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Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde: el valor histórico de la Mezquita-Catedral de Córdoba
9 de agosto del año 2025. Ocho de la mañana. La ciudad de Córdoba despierta. Todos hablan de lo mismo: la Mezquita-Catedral ardió anoche. El Patio de los Naranjos se llena de cordobeses. Las miradas se centran en las zonas afectadas por el incendio. “Es una tragedia”, confiesa un padre a su hijo. “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, dice otro.
En Twitter, algunos lamentan la pérdida; otros, al contrario, celebran las llamas como una victoria personal. Unos se refieren a ella como Mezquita; otros lo hacen como Catedral; el resto lanza quejas y reproches contra unos y otros. En definitiva, la politización de nuestro patrimonio —y, con ella, la politización del propio incendio—, deja en un segundo plano la cuestión más importante: su valor histórico y artístico.
La Mezquita-Catedral es capaz de narrar la historia de Córdoba. Frente a otras catedrales de Europa, la de Córdoba concentra en una misma arquitectura varios estilos. Y eso la hace única. Su construcción comenzó en torno al año 800 d.C. y su emplazamiento coincide con el de un antiguo templo de tradición visigoda. Además, el edificio recuperaba columnas de la Corduba del Imperio Romano, que todavía hoy podemos ver en su interior. La primera versión de la Mezquita de Córdoba se completó con ampliaciones, siendo la de Almanzor la que ha sufrido más de cerca las consecuencias del fuego.
Cuando el cristianismo se impuso territorialmente sobre la Córdoba islámica, no se destruyó totalmente su huella; en cambio, la Mezquita integró intervenciones de estilo gótico, renacentista y barroco. Un ejemplo es el enorme cuerpo que aflora en el corazón del conjunto. En resumen, la Mezquita - Catedral actual es el resultado de la suma de épocas que ha atravesado la Península Ibérica y, por ende, nuestra ciudad. Esta superposición de masas —conocida en Arquitectura como «palimpsesto»— es lo que la dota de mayor valor histórico en la actualidad.
John Ruskin —influyente artista, crítico y sociólogo inglés— ya hablaba, a mediados del siglo XIX, de la arquitectura como narradora de la historia de nuestros pueblos y del valor de la pátina que en ella deja el paso del tiempo. De esta manera, Ruskin concedía a la historia un lugar intrínseco entre los muros de los edificios que habitamos y subrayaba la capacidad de comunicación de los mismos. Hoy, su discurso suena más actual que nunca.
Para concluir, podemos afirmar que la Mezquita-Catedral de Córdoba —aparte de ser un emblema— es un libro abierto. Mirar la Mezquita es recordar su (nuestra) historia. Y quemar nuestra arquitectura es borrar nuestra memoria. Vayan a visitarla y lleven a sus hijos/as. La entrada es gratuita para los residentes en la ciudad de Córdoba. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
Juan Castro Sánchez. Arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid y escritor.
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