Javi Flores, uno de los nuestros

Javi Flores | PEPE FARRUQO

Le ha tocado protagonizar el papel de líder y no se ha escondido. Ni en el campo ni fuera de él. Y eso que Javier Flores Santacruz (Córdoba, 1986) está como Cary Grant en Con la muerte en los talones. Es un tipo corriente en medio de una situación extraordinaria, un héroe por accidente que regresó al club de su vida fantaseando con un escenario nuevo y se encontró con el de siempre. Pero peor. Ni Hitchcock. Lo que viene ocurriendo últimamente en este bendito club sobrepasa incluso las enrevesadas tramas ideadas por el genio del suspense.

“He venido aquí a ascender con el Córdoba”, dijo al aterrizar de nuevo en su ciudad el jugador en activo que a día de hoy más veces ha defendido la blanquiverde en partidos oficiales. Lo presentaron -en un ejercicio inútil, porque todo el mundo le conocía: era cordobesista desde los 7 años- en un concesionario de coches un tórrido día de verano. Javi sonreía ante las cámaras con la satisfacción del que retorna al hogar con algo parecido al triunfo. Como los emigrantes que vuelven en un buen coche, un capitalito bien amasado y una familia feliz. Le salieron los planes y entendió quizás que era hora de saldar alguna deuda pendiente en casa. Quizá callar alguna boca. Siempre dijo que no, pero sí.

Las lesiones lastraron una carrera que pudo ser de Primera. Solo jugó unos minutos en la máxima categoría, en el Sánchez Pizjuán, con el Elche. Allí le veneran. También pasó por el Getafe, Murcia y Hércules. En Córdoba había vivido todo lo vivible: un descenso, un ascenso, un ERE, pugnas por la propiedad… Se fue con 24 años y volvió con 33. Si creía que ya lo había visto todo, aún le quedaba algo más.

Hace unos días se sentó en la sala de prensa con todos sus compañeros detrás y vino a decir, finamente, que estaban hartos. Llevan dos meses sin cobrar. Seguramente alguno le contaría que en la temporada anterior les ocurrió lo mismo. También, seguramente, alguien le convencería de que todo iba a ser distinto. Le engañaron, obviamente. Como a tantos otros. El caso es que Flores, con total naturalidad y sin aspavientos, dejó claro que querían una solución. Apenas horas después, se encontraron con El Arcángel acordonado por la Guardia Civil. El presidente, Jesús León, fue detenido. El club ha sido intervenido y está bajo administración judicial.

¿Qué hizo Javi? Pues lo que hace un líder: inspirar con el ejemplo. En el partido más venenoso de los últimos tiempos -la visita del Villarrobledo, al que había que ganar sí o sí-, el de Fátima desplegó lo mejor de su repertorio para hacer felices por un rato a esos cordobesistas avergonzados por la imagen que su club -arrastrado al fango del descrédito y al escarnio mediático por la infame gestión de Jesús León- estaba dando.

Flores, después de más de un mes de ausencia por lesión, salió como titular. Agné soñaba con un generador de fútbol de su calibre y no dudó al meterle directamente en el once. Le ovacionaron cuando se le nombró por la megafonía y aún más cuando ofreció una actuación emocionante y efectiva. Una internada suya driblando rivales concluyó con un disparo que rechazó el portero y remachó Juanto Ortuño. Fue el 1-0. El segundo lo firmó él mismo tras pinchar el balón con la bota derecha y rematarlo en caída con la izquierda. Una delicatessen en la semiclandestina Segunda B, que se ve en el canal Footters y poco más. Los gestos técnicos de Flores, situados en el mapa del profesionalismo y con su eco mediático, son de los que suben el caché y provocan llamadas de pretendientes. Pero en Segunda B no pasan de un puñado de retuits y comentarios llamándote “máquina” y “crack”.

Javi Flores irrumpió en Segunda B cuando apenas tenía 19 años. Entonces llamó la atención de Quique Hernández, que dirigía al Córdoba -aunque no duró demasiado en el banquillo- en una categoría de bronce a la que regresaba tras el traumático descenso ante el Valladolid -aquel 3-4 con el campo lleno y lágrimas compartidas-. Escalante le dio la alternativa ya en serio. Con el primer equipo celebró el ascenso a Segunda A logrado en El Alcoraz, ante el Huesca, en 2007 para después convertirse en un referente en la división de plata. Así fue hasta 2011, cuando salió de El Arcángel de mala manera. El público la tomó con él. Hubo episodios desagradables, su ciclo se agotó y le enseñaron la puerta.

Retornó este verano rompiendo un contrato en vigor en una división superior con un Elche en el que era una pieza apreciada. Ya era hora de volver a su casa, aunque esta se caiga a pedazos. El cordobesismo aprecia esos arranques de locura, esos arrebatos pasionales que no encajan con la lógica del negocio. “Este es uno de los nuestros”, dicen.

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