Kiss incendia la plaza de toros (literalmente)

Concierto de Kiss en Córdoba | MADERO CUBERO

A la 1:00 de la madrugada en punto, cuando aún retumbaba en la plaza de toros el último acorde distorsionado de Rock and Rock all Nite, Ciudad Jardín estaba entre tinieblas y papelillos que revoloteaban. Unos minutos antes, la plaza de toros de Córdoba había sido incendiada, literalmente, por un espectáculo visual y musical inaudito en la ciudad. Los fuegos artificiales, las explosiones y miles de pequeños trocitos de papel lanzados con furia al cielo cordobés habían sido el colofón al concierto de una de esas pocas bandas legendarias que todavía giran por el mundo sin playback, sin ayudas, sin sillas de ruedas o espectáculos forzados. Después de 45 años de carrera, Kiss siguen siendo auténticos. Un espectáculo de verdad. Música en directo rodeada de explosiones, de guitarristas volando por los aires y espadas de fuego. El glam metal. O el capitalismo heavy. O Kiss. Da igual.

Kiss llegó a Córdoba con una gran expectación. La banda estadounidense con más discos de oro (sí, tienen cifras que asustan) aterrizó en la ciudad califal un extraño 12 de julio sin calor, con viento. El calor del fuego que cada dos por tres rugía sobre el escenario incluso se llegaba a agradecer cada vez que se propagaba sobre una plaza de toros entregada. Y llena.

https://youtu.be/1EJmWKZPgU0

El gigantesco escenario que monta Kiss era más grande que la propia plaza de toros (que no es pequeña, precisamente). Sus dimensiones han obligado a vender muchas menos entradas de las habituales, unas 7.000, que no se agotaron. Algunos despistados buscaban sin éxito entradas sin vender en las taquillas pero el presupuesto no les llegaba. Fail. Podrían escuchar a Kiss desde fuera (o prácticamente desde cualquier punto de la ciudad), pero se quedarían sin ver un espectáculo único, hipnótico, que en sus casi dos horas de show (siendo generosos) hacía que los fans no se movieran de donde estaban, que se penalizara ir a por una cerveza o al servicio con perderse algo, una explosión, un músico volando por los aires, una guitarra escupiendo fuegos artificiales o un hitazo.

Y es que Kiss tiene tres o cuatro himnos de la música, del heavy, que tronaron en Córdoba a pesar de que el carismático Paul Stanley, sobre sus gigantescas plataformas, parece que no llegó con la mejor de sus voces. Sus agudos a veces se quedaron cortos. Pero a los fans que lo vieron volar durante Love Gun no les importó. Stanley se atrevió, poco, con el castellano, no dejó de invocar al público cordobés y hasta de afirmar que se trataba del mejor al que jamás se había dirigido (eso se lo dirá a todos).

Kiss arrancó con retraso. Pero no defraudó. A las 23:20, la voz grave de Gene Simmons, que a sus casi 70 años sigue teniendo más carisma que el diablo, derritió a un público que deseaba que cayese un gigantesco telón con ese Kiss con esa doble ese tan provocadora (ah, aquellos años setenta en los que se hacían guiños humorísticos a los nazis). Los cuatro músicos bajaban del cielo de Córdoba mientras el público aplaudía enfervorecido en el inicio de un espectáculo que no defraudó.

Los neoyorkinos llevan 45 años juntos (al menos Stanley y Simmons) con las caras pintadas, dando miedo incluso a los niños, subidos en plataformas y rompiendo guitarras eléctricas. Pero rugen como el primer día. O al menos lo parece. Y son auténticos. Una verdadera War Machine (are you ready to rock, Paul?) en forma de banda de música que mantiene una increíble dignidad sobre las tablas, una especie de Rollings del heavy o el rock duro, que obliga a su público a estar pendiente por si este va a ser el último concierto que vean.

El último o no, está claro que el del 12 de julio será un concierto recordado en la ciudad. Los que estuvieron dentro disfrutaron (o se cagaron) con un Simmons vomitando sangre y saboreándola con una lengua satánica y larguísima que daba vueltas sobre el micrófono. Con Tommy Thayer disparando fuegos artificiales durante su solo de guitarra en Shock me. O con un Paul Stanley dándolo todo en la mítica I was made for lovin you (muy ayudado por el público), una añorada Black diamond o el temazo de Kiss, Detroit rock city.

Pero también lo recordarán esos vecinos que de repente vieron una plaza de toros en llamas, unos fuegos artificiales que coronaban Ciudad Jardín, unas explosiones que iban y venían, y un rugido de un público que se fue más que satisfecho. Hoy por hoy sigue mereciendo la pena ver a Kiss. Un espectáculo legendario.

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