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Sobre este blog

Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

Malas buenísimas

Ana Fernández

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Sobre este blog

Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.

De mala en mala y tiro porque me toca. “Clac, clac, clac”, suena el dado.

Todavía literariamente borracha de zambullirme en los corazones fieros, tiernos, maternales de las mujeres trans de Las Malas, de Camila Sosa, me hallo hambrienta de más palabras escritas por otras malas buenísimas como Alana S. Portero y Elena Medel. 

Aterrizo en la casilla 1. La novela de la escritora, dramaturga, poeta, guionista Alana S. Portero La mala costumbre me dejó esa sensación de plenitud estética y corazón esponjado que cuando la descubres no quieres otra cosa que libros que te vuelen la cabeza y te lleguen hondo al pecho; que arrastran, en fin, a la placentera resaca que causa abusar de la literatura.