Apología del espagueti

Con permiso de Aristóteles Moreno, voy a hacer un 'Análisis Morfo-ilógico'. Es todo un arte nada fácil eso de extrapolar una frase y darle vueltas hasta que encaje en un contexto distinto, pero esa es una de las ventajas de que tu blog se llame 'Cuando me da el punto': copias la idea de un vecino, la vistes de licencia literaria, o de homenaje velado, y... ¡voilà!

"Doparse era común, como inflar las ruedas o llevar agua en los bidones, era parte del trabajo", ha afirmado Lance Armstrong sin despeinarse, casi como sucedía en los siete Tour de Francia que ganó consecutivamente. Leer un titular de tal calibre y tragárselo es justificar la trampa, contribuir a la farsa, razonar con mentiras, admitir el fraude.

Armstrong fue el ciclista modélico que durante años nos hizo creer en la limpieza de sus victorias y la nobleza de sus gestas. Era el mejor, y redondeaba su historia con un cínico toque de superación personal que, una vez descubierta su fullería química, da arcadas. No me cabe duda: si, en lugar del ciclismo, Armstrong hubiera optado por la política, hubiese sido un corrupto.

La política y el ciclismo sostienen en los últimos años un curioso pulso por ser la actividad más sucia y desprestigiada. Los casos de dopaje y corrupción se alternan como titulares habituales en los medios de comunicación sin que nadie ya se sorprenda de las dimensiones del engaño. La Operación Puerto parecía el culmen del cinismo, pero todavía nos quedaba el positivo por filete de buey de Contador o la confesión-justificación de Armstrong. El caso de los ERE parecía la obra maestra de los trapicheos, pero Urdangarín y Bárcenas se han encargado de superarlo.

Mientras se suman ejemplos en ambos lados, se instaura en la sociedad la perversa creencia de que todos son iguales, que sólo es la punta de un iceberg gigantesco cuya magnitud no nos podemos imaginar. Y me niego. Me niego a comulgar con la idea de que no queda un político honrado ni un ciclista limpio. Me niego aceptar que el sistema sea amoral por defecto.

Admitir que la política es intrínsecamente corrupta es admitir que todos somos un poco corruptos. Asumir que para montar en bicicleta hay que doparse es asumir que todos lo haríamos si las circunstancias lo demandaran.

Nunca he trabajado en política, pero doy pedales de vez en cuando y estoy convencido de que hay ciclistas honestos, que se puede ganar el Tour de Francia comiendo espaguetis, bebiendo agua y entrenando mucho. Espero que algún político honrado, que los habrá, también enseñe a los demás la fórmula para servir al pueblo sin que eso implique aprovecharse de él.

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30 de enero de 2013 - 07:19 h