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Victoria Fernández Domínguez, Parlamentaria del PSOE / Blogópolis Opinión

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El olor a dama de noche y a jazmín, el crujir del albero bajo los pies, el rumor constante de las chicharras, los gatos paseando entre las piernas y el bocadillo envuelto en papel de plata. Para cualquier cordobés, esta estampa no es una mera postal nostálgica, sino la esencia viva e insustituible de sus noches de estío. Los cines de verano no son solo recintos donde se proyectan películas; son los verdaderos pulmones sociales de una ciudad que, durante los meses más asfixiantes del año, necesita respirar al aire libre, es el gran patio para los que no tenemos casa en la playa, es el lugar dónde la soledad se siente acompañada.

Sin embargo, este espacio cívico, vecinal y cultural se encuentra hoy bajo la grave amenaza de la desaparición, víctima de la especulación inmobiliaria, de una visión mercantilista y cortoplacista que confunde de nuevo el valor con el precio.

Córdoba no es Fuengirola. Y al afirmar esto no hay desdén alguno hacia la respetable localidad malagueña llena de cordobeses, sino la constatación empírica de que cada territorio tiene su propia idiosincrasia y debe defender su propio modelo de desarrollo. La Costa del Sol ha abrazado históricamente un modelo de turismo y ocio de masas, una “cultura a granel” diseñada para el consumo rápido, la homogeneización y la masificación del sol y playa. Córdoba, por el contrario, atesora un modelo de vida fraguado a fuego lento a lo largo de los siglos. Su belleza y su atractivo no residen en la estandarización de las franquicias que asaltan los cascos históricos vaciándolos de alma, sino en la singularidad innegociable de su vida cotidiana, en la pausa de sus patios y en la magia insondable de sus cines de verano: el Delicias, el Fuenseca, el Coliseo San Andrés o el Olimpia.