. Un tiempo, poco, menos del deseado, en el que la cabeza lejos de liberarse también maquina.

Porque la vida no está para bajar los térmicos del pensamiento, sobre todo si se posee la costumbre de la observación. Estos días, entre otros menesteres, dejan tiempo para contemplar con tranquilidad cómo hay quienes disfrutan del merecido descanso, pero también cómo otros, de manera inevitable, no pueden hacerlo.

Las vacaciones, o los períodos concretados como tal, bañan de realidad las conciencias atentas. Es un tiempo donde se ven justicias e injusticias. Alegra pensar que hay quienes pueden disfrutar, pero entristece advertir que hay quienes no puede hacerlo.

En vacaciones los que trabajan y los que no piensan en lo mismo, en vacaciones. Por motivos diversos, los primeros anhelan llegar a ellas y los segundos desean no perderlas. La vida es a veces cruel.

Un año más, la crisis se ha vuelto ha posicionar como protagonista y líder del tiempo de estío. Los trabajadores, se pregunte por donde se quiera (cualquier sector sirve), reconocen el daño que ésta causa en la sociedad.

En el bar, menos consumo; en el taxi, más horas y menos servicios; en el hotel, menos ocupación y precios más bajos; en la playa, más neveras; en el tren, menos viajeros; en la cartera, menos dinero…

En esas, y ya van seis años, la vida continúa dejando caras de intranquilidad y resignación en cada uno de los rostros a los que se le pregunta "¿cómo va la cosa?" La respuesta, casi siempre la misma: "Mal. Esto no levanta cabeza". Vacaciones, sí. Las seis últimas, iguales en ese sentido. ¿Por cuánto más así?

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9 de agosto de 2013 - 10:57 h