Los paraguas del revés: el verdadero 'Plan P' de la Cabalgata de Reyes

Cabalgata de Reyes de 2018 | ÁLEX GALLEGOS

Al final no hizo falta Plan B para la Cabalgata de Reyes de Córdoba, sino Plan P. Este salto en el alfabeto se debió a una serie de carambolas meteorológicas que terminaron retrasando a las últimas horas del día un frente de chubascos que se avecinaba este viernes. Una demora que supuso el tiempo justo para frenar el aguacero que muchos temían y otros aseguraban. Un respiro que dio un respiro a los organizadores y la luz verde para que la comitiva avanzase. ¿Y por qué Plan P? Sencillo, por los (P)araguas que todo el mundo llevó y que se terminaron usando, sobre todo, para recoger caramelos del cielo.

Resuelto el problemilla del tiempo -que además del evidente interés público, nos terminó sirviendo de ansiado semillero de noticias a los medios y arsenal de proyectiles políticos para parte de la oposición municipal- la cuestión era que la Cabalgata se desarrollase con normalidad. Y así ha sido. Aunque más de uno no dejó de mirar al cielo de reojo y gruñendo, entre dientes, algún improperio a las nubes.

El asomo de lluvia que mojó las calles de Córdoba poco antes de las 16:00 mosqueó -y mucho- a los organizadores de la marcha regia. Pero aguantaron la respiración, apretaron las cinco toneladas de caramelos contra el pecho y el maxilar inferior contra el superior, esperando que esa especie de ensayo de precipitación quedase solo en eso. Y en eso mismo quedó. De haber apretado el chispeo, la solución que se planteaba era radical: suspender el festejo y organizar una recepción en la Diputación.

Tampoco fue necesario.

En cuanto las nubes bajas se abrieron y un asomo de azul cielo -escaso, breve, pero esperanzador- se dejó ver, la Cabalgata de Reyes comenzó. Pepe Ciclo y sus secuaces formaban parte de las tropas de vanguardia. Mitad una banda de rock de los setenta enloquecida tras pasar una temporada encerrada en un camerino, mitad un conjunto de maestros de ceremonias circenses en pintoresco tratamiento, no dejaron de bailar a lo largo de los cinco kilómetros y pico de recorrido.

Detrás de ellos, 28 carrozas para todos los gustos. Desde las de carácter religioso a las más prosaicas con personajes de películas infantiles, como los minnions (unas adorables píldoras amarillas con ojos y algo psicorrígidas) o la princesa de Frozen (mantequilla helada).

Las carrozas de los reyes no tardaron en aparecer en un in crescendo , también, de lo más cinematográfico. Los vehículos de Melchor y Gaspar -funcionales, minimalistas, efectivos- servían casi como meros teloneros de la carroza realmente tochaca (pero tochaca) de la noche: la de Baltasar. Como recién salida de Tierra de Faraones (Howard Hawks, 1955) o Cleopatra (la de Joseph L. Mankiewicz , de 1963), solo le faltaba ser tirada por un centenar de esclavos a ritmo de látigo. Con cautela, se prefirió optar por un cuatro por cuatro para hacerla avanzar.

En cualquier caso, todas las carrozas -independientemente de pertenecer a la nobleza oriental o al servicio mágico de correos- iban armadas de su arsenal de caramelos a disposición de completos batallones de artilleros infantiles. Profesionales que, a babor y a estribor, lanzaban salvas graneadas de glucosa de sabores al público. El más despistado se llevó algún que otro impacto a bocajarro. Pero el más avispado miró impertérrito al cielo, comprobó que no llovía y aún así abrió el (P)araguas. ¿Otro excéntrico secuaz de Pepe Ciclo? No. Éste le dio la vuelta y tiró de tradición. Hizo su agosto recogiendo caramelos. Y el del Colegio de Dentistas.

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