Cine y pornografía

Hace un par de días pude volver a disfrutar con la perturbadora Boogie Nights, de Paul Thomas Anderson, y desde entonces no he dejado de pensar en este segmento de la producción cinematográfica que convierte el sexo en su bandera. Cuando la Red hizo su aparición (y antes la televisión, y el vídeo), más de un cenizo cantó la muerte del cine como evento próximo e irremediable. Los años van pasando, y aunque degradado a multiplex con sonido Dolby Surround a todo volumen (así no se escucha el crujir de las palomitas), el celuloide sobrevive. El porno (ya está dicho) es otra historia y la irrupción de las nuevas tecnologías se ha hecho sentir como una auténtica revolución. La mayoría de las salas especializadas han cerrado y lo que antes era un espectáculo público ha devenido materia de privada fruición.

Desde luego que este tipo de películas no reclaman la identificación afectiva ni el distanciamiento crítico, sino la excitación del espectador. Es un cine destinado a la bragueta, no a la cabeza, y sólo en la medida en que se logra una reacción del cuerpo (no de la mente) puede considerarse cumplida su finalidad, algo total y absolutamente subjetivo, invalorable según criterios racionales (como el arte que intenta impactar los sentidos obviando el intelecto, que también lo hay). El hecho (indiscutible, creedme) de que la observación de unos profesionales ejecutando con pericia y agilidad de atletas la mecánica genital puede enseñar nuevas formas de abordar algo que desgraciadamente suele convertirse en una materia anodina es una cosa, y otra muy distinta es preguntarse si el cine pornográfico podría apelar a la satisfacción de la emoción artística y hasta estética, que no son incompatibles. Raras veces lo ha hecho. Ahora mismo me viene a la cabeza ese prodigio de erotismo vacuo que no me sirvió ni para el onanismo más desganado que fue Nueve Canciones, de Michael Winterbottom (película de las llamadas "polémicas", que quiere decir que a unos les gusta y a otros no, como todas). Eso sí, no pondría yo en duda que la cultura, para algunos, pueda entrar por la entreabierta braga.

Y afortunadamente llega el final de esta frustrada entrada. Recordad, como hace poco hacía un amigo mío millonario quejándose de la subida del IVA, que casi todo lo que hace feliz no desgrava, pero siempre queda el consuelo de comportarse como buenos ciudadanos. No sigo escribiendo porque comenzará a crecerme la nariz.

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13 de octubre de 2012 - 04:11 h