El pelo de Dolly Parton
Sobre este blog
Crecí en los 70 bajo la influencia de la Señorita Pepis, un set de maquillaje para niñas del que arranca un amor interminable por el rojo de labios y el khol enmarcando la mirada. Las tendencias y la moda, la cosmética y el sublime arte del perfume me interesan con una pasión que solamente los adictos sabemos reconocer. Y sí, somos cientos de miles de personas -por cierto, muy distintas en edad y características sociales- para quienes la moda es una motivación, un bálsamo, un acicate, un exquisito pasatiempo. Ahora que Internet y las redes sociales han incendiado el mundo con la revolución fashionista, por qué no echar más leña al fuego desde las páginas de CORDÓPOLIS.
La rubia superlativa de la música country ha ascendido a los cielos en sus alas de mariposa. Dolly Parton se transmuta en leyenda y seguirá viva a través de su Jolene, que, estos días, escucho en bucle, interpretada por ella o en la potente versión de su ahijada artística Miley Cyrus en The Backyard Sessions; porque esa inteligencia emocional de tratar a otra mujer, la Jolene rival en el amor, como a alguien que escuchará, y nunca como enemiga, tenía y tiene su punto: a lo mejor eso que reconocemos como sororidad, solidaridad femenina, de ser, en verdad, hermanas.
Me pasé media vida cruzándome con retazos de las canciones de la genial chica de Tennessee que creció en una cabaña humildísima donde fue testigo de la sacrificada vida de su madre, que parió y crió a doce vástagos; bastantes años guardando en la memoria esos estribillos grabados a fuego en el tesoro de la cultura popular, y diciéndome a mí misma lo extraordinaria que era esta mujer excesiva, por el pelazo, los tacones, la ropa, la figura…, hasta que, en su momento, es decir, hace poco, se me ha revelado lo que, para mí, que soy ya la adulta, la madura, representa Dolly Parton.
Puesto que exageración es elección, y muchas veces es rebeldía y libertad, lo superlativo en Dolly Parton constituye un modo de comunicar al mundo que es una misma, unx mismx, quien decide esculpirse, narrarse, mostrarse al resto y al tiempo histórico, a su libérrima manera, yéndose hacia los márgenes al cabalgar sobre sus propias hipérboles.
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