Remakes

Anoche, parcialmente dimitido del mundo de la vigilia, me encuentro en mi grabador programable El beso de la pantera. Con la alegría de la aventura en el corazón descubro que no es la original de 1952, sino la que treinta años después dirigió Paul Schrader. Otra prueba más de que los guionistas modernos vuelven a recurrir a los clásicos. Los trepas sin talento plagian sin testimoniar las referencias, los cinéfilos han renunciado a la sorpresa y no hay mucho más en estos tiempos de optimismo algo alicaído. No sé si todo esto responde a la sequía imaginativa, a la impotencia o a las siempre mimosas operaciones de marketing. La verdadera poesía, el terror inquietante, el reverso tenebroso de Jacques Torneur estaban al servicio de un presupuesto reducido en la primitiva La mujer pantera. Una obra redonda.

Paul Schrader es un moderno con talento, con personalidad y con estilo. Testigo dolorido en guión y en realización de mundos desquiciados (Yakuza, Taxi Driver, Blue Collar o Hardcore son prueba de ello), también es un autor profundamente místico, atractivamente retorcido y afortunadamente nada liberado. Esa neurosis le capacita para ser más fértil que cualquier compañero generacional, que cualquier asalariado en posesión de estabilidad emocional. 

No es casual que se haya sentido fascinado por hacer el remake de una historia que navega entre lo irracional y lo ambiguo, entre la extrañeza ante el propio yo y los deseos de felicidad irrealizables, entre la condición involuntariamente marginada y los amores imposibles. Perezosamente introduce personajes nuevos respecto al original para enriquecer la historia. También una molesta voluntad explicativa tratando de justificar una ficción tenebrosa. El lenguaje irrenunciablemente sigue siendo estilizado, la cámara vuela con elegancia cuando se tiene que elevar, la grúa nos permite tener más elementos de juicio, los decorados consiguen que el clima nos envuelva y el rostro de la hermosa Natassja Kinski exige que la protejamos contra sí misma y contra el mundo.

Sobra el efectismo sanguinolento (insólito en un maestro de la elipsis como Schrader), la copia descarada de secuencias decisivas del original (como la persecución en la piscina) y la interpretación grotesca de un supuesto actor que se hace llamar Malcolm McDowell. A pesar de la decepción parcial que uno siente la primera vez que la ve, la película resulta turbadora. El plano final confirma que la anormalidad va a seguir viva y que el amor puede sobrevivir en la jaula.

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13 de diciembre de 2014 - 05:26 h