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Sobre este blog

Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

Pongámonos serios, José

José Prieto, ante María Santísima de la Esperanza.

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Gracias a Álvaro Prieto, tu hermano, por su consentimiento a un texto tan personal.

Vaya desde aquí, públicamente, mi abrazo tanto a él como a toda tu familia.

Esta vez quiero hablar en primera persona desde el principio. No lo había hecho hasta ahora en este espacio. Tampoco pretendo volver a esta práctica, tan usual entre otros que escriben desde y para sus ombligos. Pero esta vez deseo hacer una excepción, guste más o menos. Y perpetro también con el sarcasmo, que procuro sea mi estilo en este escenario, a un lado. Ahora, en este instante, no corresponde la ironía. Más bien, pongámonos serios, José. Lo hago por ti y por todos los que, como yo, compartieron más o menos contigo. Quizá a los lectores y las lectoras, si tuviera de eso, no interese en absoluto lo que sea capaz de decir. Ojalá, por cierto, no cometa el error de caer en una sensiblería empalagosa y suicida. 

Sí, pongámonos serios. Podría afirmarse que te has ido prematuramente. En realidad lo que ha sucedido es que te han echado. Te ha echado una vida que es una golfa. Y lo digo en femenino porque femenina es la palabra, no tendría problema en sentenciar, de ser masculina, que es un auténtico hijo de su madre mal reverenciada. La vida ha sido injusta contigo. Creo que tú eras consciente. Pocas veces te ha aportado la dicha que merecías, o como mínimo la tranquilidad interior que todos requerimos. No ha sido precisamente por tu familia, a la que tanto has adorado hasta el último segundo y que tanto ha tratado de mantenerte en pie. Pero sí, la puta vida, con perdón, se ha portado a golpes contigo, José.

No fui siquiera uno de tus mejores amigos, o de los más íntimos. Has tenido a otros y otras que lo han sido más. Y no voy a dar nombres porque esto queda entre tú, yo y mucha gente -la que dedique unos minutos a leerme-. Aun así, intenté estar cerca en cada momento, servirte de apoyo y tenerte como tal. Te conocí en una etapa muy compleja de tus difíciles edades y por eso actué con la mayor delicadeza posible. Con mucha comprensión también, eh José, porque a veces eras un seísmo incontrolable. Compañero, tu temperamento era, en ocasiones, desquiciante. Supe llevarlo lo mejor que pude, y sé que a veces perdí la paciencia. Aunque también tú tuviste la facultad de entender mi carácter, nada fácil tampoco.

Maldigo a quien o quienes te impidieron ser feliz en tus años más hermosos, los de juventud.

Pongámonos serios, José. Creo que en realidad me ayudaste tanto tú a mí como yo quise apoyarte a ti. Los dos éramos entonces corazones atormentados. El tuyo lo era mucho más, lo sabemos quiénes te hemos conocido tras la frontera de lo superficial. Contigo hubo quien, ni cristiana ni ateamente, actuó de manera cruel, casi inhumana. Y tampoco voy a dar nombres pues allá cada cual con su conciencia. Sí tengo certeza de que esas personas no tienen mi perdón, como sí pudieron tener el tuyo. Porque en el fondo has sido un alma noble, aun con tus peculiaridades -que todos tenemos-. Hilo frases con torpeza, ya ves. Sin embargo, no quiero dejar de decírtelo: maldigo a quien o quienes te impidieron ser feliz en tus años más hermosos, los de juventud.

Lo cierto es que cuando comenzamos a caminar juntos, tampoco yo estaba bien. No al menos de forma continuada. Probablemente no lo creas pero fuiste un sostén muchas veces gracias a tu profesionalidad. Escribía días atrás, de ti, Luis Miranda en ABC Córdoba que aprendiste el oficio “con códigos sólidos que no tenían que ver con lo viral”. Estoy completamente de acuerdo: tenías grabados a fuego tus pensamientos y sentimientos, que en ocasiones nos hacían chocar, pero también tus ideas de rigor y minuciosidad. ¿Cuántas batallas no tuvimos por tu casi maniático control de cada detalle? Igual peleamos por aquello de la inmediatez y ahora, fíjate, necesito casi una semana para escribirte. Decía además nuestro compañero que cuentan que “el fruto del trabajo del periodista es efímero” y enseguida destrozaba esa concepción con el recuerdo de tu labor en su medio.

Aunque mira si eres tuyo que el Señor de la Esperanza, tu Gitano, esperaba tras el dintel el otro día para despedirte.

Por última vez, pongámonos serios, José. Desde el pasado jueves no dejo de pensar que quizá pude arrimarte más el hombro. Creo que es la sensación de tus compañeros y amigos, sin género; que compartimos una misma sensación. Quizá te marchaste sin saberlo pero has dejado un vacío enorme, incluso entre a quienes más guerra dabas. No sé, en realidad, de qué modo sanar la herida que nos has abierto. Éste es un vano intento mientras también rememoro parte de tu trabajo para conmigo, para con este periódico. Como aquel serial de reportajes titulado ‘Mujer y cofrade’, que pese a ser de 2019 era una apuesta arriesgada; un ramalazo de valentía que compartimos. Y que ha de prevalecer. O tus reportajes específicos de Semana Santa, tan detallistas.

Bien sabe Dios, ése en que tú creías más indudablemente que yo, que debió ser mejor la vida contigo. Y que no tenía derecho a robarte tan temprano, después de tantísimos padecimientos y algún que otro secreto del que al fin, descarnado, hacías confesión. Es la razón por la que duele mucho más tu adiós a empujones. Aunque mira si eres tuyo que el Señor de las Penas, tu Gitano, esperaba tras el dintel el otro día para despedirte. Hasta en esto has tenido que dejar tu firma aunque involuntariamente. La muerte, José, es un estropicio, y más en casos como el tuyo. Aquí nos toca arreglar el que cada cual sufra en sus adentros. Ten buen viaje, feliz al fin a poder ser, José.

No te olvides de cantarle lo que le escribiste: “¡Alégrate, pues mi alma goza, Esperanza, confiada a ti!”.

PD: Ojalá un día en esta ciudad aprendamos a ver procesiones como si no fueran una Feria, entre otras cosas para escuchar letras como la tuya.

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Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

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24 de febrero de 2021 - 04:30 h
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