La tortuga que dejó en evidencia a la administración
El 7 de diciembre de 2025, mientras caminaba por el arroyo Bejarano —en plena Reserva Natural Fluvial del mismo nombre, en Córdoba— me topé con una tortuga que no encajaba del todo en el paisaje. A simple vista sospeché que no era un galápago leproso, nuestra especie autóctona, sino quizá una mascota abandonada por alguien que creyó estar “devolviéndola a la naturaleza”. La intuición se confirmó después: se trataba de una tortuga mapa de Ouachita (Graptemys ouachitensis), una especie exótica originaria de Norteamérica.
Gracias al asesoramiento de especialistas, el hallazgo quedó documentado en la revista Trianoi de la Sociedad Cordobesa de Historia Natural como el primer registro confirmado de esta especie en la provincia. Un dato que, más allá de la anécdota, subraya la creciente amenaza que representan las invasiones biológicas en ecosistemas especialmente frágiles como la cuenca del Guadalquivir.
La tortuga mapa de Ouachita es un reptil acuático de tamaño medio, con un caparazón serrado que en las hembras puede alcanzar los 28 centímetros. Su presencia no es inocua: compite con especies nativas y altera la diversidad local. De hecho, modelos ecológicos recientes señalan la cuenca del Guadalquivir como un área de alto riesgo para su establecimiento, debido a la similitud climática con su hábitat original. El ejemplar que encontré —de apenas 95 × 70 × 35 mm— se suma a otro registro previo del género Graptemys en el Guadalquivir cordobés en 2023, un indicio preocupante de que la presión sobre la fauna autóctona va en aumento.
La parte más desconcertante llegó después. Ni las autoridades locales ni las autonómicas asumían la responsabilidad de recibir al animal, de modo que asumí su manejo por mi cuenta. Tras trasladarla a Madrid, al Centro Félix Rodríguez de la Fuente —donde previamente me habían asegurado que la aceptarían—, también la rechazaron por tratarse de una especie incluida en el convenio CITES. Solo me facilitaron un correo electrónico de contacto. Finalmente, y gracias a la buena voluntad de un veterinario de Tragsatec, que presta asistencia técnica a la autoridad administrativa CITES (MITECO), y la buena predisposición de la Fundación para la Investigación en Etología y Biodiversidad de Toledo, la tortuga pudo ser acogida en este centro.
Este recorrido absurdo para un solo ejemplar revela algo más profundo: la ausencia de protocolos eficaces para gestionar especies alóctonas incluso dentro de reservas naturales, pese a que los propios informes científicos insisten en la necesidad de un monitoreo periódico.
En los últimos días, he solicitado formalmente al Ayuntamiento de Córdoba y a la Consejería de Medio Ambiente que establezcan un servicio claro y accesible para la recepción de fauna exótica. No puede recaer en la ciudadanía la responsabilidad de suplir la inacción institucional.
Los expertos que firman el artículo, vinculados a la Universidad de Córdoba, reclaman también medidas de control y seguimiento en el arroyo Bejarano, similares a las aplicadas a otras invasoras como Trachemys scripta. La protección de estos espacios de alto valor ecológico exige una implicación administrativa real y sostenida.
La gestión de las invasiones biológicas no puede depender de la buena voluntad de quienes se encuentran con el problema por casualidad. Si queremos proteger nuestros espacios naturales, necesitamos administraciones que asuman su responsabilidad y actúen con la diligencia que estos casos requieren.
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