De la inutilidad de la huelga y la lacra del sectarismo

Hoy ha sucedido algo muy bueno en la sala de profesores de mi instituto durante el recreo: los profesores hemos estado discutiendo un rato sobre educación. ¿De qué vais a hablar si no?, pensarán los pertenecientes a otros gremios. Pues de sexo, drogas y rock and roll, como todo el mundo. Fuera de bromas, los docentes cada vez tenemos menos tiempo para hablar de lo verdaderamente importante en nuestro trabajo, agotados por la absurda burocracia con la que los legisladores estúpidamente nos bombardean año tras año. También nosotros tenemos parte de la culpa, que conste, porque cada vez que aparece algún tema de debate, ya sea en un claustro o un equipo educativo, siempre hay quien mira el reloj o se queja airadamente porque tiene la coliflor puesta al fuego. Por tanto, cada vez que nos ponemos a debatir es una casualidad que hay que celebrar, como cuando aparece el arco iris.

El motivo del debate fue la convocatoria de una huelga más en contra de la LOMCE, esta vez convocada por algunas asociaciones de padres y sindicatos de estudiantes. Algunos defendían con uñas y dientes la efectividad e idoneidad de secundar el paro, y otros, entre los que yo me incluía, sosteníamos que las huelgas tradicionales, como es ésta, son inútiles por obsoletas. Quizá eran efectivas en la Revolución Industrial, o incluso hasta la primera mitad del siglo XX, cuando el patrón de la fábrica hacía cuentas de lo que le iba a costar el paro en la producción con respecto a los gastos que le suponían aceptar las peticiones de los trabajadores. Es posible que funcionen en China, en las grandes factorías de producción en cadena, y por eso están prohibidas. Pero es casi evidente que, en el siglo XXI, el paro de los colegios durante una jornada lectiva sólo supone para el Estado un ahorro que, por supuesto, no va a reinvertir en recursos educativos. Ir a la huelga, al menos a esta huelga, según le explicaba yo a un compañero que me manifestó vehemente su desacuerdo, es sólo un romántico acto de fe.

De todas formas, esto no es lo importante. Lo útil, lo saludable, es que los maestros hemos estado hablando un rato de educación. De lo bueno y malo que puede tener la LOMCE. Que no todo es malo, como tampoco lo era de la vituperada LOGSE que, con sus muchas sombras, nos ha permitido escolarizar al 100% de la población de nuestro país hasta los 16 años, integrando, o intentándolo al menos, incluso a los más desfavorecidos. Una y otra, LOMCE y LOGSE, no son más que oscuros partos en solitario de las perpetuas dos Españas, condenándonos a los maestros y a los estudiantes al sistémico sectarismo que sigue hundiendo al país en la miseria. Los profesores, sin embargo, en solo media hora, hemos sido capaces de llegar a algunos puntos de acuerdo, demostrando que, si nos dejaran, haríamos una ley mucho mejor que todas las que hemos tenido en la historia de la educación de nuestro país. Pero, claro, a la plutocracia no le interesa que los profesores piensen, creen o razonen. Somos mucho menos peligrosos sepultados entre decretos, órdenes e instrucciones de BOES y BOJAS; pasando las tardes copiando y pegando las tablas de ley, literalmente.

Hay cambios horribles en la LOMCE. Es casi indiscutible. Se ha centrado, de hecho, en cargarse muchas de las cosas buenas que tiene la LOGSE, y contra esto es contra lo que hay que ir. La destrucción parcial de la atención a la diversidad o la extirpación de la Filosofía (un tema del que ya hablé en este blog hace un par de años) me parecen errores crasos que una sociedad avanzada como la nuestra no se puede permitir. Pero también hay buenas ideas que me gustaría que se llevaran a la práctica. Quiero entender, por ejemplo, cómo se aplican los famosos estándares de rendimiento y tengo dudas de si las vituperadas reválidas van a ser tan malas como se hipotetiza. Y quiero, sobre todo, una inspección que me ayude y me explique mis dudas, y que no nos agobie con la forma de las programaciones didácticas que, a ver si se enteran de una puñetera vez, no sirven para (casi) nada.

Por ahí decían los sabios que un pueblo que no conozca la historia está condenando a que se repita. Si no queremos que las leyes, de educación o de cualquier ámbito, sigan siendo sectarias deberíamos dejar de votar a sectarios. Pero, claro, estamos es el país del Madrid o Barça.

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25 de octubre de 2016 - 19:16 h