Semana Santa

Llegó, la que para todos los meteorólogos españoles, y para todos los buenos amantes de la meteo, es la semana más compleja, difícil, y entretenida de todo el año hidrológico, llega Semana Santa. Teléfonos, correos personales y tuiters varios de los mejores pronosticadores de la piel de toro echan humo estos días previos a la semana meteorológica por antonomasia. Tres eventos vienen a coincidir en estos escasos 10 días que tenemos por delante, el primero, la llegada de la primavera, hoy mismo, evento clave que nos servirá para entender los otros dos, y de los que les iré hablando a lo largo del complicado artículo de esta semana. Acompáñenme.

Es 20 de marzo y hoy el Sol, mi amado astro, referente histórico de nuestra civilización, tiene a bien pasearse por todos los rincones del planeta exactamente el mismo número de horas, en torno a doce. Desde hoy mismo, los que vivimos a este lado del Ecuador comenzaremos a gozar de más horas de día que de noche, es el triunfo de la oscuridad con que arrancase la batalla el pasado solsticio de invierno, es el equinoccio de primavera, y eso significa algo.

El segundo evento, consecuencia del primero, es el que sibilinamente les vengo anunciando desde hace unas semanas, el del descuajaringamiento de la nevera polar propia del periodo transitorio que vive la atmósfera en el movimiento de traslación que nuestro planeta hace alrededor del Sol. La mayor incidencia de los rayos solares en todo el hemisferio norte, derivan en el súbito y progresivo calentamiento de todas las capas atamosféricas, desgajando las potentes bajas polares por la incursión puntual de burbujas cálidas. Es decir, se lo explico ya en castellano, cuanto más alto vaya estando el sol en el horizonte mayor es su capacidad para descongelar la nevera polar, redistribuyendo por toda la geografía meridional puntuales masas de aire polares, es el fenómeno que ya les expliqué de los desalojos.

Ahora bien, va entrando en juego un nuevo factor que estos días pasados hemos empezado a disfrutar, el potente contraste entre las masas de aire con origen polar que nos van llegando, bien desde el interior del continente, bien desde la lejana Terranova, y la alta capacidad calorífica del sol en nuestra latitud, lo que en dinámica atmosférica se deriva en el incremento de la velocidad vertical de las masas de aire y su mayor capacidad convectiva, es decir, en la mayor predominancia de los fenómenos de carácter tormentoso. Hace escasamente una semana disfrutamos de uno de los mayores espectáculos que la meteorología es capaz de darnos, el desarrollo de supercélulas tormentosas, fenómenos que un día les explicaré en detalle.

En resumen, entramos de lleno en una estación cuya dinámica atmosférica está presidida por el potente contraste de masas de aire que ya se nos vienen sucediendo, sirviendo esta explicación de marco para entender el porqué del refranero popular que nos avisa que "en abril, lluvias mil".

Pero nos queda el tercer evento de la serie de eventos que hoy comienza, el que en un principio, es leit motiv de este artículo. El próximo domingo comienza la Semana Santa, la semana más importante en todo el mundo católico y en buena parte del sector hostelero español. Dará comienzo la fiesta que más quebraderos de cabeza tiende a dar a los servicios meteorológicos de todo el Estado, tanto por su especial dificultad en el vaticinio del tiempo que hará, como en la particular incidencia, tanto material como emocional, que año tras año demuestra tener entre aquellos que la cifran en la adicción a las parafernalias policromadas.

Resulta recurrente la imagen del desconsuelo entre quien deposita toda su esperanza en la celebración de un evento colectivo, del que si conociésemos su evidente origen, no padeceríamos su periódica pataleta, que en numerosas ocasiones pasa por insultar al sentido común de quienes intentamos, desde la buena fe, aventurar desde la ciencia probabilística que es la meteorología, el estado del cielo del que depende su fervor. Verán, no hay que ser un lince para entender que el propio hecho cambiante que tiene el inicio de la cuaresma, dependiente de la primera luna llena primaveral (hecho cuasi místico para cualquier sembrador de tomates de Alcolea a esta orilla del Guadalquivir), obedece a motivos puramente agrícolas. Efectivamente, la Semana Santa, no deja de ser la conversión católica de tradiciones y ritos paganos en su adoración al único dios verdadero, el que durante tantos siglos nos dio de comer, el Sol. Se celebra, así, la apertura de la buena cosecha, olvidando los crudos rigores del invierno.

Sea como fuere, lo que pretendo transmitirles, máxime si son de sentimiento cofrade, es que la celebración de una fiesta, que por el alto valor patrimonial tanto depende del cielo que nos cubre, en fechas poco propicias para su conmemoración, obedece precisamente, al hecho significativo de dar gracias a la lluvia. No es casual, por tanto, el desconsuelo de no ver salir la cofradía de turno.

Digo esto, a parte de por mi desmedido interés en la divulgación ambiental y la desestupidización colectiva, por trasladarles lo particularmente complejo que se hace lanzar pronósticos meteorológicos en estos días de incienso y azahar. Me veo en la necesidad de volver a repetirles, por mi propio bien y el de numerosos compañeros de fatigas meteorológicas, que la meteorología es una compleja ciencia matemática que obedece al análisis de múltiples variables medibles, y lanza posibles escenarios en un tiempo futuro, más probables cuanto más cercanos sean estos. Es decir, hablamos de una disciplina probabilística. Recuerden aquello de que análisis a más de 3-4 días son ciencia-ficción, marcando exclusivamente un posible camino de la tendencia meteorológica que hará.

¿Queda claro? Pareciera que no, atendiendo al insultantemente repetitivo mensaje que anualmente se lanza desde los altavoces de la mediocridad, que amparándose en la tradición y el folclore insultan al más elemental de los sentidos. Son recurrentes estos días las previsiones a largo plazo que en ningún momento debieran alumbrar las esperanzas de muchas mentes inocentes ávidas de buenos deseos. Debiera ser esta, estando nuestra sociedad en un punto meridianamente avanzado de la razón científica, una semana de prudencia y sensatez contenida, y no de pábulo y amparo a la superstición y la superchería más insultante.

Habrán sacado rápida conclusión sobre mi pronóstico para esta Semana Santa, la que siempre tengo cuando manejo plazos que escapan a la lógica prudencia. De momento sólo puedo hablarles de tendencias, que parecen empezar a quedar más o menos claras para el comienzo de esta lluviosa primavera. En lo inmediato, la certeza, un fin de semana de nuevo pasado por agua, que podría volver a encender las alarmas de una cuenca ya saturada y que lamentablemente podría dejar las primeras escenas del amargo deseo no cumplido. Para los días que vendrán, si la tendencia que muestra el modelo europeo, uno de los que mejor está comportándose esta temporada, es cierta, nos devolverá, de nuevo, una Semana Santa pasada por agua.

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20 de marzo de 2013 - 07:00 h