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Sobre este blog

Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

Estado de anormalidad

Aglomeración en Barcelona tras el fin del estado de alarma

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Confieso que me habría gustado ser padre, y que por la edad ya comienzo a creer que no será posible. No le importa a nadie, ya lo sé. Aunque haya por ahí quien piense que un periódico está para recoger sus ataques de ego. El caso es que a día de hoy quizá sea mejor la mínima opción de tener progenie. Sería cruel por mi parte colaborar en la llegada de un bebé a un mundo destartalado social y emocionalmente. Probablemente en no mucho tiempo la mayoría de las personas sea incapaz de ingerir alimentos -esto es de comer- sin perder un ojo en el intento. Quedarse tuerto por equivocar el lugar al que dirigir la cuchara o el tenedor… Tan descorazonadora es la perspectiva que tengo de la Humanidad. Y más lo es cada día en medio de esta época de sufrimiento, que lo es también por la estupidez reinante.

A lo mejor es la pérdida de fe en las personas lo que llevó a centenares a actuar como idiotas hace unos días. O puede que fuera la falta de confianza en la única raza, dicen, con raciocinio, como le ocurría a Thomas Hobbes. Este señor, por cierto, fue filósofo y entre otras muchas ideas planteó, a grandes rasgos y con sencillez, que el hombre es malo por naturaleza -también la mujer, seamos inclusivos-. Comparto esta premisa y sin embargo me posiciono mucho más claramente en otra: el ser humano es cada vez más tonto. Contra la teoría de Charles Darwin, no evoluciona. De hecho, marcha hacia atrás a pasos agigantados. Le ocurre intelectualmente pero no sólo. Emocionalmente cada día es más miserable por lo común. Si realizo tal afirmación corro el riesgo de caer en una generalización, pero me importa un cojón -con perdón-.

En realidad, lo que sucedió el pasado fin de semana tuvo como única causa la suma ignorancia de muchos y la enorme insensibilidad de otros o de todos. Hablo de los que salieron a la calle -sin importar el género ni la edad- para festejar el fin del estado de alarma en España. Por supuesto, en Madrid no faltaron las concentraciones, ya que son libres. Libres para faltar el respeto a una sociedad que carga en sus espaldas el enorme peso de más de un año de pandemia; de enfermos y sobre todo cadáveres; de profesionales que lo dieron y dan todo por ellos tanto como por los demás -sanitarios y miembros de fuerzas de seguridad principalmente-; de trabajadores sin empleo; de pequeños empresarios y autónomos asfixiados por la obligada inactividad; de niños sin parques… Libres para demostrar que además son anormales. No toda la población, claro, sino los que le siguen el juego a un discurso populista e irresponsable.

Supongo que festejaban el ya indudable encumbramiento de la estulticia, pero también de la insolidaridad

También hubo jolgorio en Barcelona, en Sevilla o Málaga. Al final ninguna importancia tiene la ciudad en qué regalaron imágenes propicias para el vómito desmedido. Aquí lo realmente relevante es que hubo muchas personas que olvidaron los terribles efectos de la Covid-19 en todo el planeta: más de 3.300.000 fallecidos en el mundo y más de 79.000 en España hasta este miércoles. Y familias rotas o hambrientas, también por estos lares, no en la omitida África en cualquier momento de la Historia. Bebían, reían, bailaban y cantaban. Se agolpaban en calles y plazas. Supongo que festejaban el ya indudable encumbramiento de la estulticia, pero también de la insolidaridad para con todo aquel que desde marzo de 2020 en este país luchó a su modo no sólo por sí mismo sino por los suyos y por el resto.

Mientras, algunos dirigentes autonómicos reclamaban, desde días atrás y no a partir de ese momento, que el Gobierno no permitiera el fin del estado de alarma. Curioso es cuando menos que así fuera cuando casi 12 meses antes solicitaban lo contrario. “El Gobierno está muy cómodo por las prerrogativas que ofrece el estado de alarma, pero ha llegado el momento de trabajar en otros modelos”, aseguraba el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla, el 13 de mayo de 2020. Rechazaba que hubiera continuidad de la medida impulsada el 14 de marzo. “Sin el estado de alarma estamos maniatados para luchar contra la pandemia”, aseveró casi un año después, el 3 de mayo de 2021. Me invita a pensar… ¿Tan poco confiamos en la responsabilidad de la sociedad como para necesitar un estricto orden normativo concreto y puntual? Lo cierto es que muchos ya dejaron claro que sí, que el mulo no sabe caminar por donde le corresponde si no le dan con la vara. Porque ahí estamos, con inconscientes por un lado y por otro. Almacenamiento de insensatos donde todos deberíamos ser libres de verdad y por igual, en la calle. Mientras, continúan los contagios y las defunciones; la amargura por seres queridos o por la enfermedad en propia carne; la labor incansable en hospitales… ¿Qué coño le interesa a nadie si ya podemos desbarrar como si cada rincón de nuestra ciudad fuera una feria?

Pero la indecencia llegó a su máximo exponente en Madrid -otra vez, siempre justo en el centro del universo-, donde una gran chavalería montó un botellón -lo cual recuerdo o creía hacerlo está prohibido, esto es beber en la vía pública- frente a las puertas de un hospital. Pacientes y sanitarios del Clínico tuvieron que soportar la algarabía de una juventud descerebrada -que es parte de un todo bastante más digno, por fortuna no todos los jóvenes tienen un grano de pienso en el interior del cráneo-. Lo denunció, con un vídeo, un enfermero de la Unidad de Cuidados Intensivos. Seguro que quienes permanecen ingresados por Covid-19 agradecieron la animosidad. Va a ser que no, y a mí me produce repugnancia, vergüenza y tristeza. Y puedo confirmar: del estado de alarma pasamos al estado de anormalidad.

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Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

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12 de mayo de 2021 - 04:30 h