Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
Tengo el corazón apesadumbrado, lleno de gravilla, y la mente rara, en una resaca emocional íntima que lo mismo también es colectiva. Sé cuál es la causa: el áspero tornado de desafío ético, jurídico, social, polarizador, informativo y de redes sociales sufrido estos últimos días alrededor de El odio, libro de Luisgé Martín, en Anagrama. El desenlace, por ahora -y parece firme-, es, según lo veo y siento, quizás el menos malo, el único aceptable, el de justicia.
No obstante, intuyo que las cuestiones en torno a El odio, por cómo han sucedido y se han ordenado los acontecimientos, se han embebido y se embeben de enjundia legal y de dolor. Tras conocerse que la editorial suspende sine die la publicación de la obra, Ruth Ortiz ha manifestado “alivio”, aunque ha dicho que “el daño está hecho”, en alusión -deduzco- a que la propia elaboración de un libro centrado en el victimario ya podría constituir el presunto quebrantamiento de condena denunciado por la defensa de Ortiz, la abogada Aurora Genovés, y al hecho de que la violencia vicaria pretende ser infinita y busca previsibles e inimaginables vías para perpetuarse.
Es probable que en la propia creación del libro y en la presentación pública del mismo las cosas se hayan hecho de un modo abocado al abismo. ¿Por qué no se informó a Ruth sobre El odio? ¿Cómo no se envía una copia del texto al juez que recibe la denuncia de la fiscalía cuando hay personas lectoras cualificadas que sí lo recibieron y muestran en fotos un ejemplar? ¿Por qué en el comunicado de la editorial se alude al daño que han podido causar “las informaciones sobre el libro” y se elude afirmar que a lo mejor el propio libro tal y como se ha generado causa dolor a las víctimas? ¿Por qué Luisgé Martín presenta un perfil bajo, qué contará más adelante o cuándo? ¿Por qué si Anagrama apostó por El odio, no litiga en los tribunales para defenderlo y reclamar su publicación, como ejemplo de acciones necesarias contra el fantasma de la censura previa y de la autocensura en sus distintas formas?
0