Homenajes

Hace doscientos años, seguramente Recuerdos me habría gustado.  Más que anoche, desde luego. Por 1780 reinaban en Europa las doctrinas del Neoclasicismo, y en ese credo rígido la imitación de los maestros clásicos no era un desdoro sino un modo de gloria.

Desde el Romanticismo, importa más al lector, al observador de un cuadro o el que ahora va al cine (si, aún hay gente que acude a las salas, mal que le pese a alguno), la sorpresa de un mundo original, la trama no trillada, una voz personal. Por eso ha desaparecido del mapa de la historia de las artes modernas el concepto de variación, enmienda, refundición, imitación (que no copia), que para los antiguos suponía acicate y no servilismo.

Por lo tanto, en 1980, y todavía hoy, sentó muy mal que un artista de crédito y de público fijo como Woody Allen escogiera el noble ejercicio de la imitación artística para hacer obra propia. Los críticos cinematográficos son en ocasiones inmisericordes, y se emplean a fondo con las más o menos justificadas invectivas. Yo, por mi parte, que hoy me siento particularmente generoso, y en un alarde de sobrehumana magnanimidad, no le niego nada a nadie, y mucho menos a un cineasta tan brillante como es Allen, el derecho a sentirse italiano, aunque sea, como hubiese dicho ese impostor llamado Warhol, por veinticuatro horas.

21 de marzo de 2015

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