Mucho, mucho ruido
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España es un país que funciona a base de ruido. El silencio aquí es inusual, incluso incómodo. Es como si la sinapsis entre las neuronas de los españoles no se activara si no es con las ondas del estrépito. Así ha sido desde que tengo uso de razón. Por eso, lo primero que llama la atención cuando entras a un restaurante o a cualquier otro espacio público es que todo el mundo habla a voces. En el parque o en el supermercado, los padres responden con gritos a los gritos de los hijos. En el ascensor, el vecino me habla del tiempo como si nos separaran cuatro o cinco metros de distancia. Y si, en espacios comunes, decidimos renunciar a la comunicación verbal, nos sumergimos en la bronca que, a través la pantalla del móvil, ruge desde las redes sociales.
Un país realmente civilizado es aquel donde se escucha más que se habla, donde los turnos de habla en las conversaciones no se solapan y, sobre todo, donde el nivel de ruido es ínfimo.
Las obras de arte excelsas, los grandes flashes de lucidez científica, las principales ideas filosóficas, surgen del silencio. El silencio es inspirador y nos hace más inteligentes, por eso reina en las bibliotecas y en los museos. Incluso la música más bella necesita de él para su creación. A la algarabía acaso se ha de recurrir para la mera diversión o para la protesta airada. Así activamos nuestro primitivo cerebro reptiliano, con muchos decibelios.
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