Caballero, la paradoja y el mensaje

Caballero y Uli Dávila en la fiesta de celebración del ascenso a Primera | MADERO CUBERO

Llegó junto a López Silva y Jaime Astrain en la primera remesa de fichajes del recién aterrizado Carlos González, en verano de 2011. Desde entonces, Carlos Caballero (Alcorcón, 1984) ha sido un referente en el Córdoba. Aquí ha vivido casi todo lo que puede experimentar un futbolista: ascensos, descensos, salvaciones angustiosas, lesiones, episodios estrambóticos -su baja durante media temporada por cuestiones burocráticas-, la cesión a un equipo de Grecia y el terremoto permanente en una plantilla en la que vio pasar a cientos de compañeros durante seis temporadas y media. Era el único superviviente del ascenso histórico. El futbolista con más antigüedad. El capitán. El anuncio de su marcha supuso una sorpresa cuando se conoció ayer, minutos antes de que Jesús León explicara al senado cordobesista que la cosa está muy mal, pero que se puede salir adelante. ¿Cómo? Pues, básicamente, dando bajas para conseguir liquidez que permita realizar fichajes. “La baja de Caballero ha sido de mutuo acuerdo”, dijo el presidente. En este sentido, podría interpretarse como el último servicio del jugador al club.

El sábado pasado estaba en la alineación titular del Córdoba luciendo el brazalete de capitán. Mañana estará entrenando con el Fuenlabrada, de Segunda B. Esto es el fútbol. Caballero, que ha sido una pieza interesante para Jorge Romero en la última fase de esta turbulenta campaña, ha entendido que su papel en El Arcángel había terminado. Su contrato de cinco años expiraba el próximo 30 de junio y la salida era un hecho consumado. Ahora, en Fuenlabrada, más cerca de su casa y camino de los 34, firma por dos temporadas. Aún tiene algo que decir. Se va con 160 partidos jugados con la blanquiverde en Primera -un par de apariciones y cinco minutitos en total, pero eso ya es mucho más que lo lograrán otros monstruos que desfilaron por el vestuario-, diez goles anotados y el último de ellos ante el Alcorcón, el club de la ciudad en la que nació. Se le escapó una peineta hacia alguien, en la calentura del momento, y tuvo que pedir disculpas a una afición que siempre le mostró respeto, más allá de rachas mejores o peores. En siete años da tiempo para todo. En la rueda de prensa de despedida agarró por última vez una cajista del Córdoba con el número 21 y las firmas de sus compañeros. El presidente, Jesús González, le dejó testimonio de su “máximo respeto” en la hora del adiós.

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Estuvo en la fiesta del ascenso a Primera, pero no la vivió en el césped de Las Palmas porque unos meses antes su compañero Obiora le había destrozado la rodilla en un entrenamiento. Luego, en la élite, no contaron con él y le enviaron cedido al Veria griego. Volvió a casa con el equipo de nuevo en Segunda, pero un error del club en la tramitación de su ficha le dejó bloqueado en la Federación y no pudo jugar un solo minuto durante toda la primera vuelta. Su cadena de desgracias estuvo salpicada por alegrías de alta intensidad. Sobre todo el primer año, cuando Paco Jémez le rescató después de un año aciago en el Cádiz -igual que a su amigo López Silva- y los puso de nuevo en el escaparate. Fue pieza clave en el play off de ascenso en la 11-12 con Paco y en el de la 15-16 con Oltra. Se marcha pudiendo decir que era titular en el Córdoba, que será ya, para siempre, el equipo que marcó su vida deportiva. En ningún otro jugará más que en El Arcángel, que el sábado pasado le despidió sin saber que se iba para no volver más.

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