True detective

Existe un malentendido en el sorprendente éxito comercial de True detective. Todo en esta prodigiosa serie provoca desasosiego, no hace concesiones al gusto del espectador convencional, su atmósfera, eso tan difícil de conseguir, es lúgubre en muchos casos y abierta y luminosa en otros, y con ella logra huir del efectismo, prefiriendo sugerir a mostrar. No puedo hablar del desenlace, que veré esta noche sujetando la temblorosa mano de esa maravillosa mujer con quien comparto la vida, pero imagino que será amargo y atroz. El padre de la criatura, Nic Pizzolatto, consigue que su terrible violencia interna y externa nunca sea exhibicionista. Aunque dispongan de precedentes y claves no creo que sea fácil para los ordenadores y las computadoras cerebrales que reinan en Hollywood diseñar y realizar películas que rompan las taquillas y colmen las exigencias de la mayoría del público. Para eso está la HBO. Resulta diáfano que esta serie de ocho episodios sea auténtico cine de autor en el sentido más arriesgado del concepto, que está enemistada secuencia a secuencia con las posibles demandas del mercado. Bienvenido sea su triunfo si además sirve para que su poderoso e inquietante creador (que también participó en los guiones de The killing) pueda seguir produciendo un arte tan raro y perturbador como éste.

Ya nos había avisado Pizzolatto que siente irresistible vocación por el clima enrarecido, la angustia como motor existencial y los ambientes de pesadilla. El morboso guión que puso en manos del director Cary Fukunaga permitió describir minuciosamente el descenso a los infiernos y el descubrimiento de un horror distinto al que dibujó Conrad, que no se desarrolla en un río africano ni en la jungla vietnamita sino a lo largo de la planicie costera del sur de Luisiana. Aquí no hay recolectores de marfil ni militares con corazones de hierro, sino un psicópata aterradoramente cruel, infinitamente tortuoso, sádicamente imaginativo, implacablemente moralista y eficazmente diabólico que pretende redimir el universo torturando y asesinando a víctimas de lo que él considera una representación de la bajeza de la sociedad.

Uno puede tener la tentación de pensar que el rebuscado estilo visual de True detective y su tenebroso argumento son deudores del inteligente saqueo al que han sido sometidos títulos como Seven o El silencio de los corderos. El terror psicológico que inspira el monstruo (desconocido aún para mi) y la fascinación que ejerce sobre sus perseguidores tiene mucho que ver con el John Doe de la película de Fincher o con el deslumbrante, retorcido, lírico y magnético caníbal de Jonathan Demme. Hueles el mal y la soledad de los habitantes de las madrigueras convertidas en prostíbulos en mitad del bosque, la contaminación física y moral de las zonas del mercadeo de narcóticos, el fatalismo de los que no tienen nada que perder, la resignación desesperada de quienes no controlan las riendas de sus vidas. 

Todos los elementos funcionan modélicamente para dejar por los suelos el estado de ánimo del abrumado espectador. La preciosista fotografía y la dirección de arte de Alex DiGerlando revelan un trabajo y un mimo comparable al de una historia de John Connolly. El contrapunto entre la soledad de ese turbio y rebelde policía que distrae su insomnio disertando sobre la condición humana y la tensa relación que mantienen su supuestamente ejemplar compañero de fatigas con su desconfiada esposa está admirablemente descrito en las turbias e inteligentes páginas de Pizzolatto. Las escenas de acción y persecución (preparad los marcapasos para la visita a los supermercados de la droga) no funcionan como un pegote comercial y están magistralmente rodadas. Incluso puede que los productores se arriesguen a permitir que la historia tenga el siniestro final que espero. Woody Harrelson está sobrio y sugerente en su papel de poli aparentemente convencional, pero es Matthew McConaughey el que se lleva la palma, el que rompe la membrana del bien y del mal con un una interpretación que va más allá de lo que podría haber imaginado jamás en lo que antes creí era un supuesto actor. 

Las imágenes de True detective pervivirán en mi memoria durante mucho tiempo. Ésa es la prueba indeleble de su fuerza, de su imán, de su angustia, de su horror.

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21 de marzo de 2015 - 05:53 h