Arbolé, arbolé
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
Arriba, entre más poetas, libros y discos gloriosos (La leyenda del tiempo, Omega…) que emperejilan el collage para esta publicación del 4 de julio, es relativamente fácil encontrar la fotografía de un poema enmarcado. Su artífice, generosamente y sin pedir licencia, ha tenido a bien colocarlo, de modo “temporal”, sobre el discreto tronco de un naranjo canijo en la cordobesa plaza de Las Tendillas, la misma en que Ginés Liébana defendió y salvó a su centenaria encina.
Alguien, Enrique Adamuz Ruiz, @enriqueadam_ en Instagram, instaló el poema y nadie lo ha quitado. Bastante o mucha, mucha gente lo hemos leído. Y el mundo es mejor gracias a un gesto que nos hace topar con la palabra poética. Arbolé, arbolé, suena entre las hojas. Arbolé, arbolé, repite el viento del horno de las noches. En el paraíso debían estar ya esos árboles de poesía. Tan antiguos, tan parecidos al resto, tan raros. Tan de Federico, Camarón y Morente. Tan de Pizarnik, Rosalía (la catalana y la gallega), de Carlos Cano y Silvia Pérez Cruz.
El poema, así ofrecido como objeto público de primera necesidad, con sus notas (la rosa explicativa y la verde ácido desvelando autoría) más la sorprendente punzada de la comunicación poética, me ha salvado el paseo repetitivo, en círculos, de otra tarde calcinante de rebajas y escalas en las tiendas climatizadas, frescas. Situarse en la puerta de grandes espacios comerciales es abanicarse pasivamente, como Marilyn en la memorable escena. Libar, en cambio, de un poema espontáneo en plena urbe abre el apetito y dan ganas dan de visitar librerías, bibliotecas y la estantería de la propia casa, que allí esperan, pacientes, Vallejo, Vitale, Vilariño, S. Portero, Mistral, Gil de Biedma, Wiener, Obrero, Rey, Adón, Chivite… Pero los versos dejan su poso y estos del árbol hablan de cómo pueden llamar a nuestra puerta, más de una vez, relaciones con incendios en las manos. Estos versos iluminan como luciérnagas: son una Cosmopoética originaria, molecular, gerrminal, de sustrato que se enreda en Góngora, Grupo Cántico, Álvarez Ortega, Castro, Sanabria, Sánchez, Rosal, López Andrada.
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