El show de Truman

Una obra como El show de Truman habría que verla en el mismo estado de candidez rousseauniana que define a su protagonista. Pero el espectador actual, que hace mucho que perdió la inocencia, contempla esta maravillosa película con tal caudal de información previa sobre la extraordinaria vida de Truman Burbank, que se sitúa inevitablemente en el mismo punto de observación pornográfica que las cámaras ocultas de la sitcom que da hombre a este visionario filme.

De alguna manera, ése es el lugar exacto en que Peter Weir desea colocar al público, porque, antes que de una sátira sobre la impudicia feroz de los mass media, El show de Truman habla de la mezquina crueldad de la mirada del espectador. Es la avidez vouyerística de millones de vidas necesitadas de saciar su vacío devorando vidas ajenas, la primera y última causante de la kafkiana condición del protagonista como hombre insecto criado para la disección de la entomología catódica. Los espectadores del show (y de la película, que no por casualidad se llama igual), devenimos una especie de aquellos ultracuerpos de Don Siegel dispuestos a invadir y asimilar la vida de Truman para alimentar la nuestra. No en vano, a medida que el protagonista accede paulatinamente a La Verdad, su historia se convierte en una pesadilla claustrofóbica de paranoia idéntica a la de los personajes de La invasión de los ladrones de cuerpos, con esa apacible comunidad cuyos vecinos (genial el detalle del perrito doméstico transmutado más tarde en salvaje rastreador) se metamorfosean en monstruos sanguinarios a la caza del que es distinto.

Y es que muy de vez en cuando, se da el milagro de que a un guionista de raza se le ocurre un argumento insólito, éste a su vez cae en manos de un director de altura y así los espectadores podemos disfrutar de lo nunca visto y oído. Y todo ello a pesar de la participación en la película de ese supuesto actor e infame sujeto llamado Jim Carrey. 

Una vez más, Peter Weir propone su querida parábola cargada de consideraciones metafísicas sobre el enfrentamiento de la singularidad (los aborígenes de La última ola, el inventor de La costa de los mosquitos, los alumnos de El club de los poetas muertos, el alucinado mesías de Sin miedo a la vida) contra el magma indistinto y castrador de una sociedad que persigue (y sólo permite) lo homogéneo. Y los robustos tentáculos de esta inteligente fábula abrazan, en su vasta capacidad de sugerencia, otros choques metafóricos de similar naturaleza como los que se dan entre apariencia y realidad, personaje y autor, hijo y padre y, por supuesto, Hombre y Dios.

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28 de febrero de 2015 - 10:11 h