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El hantavirus y el efecto NIMBY

José González Arenas / Blogópolis Opinión

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El caso del buque Hondius no es solo un episodio sanitario puntual: es un espejo incómodo de una de las actitudes más arraigadas —y menos reconocidas— en nuestras sociedades. El rechazo a su atraque por el posible riesgo de hantavirus no responde únicamente a la prudencia, sino a una combinación explosiva de miedo, egoísmo y desconocimiento que encaja perfectamente en lo que se conoce como efecto NIMBY: “Not In My Back Yard”, o “no en mi patio trasero”.

El patrón es conocido. Ante una situación que requiere una respuesta colectiva —en este caso, la atención sanitaria de pasajeros potencialmente expuestos a un virus—, la reacción no es de cooperación, sino de desplazamiento del problema. Nadie discute que esas personas deben ser atendidas. Pero, inmediatamente, surge la cuestión clave: que lo haga otro.

Este reflejo no es casual. El NIMBY no es solo una postura política o administrativa; es, en esencia, una reacción profundamente humana basada en la autoprotección. El problema es cuando esa autoprotección degenera en egoísmo puro, disfrazado de prudencia o de “preocupación por la salud pública”.