Ser y cuerpo
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
Podrán decir misa, tacharme de materialista, desatar vientos de arena y ceniza sobre mis atrevidos labios, siempre aficionados a la idea súbita y despeinada que pasa por alto filosofías, teologías y demás. Así, sostengo y firmemente creo que la clave de la existencia humana gira y girará en torno al cuerpo, ampliamente considerado. El cuerpo mueve el mundo, los mercados, las religiones, los eventos deportivos, los festivales, las revoluciones, las guerras, la industria alimentaria, las toneladas de fertilizantes, los metros cuadrados a millón de lo inmobiliario, el dividendo de IKEA e Inditex, la factura del aire acondicionado, los mares de bebidas energéticas, las tarjetas sanitarias, los desabastecimientos de Ozempic.
Oh, el cuerpo, que puede estar sano y joven, ser armónico y bello, normativo y despampanante, y, a pesar de todo, traernos a maltraer. No es como el alma, amasada de espíritu o flato celeste y angélico, que se hace con ella cualquier cosa magnífica: migrarla, sanarla, afirmar que sobrevive a los universos de tiempo y su cada nuevo recomenzar; sino que, al cuerpo, en cambio, es preciso alimentarlo, cuidarlo en su salud (el hardware y el software, chicha y mente), vestirlo, ejercitarlo, descansarlo, nutrirlo en su apetito de comida y horas de sueño, en su dimensión sexual, física, motivacional. Activarlo, también, en su función reproductiva, pues las personas no nacen en naves industriales gestantes. Mientras tanto, las élites mundiales, normalmente bastante irracionales e injustas, no acaban de gestionar con amorosa humanidad el cuerpo y lo demográfico y, menos aún, los derechos humanos, de cuya violación alertan cuerpos masacrados, torturados, heridos, desaparecidos, discriminados, explotados, mermados, contaminados, intoxicados, por distintas y seculares violencias.
No me explico la razón de no otorgar su esencial sitio al cuerpo: que si importan más la mente, la capacidad de pensar y razonar; que si el espíritu y las almas residenciados en lo ignoto; que si el más allá. ¡Alto aquí! Repasaré lo escrito arriba. Es lógico que como animales racionales concedamos al pensamiento su pedestal, a pesar de que cuanto se piensa y se promete acaba demasiadas veces en el reino de lo inacabado, lo frustrado, lo desnaturalizado, lo cínicamente pervertido, lo descafeinado de sus ambiciosas intenciones. Sin embargo, tanto esfuerzo en desviar la más inteligente, profunda y siempre actualizada atención al cuerpo levanta sospechas.
0