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Sobre este blog

Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

¿Y dónde tiramos la basura?

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Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

Avisen a Ismael Serrano. Es urgente. La duda se cierne sobre una de sus canciones más brillantes. “Queda lejos aquel mayo”, dice en Papá, cuéntame otra vez. Y resulta que España vive permanentemente su particular 1968. Desde hace tiempo, las calles son, de forma casi ininterrumpida, escenario de un pifostio monumental. Tanto es así que quien no destroza algún elemento común parece un pollavieja. Si el deterioro del mobiliario urbano fuera deporte olímpico, nuestro gran país sería oro, plata y bronce. Poco importa la causa pues siempre existe una buena justificación para el vandalismo libertario. Unas veces es por esto, otras por aquello. No es relevante el asunto, carajo. La razón es más poderosa es la necesidad de cambiar el orden establecido. Como si hay que prender fuego a un contenedor por el precio del café con leche en los bares.

¿Y dónde tiramos la basura? Es el problema, y no pequeño, que surge del movimiento pacífico de la ciudadanía. Aunque para ser justos, sólo es una mínima porción. Menos mal, por otro lado, porque de ir todo el mundo a las barricadas del XXI terminaríamos en dos días como la Roma de Nerón. No habría bomberos para tanta llama. Pero ésta es otra cuestión, la esencial es la incógnita acerca del lugar en que deshacernos de nuestras bolsas de mierda. Convenientemente separada ésta para ayudar al reciclaje, claro está. Porque en nada nos veo sin contenedores para tirar nuestros desperdicios, sean papel, cáscaras de plátano u otra porquería cualquiera. Estamos obligados a una variación de costumbres. Las inmundicias propias en la puerta de casa y las de todos en el plástico fundido de, por ejemplo, Sadeco.

Probablemente a nadie le preocupe el tema pero a mí sí. ¿Dónde tiramos la basura? Me refiero a los deshechos que cada cual genera en su hogar. No hablo de los bultos sospechosos con ojos que tienen a bien romper marquesinas o escaparates. Quizá tal gente no sufra contrariedad con sus pañales sucios o sus tarros de potito. Respuesta: métetela por el culo. Supongo que es lo que pueden contestar, vaya. Ahora es porque llevan a prisión a Pablo Hasél, un artista a la altura de Luis Eduardo Aute, Bob Dylan o Georges Brassens. Al muchacho le quieren encarcelar por opinar y decir la verdad del Rey Emérito, don Juan Carlos de Borbón, campechano y suizo de corazón. Coño, ¿en qué mierda de país vivimos? Nunca mejor dicho, por cierto.