En busca del palacio de Abderramán: medio siglo de indagaciones para dar con el mítico al-Ruṣāfa
La excavación iniciada estos días en el paraje de Turruñuelos ha vuelto a situar en primer plano uno de los grandes enigmas de la arqueología cordobesa: la localización de al-Ruṣāfa, la finca palatina que el emir omeya Abderramán I habría mandado construir a las afueras de Córdoba en el siglo VIII. El proyecto, impulsado por la Universidad de Córdoba y el Instituto Arqueológico Alemán, investiga los restos de un edificio detectado a principios de siglo mediante prospecciones geomagnéticas en el actual Jardín de los Granados Sefardíes.
Si la excavación confirma una cronología emiral, podría tratarse de uno de los escasos ejemplos conservados de arquitectura omeya temprana en al-Ándalus. Sin embargo, la búsqueda de este palacio perdido no es nueva: historiadores y arqueólogos llevan más de medio siglo tratando de identificar el lugar exacto donde se levantó. Todo ello, partiendo de que la búsqueda de al-Ruṣāfa se enfrenta a un obstáculo fundamental: el enorme vacío documental sobre la Córdoba del siglo VIII. De aquellos años apenas se conservan textos contemporáneos, y gran parte de lo que hoy se sabe procede de crónicas redactadas dos siglos más tarde.
Según la historia tradicional, fue en ese siglo cuando se produjo un giro decisivo para la ciudad. Tras la caída de la dinastía omeya en Oriente, el joven príncipe Abderramán I logró sobrevivir a la persecución que acabó con su familia en Damasco. Después de una larga huida por el norte de África y de enfrentamientos con distintas facciones de la península ibérica, terminó estableciéndose en Córdoba, donde fundó el primer emirato independiente de al-Ándalus.
Sin embargo, la huella material de aquel primer gobernante en la ciudad es sorprendentemente escasa. Durante más de cinco décadas, los arqueólogos apenas han podido vincular restos concretos a su época. Precisamente por ello, la posible identificación de su residencia predilecta supondría un hallazgo de enorme relevancia para comprender los inicios del poder omeya en la península.
Una finca palatina
Los estudios arqueológicos describen al-Ruṣāfa como una almunia compleja y poli funcional. Casi todos los trabajos de investigación la sitúan en lo que hoy sería parte de la zona noble de la ciudad (el Tablero Bajo-Turruñelos-Huerta de la Arruzafa), una posición estratégica a las faldas de la sierra, junto a antiguos sistemas hidráulicos romanos reutilizados. Además, también coinciden en que su presencia habría impulsado el crecimiento suburbano de Córdoba, pues a su alrededor surgieron arrabales, cementerios islámicos y barrios dedicados a actividades artesanales, convirtiendo la almunia en un auténtico nodo que articulaba la relación entre campo y ciudad.
Las fuentes árabes medievales describen al-Ruṣāfa como una residencia de recreo, rodeada de jardines y huertas. El nombre no era casual. El emir quiso reproducir en al-Ándalus el recuerdo de una finca familiar que los omeyas poseían en Siria, cerca de la ciudad homónima. Allí, según la tradición, habría introducido especies vegetales orientales que después se difundieron por el territorio andalusí. Durante generaciones, la finca siguió utilizándose como residencia aristocrática y como centro de explotación agrícola.
Las crónicas mencionan reformas importantes durante el reinado del emir Muḥammad (852-886), construyendo una cerca defensiva, nuevas puertas y un renovado salón de recepciones. Aunque su uso fue decreciendo con el tiempo, las fuentes indican que todavía en el reinado de Abderramán III el complejo se mantenía en buen estado, rodeado de extensos jardines y huertos.
El final llegó en 1011, en plena guerra civil que precipitó el colapso del califato. Como muchos otros edificios del entorno de la capital andalusí, el lugar fue saqueado y destruido.
Décadas de búsqueda arqueológica
Pese a la importancia que debió tener en su momento, la huella material de la almunia ha sido sorprendentemente esquiva. Las primeras tentativas serias para localizarla comenzaron a mediados del siglo XX. El arabista cordobés Rafael Castejón y Martínez de Arizala fue uno de los primeros investigadores en intentar trasladar al mapa moderno las descripciones de las fuentes medievales. Sus estudios sobre la topografía histórica de Córdoba le llevaron a situar la finca en el entorno de la Arruzafa, una zona de huertas situada en las faldas de la sierra que conservaba en su propio nombre la memoria de la antigua almunia.
