Banderas acartonadas

Que dos mil personas se reúnan en Córdoba pacíficamente y sin demasiada alharaca ya es casi u

n hito, pero si, además, el objetivo principal del acaecimiento es ondear la rojigualda, sin haber fútbol de por medio, parece otra sobrada de Albert Pla, que, por lo visto, se tiene prohibido ser sensato, pero no parecerlo. Los pliegues cuadrados, regulares y ordenados, de muchas de las banderas chivaban que la mayoría de ellas acababa de salir de los chinos, a los que imaginaba encargando más en Aliexpress, encantados con esta demostración de españolismo extraña e irreverente. Pendones recién estrenados enarbolados por pendones ventajistas, pensé por un momento, hasta que recordé que yo tampoco la tengo en casa y que jamás se supo de ninguna en la de mi madre. ¿En qué momento se nos acartonó la bandera? Tanto tiempo llevan los catalanes oreando las esteladas que ya parecen recién planchadas.

Dijo Antonio Banderas que a veces se siente orgulloso de España y otras no, pero que no puede dejar de quererla. La frase, que yo suscribo, me recuerda al amor-odio que ya gastan esos matrimonios añejos y que todos sabemos que solo la muerte separará, aunque no nos lo expliquemos. No sé si es por la tendencia a la queja perpetua del españolito medio, pero da la sensación de que queremos independizarnos de nosotros mismos. Especial desapego se percibe entre los que tuvimos la suerte de no vivir la dictadura, que somos, curiosamente, los más exigentes y malcriados cuando nos encontramos la mesa recién puesta, y que ya no hablamos como esos vejetes (que eran la mayoría en la manifestación) que de vez en cuando aún se pasean de la mano de su pareja y de su España; sino que vomitamos como futuros divorciados de nuestro propio país, anteponiendo siempre lo oscuro, que lo hay, a lo brillante, que lo hay. Lo colectivo siempre nace de lo individual, por lo que sería honesto que nos autoexigiéramos en la misma medida que le exigimos al Estado; habitualmente los que menos aportan son los más pedigüeños, y no me refiero en este caso a Cataluña, sino a esos que miran al Estado en vez de evaluarse ellos mismos por miedo a descubrir que son los principales responsables de su propio fracaso vital. El Estado está ahí, por encima de todo, para impartir justicia, para evitar abusos del poderoso y para proteger los derechos fundamentales. Todo eso, mal que bien, lo hace. Quizá por eso Banderas sabe cuál es la suya, y añora su terruño pesimista cuando duerme en la superpotencia.

Charlando el otro día con los amigos, formando el típico corrillo de diletantes que vacían cervezas a buen ritmo, y que ahora también está mal visto porque para opinar de algo sin que te llamen cuñado hay que pasar por la universidad, y a veces ni eso es suficiente; charlando el otro día con los amigos, decía, llegamos a la conclusión de que la principal causa de nuestra falta de patriotismo provenía de la ausencia de un enemigo común. Pues no sé dónde andará, pero debe de haberlo, porque no podemos ser tan imbéciles como nos autocalificamos. Alguien ha tenido que convencernos de que somos unos idiotas sin remisión. Mientras nosotros mismos unamos indisolublemente la idea España a caspa, corrupción y fracaso, la unidad indisoluble se va por la cloaca. ¡Y quizá sea bueno que así sea! A alguien le leí hace poco que la idea de España naufragó cuando dejamos de creer en ella.

No sé, lo mismo peco de chovinismo u optimismo, pero yo creo que no olemos tan mal. Es agotador arrastrar este idiopático complejo histórico y, sobre todo, no lo veo en absoluto proporcionado ni a nuestro pasado ni a nuestro presente. Para convencerse de lo primero solo hace falta leer y para librarse de lo segundo hay, simplemente, que levantar la cabeza y mirar fuera de la caverna, alejarnos de las sombras. Si todo esto no les convence, piensen que ahora que los pijos ya no la llevan tanto en las vueltas de los polos, la bandera ya no debería pincharnos tanto.

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26 de septiembre de 2017 - 01:36 h