Cuando Harry encontró a Sally

Puede que el mundo se divida entre los que consideran que Ingrid Bergman se debería haber quedado con Humphrey Bogart en Casablanca y los que aceptan que se vaya con el marido en ese seguro avión. O quizá se divida entre los que creen que un hombre y una mujer pueden ser sólo amigos y los que consideran que en esas relaciones siempre se cuela, para bien o para mal, el sexo. En fin, trivialidades sin importancia que no sirven para más empresa que para hacer una película divertida. Cuando Harry encontró a Sally lo es, no porque tengan ninguna gracia esas minucias entre seres humanos, sino porque es película americana, de las aceptables. Si esta historia cae en manos de, por ejemplo, un director de cine alemán, uno no hubiera encontrado en ella más chistes que el agua corriente. Es algo que el cine americano ha hecho desde siempre, aunque muchos empezaran a descubrirlo con La guerra de los Rose: no hay nada tan efectivo como inyectarle comedia al drama o a la tragedia. Sacarle el chiste a Otello, que también lo tiene.

Cuando Harry encontró a Sally es una comedia divertida, a pesar de que en el fondo habla de aspectos de las personas que no lo son en absoluto. Harry es un hombre peculiar, que traduce a frases ingeniosas los pinchazos de la vida, que le gustan las mujeres en general y desconfía de las mujeres en particular, que se siente vulnerable y que es capaz de elaborar teorías que se desmigajan al instante. Sally es una mujer encantadora y testaruda, con un par de problemas que cree únicos y con un espíritu batallador que le impide reírle una sola de las gracias que Harry cocina para ella. Son amigos por casualidad y casi por casualidad dejarán de serlo. Ambos están lo suficientemente solos para tener algo que contarse y lo justamente cerca para servir de ejemplo a la cuestión sin respuesta: ¿pueden o no ser sólo amigos un hombre y una mujer?

Es una película llena de secuencias, hecha a trozos de imagen y de diálogo, todos ágiles, y cada uno de ellos con el fin de añadir algo a la personalidad de los protagonistas y a la cabeza del espectador. Harry y Sally son pura conversación, y en ella los suele pillar siempre la cámara, que no tiene mayor cometido en la película de ser testigo de lo que ellos dicen.

De entre todas las secuencias (y las hay muy ingeniosas), se puede mencionar una que es merecedora de figurar en cualquier antología de momentos grandes del cine: uno frente a otro en un restaurante discuten discretamente sobre la infalibilidad de un hombre (él) en la, digamos, felicidad sexual de una mujer (ella) y sobre la capacidad de disimulo de una mujer (ella) en tales situaciones. Pues entre el que sí, el que no, Sally despliega su catálogo de gemidos, cada vez de mayor intensidad, y mientras que todo el mundo la mira sospechosamente Harry no encuentra sitio donde meterse y una de las clientes pide "el mismo plato que la señorita".

Gran parte del éxito de la película se debe a sus intérpretes, Billy Cristal (a quien un profesor bastante estúpido que tuve no paraba de colgarle todos los insultos que se le ocurrían justo detrás de la gafas, más o menos donde suele estar la cabeza) borda su arrugado papel, incluso se saca de su cara de chiste una de las declaraciones de amor más bellas que he escuchado en toda mi vida. Woody Allen a la salida de psiquiatra, un poco así es el personaje que deja en la pantalla Billy Cristal. Y ella, Meg Ryan, antes de empezar a coquetear con el hermano zumbado de Victor Frankenstein, es aún mejor: Sally antipática, Sally presumida, Sally simpática, Sally solitaria, Sally feliz, Sally problemas, Sally que te den morcilla, Sally amorosa… Y todas, desde casi el mismo gesto, ese dudoso que suelen llevar en la cara los que creen que saben algo que los demás ignoran.

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8 de noviembre de 2014 - 06:58 h