En aquellos años, además, comenzaron a aparecer indicios arqueológicos que reforzaban esa línea de investigación. En 1962, el investigador Rafael Fernández González identificó en fotografías aéreas la huella de un gran recinto enterrado en el paraje de Turruñuelos, al noroeste de la ciudad (donde se busca ahora). Las imágenes mostraban un trazado rectangular con caminos internos que sugería la presencia de un complejo monumental oculto bajo los cultivos. Poco después se realizaron algunas prospecciones en el lugar, durante las cuales aparecieron capiteles califales, fragmentos de columnas y piezas de mármol que apuntaban a la existencia de edificaciones de cierta importancia.
Durante décadas, aquellos indicios quedaron como una hipótesis abierta, sin excavaciones sistemáticas que permitieran confirmar su significado. El debate volvió a reactivarse a finales del siglo XX gracias al historiador cordobés Antonio Arjona Castro. En el año 2000 publicó un estudio en el Boletín de la Real Academia de Córdoba en el que revisaba tanto las fuentes árabes como los hallazgos arqueológicos conocidos. Su propuesta era que el gran recinto detectado en Turruñuelos podía corresponder a una finca aristocrática organizada en torno a jardines, edificios residenciales y espacios productivos, un modelo que encajaba bien con las almunias que rodeaban la capital omeya.
Sin embargo, no todos los investigadores compartían esa interpretación. En el año 2007, la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía terció para descartar la solidez de esta hipótesis e incluso los arqueólogos de la UCO de entonces mantenían que el gran edificio detectado en la zona podría estar relacionado con otro complejo histórico posterior, posiblemente vinculado al entorno de Medina Azahara, la ciudad palatina fundada en el siglo X por el califa omeya.
Aquella conclusión no cerró definitivamente el debate, pero sí desplazó durante un tiempo el foco de las investigaciones hacia otros puntos del norte de Córdoba.
Las investigaciones de Fátima Castillo y Rafael Clapés
Mientras tanto, nuevas excavaciones comenzaban a aportar datos en zonas próximas. Durante la década de 2000, varias intervenciones arqueológicas en el entorno urbano de la Arruzafa y Tablero Alto sacaron a la luz restos de edificios de época emiral. Algunos de ellos se localizaron bajo el actual hospital de La Arruzafa. En 2014, la arqueóloga Fátima Castillo presentó los resultados de más de seis años de trabajos en los que se identificaron dos grandes edificios, uno del siglo VIII y otro del IX. Según su interpretación, estas estructuras podrían ser solo el extremo de un complejo arquitectónico mucho mayor, quizá parte de una gran finca palatina fundada en los primeros momentos del emirato.
El debate volvió a reactivarse en 2020 con la publicación de un estudio del arqueólogo Rafael Clapés en la revista científica Arqueología y Territorio Medieval. En su investigación, el autor (que ahora participa en el nuevo proyecto con su empresa, precisamente llamada Rusafa Arqueología) analizaba los restos emirales documentados en el área de Tablero Alto y planteaba que podían formar parte del paisaje suburbano vinculado a al-Ruṣāfa.
La propuesta introducía un matiz importante: la almunia no debería entenderse como un único edificio aislado, sino como un conjunto mucho más amplio de residencias, jardines, huertas y espacios productivos que articulaban el territorio alrededor de Córdoba durante los primeros siglos de dominio islámico.
Una pieza clave para entender los orígenes de al-Ándalus
La excavación que ahora se desarrolla en Turruñuelos vuelve a situar esta zona en el centro del debate. Los trabajos se centran en una construcción cuadrangular de unos cincuenta metros de lado detectada mediante magnetometría a principios de los años 2000. Según las imágenes geofísicas, el edificio estaría organizado alrededor de un patio central y rodeado por un potente muro perimetral. Su planta presenta similitudes con ciertas construcciones oficiales omeyas documentadas en Oriente, lo que ha llevado a algunos investigadores a plantear la posibilidad de que se trate de un pabellón o edificio relacionado con la almunia de al-Ruṣāfa.
Por ahora, los arqueólogos trabajan en una fase preliminar. Los sondeos abiertos pretenden confirmar la veracidad de las imágenes geomagnéticas, documentar las técnicas constructivas y recuperar materiales que permitan establecer la cronología del edificio. Solo cuando esos datos estén disponibles podrá saberse si la estructura pertenece realmente al periodo emiral o si corresponde a otra fase histórica. Pero el hecho de que la excavación vuelva a centrarse en esta zona demuestra hasta qué punto la búsqueda de al-Ruṣāfa sigue siendo uno de los grandes retos pendientes de la arqueología cordobesa.
Más de mil doscientos años después de su construcción, el palacio de Abderramán I continúa oculto bajo el paisaje de la Córdoba moderna. Cada nueva investigación añade piezas al puzle, pero también abre nuevas preguntas sobre la topografía de la ciudad en los primeros tiempos de al-Ándalus. La excavación de Turruñuelos es solo el último capítulo de una historia de indagaciones que se remonta a más de medio siglo y que, de momento, mantiene intacto el misterio del mítico al-Ruṣāfa.
0