Falso culpable

Falso culpable fue realizada por Alfred Hitchcock a finales de 1956, en medio de una de sus etapas de mayor fertilidad imaginativa, con el antecedente inmediato de La ventana indiscreta y El hombre que sabía demasiado y el consecuente de Vértigo y Psicosis. En el centro de este alarde fabulador sorprende que la naturaleza de la película sea estrictamente documental, es decir, una antifabulación, ya que el filme narra un hecho verídico (el caso de un músico del newyorkino Storke Club llamado Christopher Balestrero) que fue rodado en los mismos lugares donde los hechos ocurrieron y sobre un guión de Maxwell Anderson y Angus MacPhail que se atuvo escrupulosamente a lo sucedido. El propio Hitchcock advierte en la presentación de la película que renuncia, contra su costumbre, a jugar con ella, como si un intenso pudor le impidiese entrometer su oscuro humor en algo que la realidad había inventado previamente.

De ahí proviene la miopía que la visión de Falso culpable provocó en inminentes exegetas de la obra del director, François Truffaut y Robin Wood incluidos. A este último le entusiasmó la parte de Falso Culpable que gravita sobre Henry Fonda y se sintió decepcionado por el revés de esta parte, la que gravita sobre Vera Miles, que es precisamente el taladro por donde la película penetra hacia sus profundidades, que hay que contar entre las más radicales de cuantas Hitchcock explotó en su vasta obra. Con Los pájaros, es Falso culpable la película más subversiva de este atemorizado y terrible indagador de las sombras incómodas de la parte confortable de nuestro tiempo.

Se le reprochó al director no haber hecho ficción en su exposición de este suceso. Un reproche como los de una madre, pues el filme, por real que fuese su anécdota, es una de las ficciones más poderosas que manejó este mago de la narración. Una ficción es más que la elaboración de una historia con anécdotas de propio cuño: es ante y sobre todo una manera de mirar un suceso real o irreal, con mirada propia, penetrar subjetivamente en una agresión de la objetividad. Y en Falso culpable la ficción reside en la mirada de su autor, generadora de una de las parábolas (otra forma de ficción más vieja que el sol y que la tierra) más dolorosas que ha elaborado el cine sobre la vida contemporánea.

Toda pesadilla también es una ficción, en rigor la ficción por autonomasia, y Falso culpable es la construcción, con mecanismos expresivos de alta y nobilísima precisión, de una pesadilla: una pesadilla de la realidad en la que, como desoladora excrecencia, se revela la naturaleza oculta de esa misma realidad. Como Kafka, Hitchcock empleó en Falso culpable el cine como arma de conocimiento casi de orden metafísico y, armado de cine, desentrañó las marañas que revelan la condición inaceptable de lo comúnmente aceptado. Ése es el fondo subversivo de este filme de oscuras raíces, procedentes tal vez de una religiosidad indignada, el antiguo sentimiento del temor humano al acecho, hacia afuera, hacia las aceras amenazantes, en busca de las huellas de la cara malvada de un dios que gobierna tanto el azar como la necesidad.

Falso culpable es la representación de un bestial rito de sacrificio y violencia civilizada. Un hombre es acusado de un delito. Esta acusación le arrastra a una cadena de hechos cotidianos que ocurren en forma innumerable cada día: detención, interrogatorio, acusación, fichaje, esposamiento, procesamiento, encarcelamiento y enjuiciamiento. Esta cadena, vista a través de un genio llamado Alfred Hitchcock, se revela como una atrocidad de proporciones incalculables, en la que lo insólito está incrustado en lo común y lo tolerable en lo tolerado. Una atrocidad cuyo horror se origina en su embustero nombre: la ley.

El abogado defensor, el juez, el fiscal, el testigo, el buen policía, el psiquiatra, son partes sustanciales de este atroz encadenamiento en el que el azar se convierte en necesidad y el destino en fatalidad. Nada de nuestra orgullosa civilización queda en pie tras el paseo de la mirada de Hitchcock por el ritual cotidiano de la llamada administración de justicia, un remedio infinitamente peor que lo remediado por él. De ahí a condición subversiva de este filme, uno de los más duros de su autor y desde luego en una de las más brillantes transferencias dramáticas que cabe imaginar en un dúo de actores de genio, el más intimista de cuantos hizo.

Magistralmente compuesto (un ejercicio de virtuosismo en el difícil empleo del plano medio, ese que convierte al abismo del primer plano en un infierno compartido o en una relación abismal), Falso culpable es una película descorazonadora cuya durísima verdad nunca le fue perdonada a Hitchcock. Ni siquiera por los que tanto lo amaron.

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11 de octubre de 2014 - 12:14 h