El protegido

Con el infame Bruce Willis como protagonista cualquier película corre el serio peligro de ser rápidamente etiquetada como un simple y previsible producto de usar y tirar. No en vano, y desde que protagonizara la entretenida Jungla de Cristal (en 1988, ya ha llovido), la carrera profesional de este supuesto actor ha estado marcada (haciendo, naturalmente, las necesarias salvedades), por el sello de la más flagrante superficialidad. De ahí que un filme como El protegido, firmado por el realizador de origen indio M. Night Shyamalan, que se encuentra a años luz de esos estereotipos cinematográficos y que persigue por tanto unos objetivos artísticos y una profundidad en la historia infinitamente más sustanciales que los de, pongamos por caso, El último Boy Scout, pueda aparecer a los ojos de muchos espectadores simplemente como otro de los engendros que han contribuido a difundir el nombre de la popular estrella.

El protegido es, por el contrario, y a pesar de las limitaciones de su protagonista, una película cargada de intenciones, inquietante, compleja, viva, y de una espesura poco habitual en el cine norteamericano contemporáneo (circunstancia que, por otra parte, no supuso ningún obstáculo a la hora de llevar al gran público masivamente a las salas). Un filme que, pese a transitar por un terreno a menudo resbaladizo, logra excitar continuamente nuestra curiosidad (ése es su gran mérito), sin necesidad de emplear para ello trillados recursos visuales ni truculentas estrategias argumentales que tanto proliferan en el género fantástico. Al igual que en El sexto sentido, película que desveló el insólito y por lo que parece limitado talento de Shyamalan como director y guionista (si tenemos en cuenta lo visto con posterioridad), las imprevisibles posibilidades dramáticas de un intérprete de tan escasos registros como Bruce Willis no hizo que El protegido dejara de proponernos un extraño y fascinante juego de apariencias cuyas peculiares reglas aconsejaron una actitud de constante complicidad (que no de complacencia) por parte del espectador bajo pena de extraviarse en esa envolvente estructura laberíntica que cubre toda la película y que, además, le aporta su más original e interesante aliciente intelectual. Por eso, y por el riguroso sentido de la puesta en escena que demuestra en cada momento su director, recomiendo un segundo e incluso y un tercer visionado del filme. Posiblemente así se llegará hasta el fondo de este bello y magnético galimatías visual.

No es fácil, sobre todo para quien está habituado a ver el cine bajo los esquemas narrativos del relato tradicional, ver esta película de tono eminentemente atmosférico y no experimentar cierta sensación de extrañeza, de perplejidad por el tono invariablemente enigmático que destila la historia, pero cuando entras en ella, cuando te dejas capturar por su incuestionable magnetismo, caes inmediatamente en la cuenta de que estás contemplando un portentoso ejercicio de creación visual del que, no tanto ahora, sino dentro veinte años, se hablará como una de las expresiones artísticas más depuradas de este balbuceante y hasta ahora desperdiciado tercer milenio cinematográfico.

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4 de octubre de 2014 - 02:10 h
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