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Sobre este blog

Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

Sin acritud: eres un trol

Los trols de 'David el Gnomo' ya tuitean.

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#Microrrelato: Un día perdió el móvil y descubrió la vida.

Están los chistosos. Aunque muchas veces, quizá el 90% de ellas, sus chanzas tienen menos gracia que el final de Lost. O que la muerte de Mufasa, para los rezagados y es atemporal. También están los ofendidos, capaces de querellarse contra una avispa si, ay pobre del bicho, osa clavarle el aguijón. Luego están los eruditos del siglo XXI, que creen ser como Da Vinci en el Renacimiento -la jodida leche, vaya-. No dejan de estar los opositores, que como Vox están a favor de estar en contra de todo y en contra de estar a favor de nada. Y, por supuesto, están los groseros. Quizá es, y sin el quizá en realidad, el espécimen más repugnante de todos. Son esos individuos o individuas que tienen como vocación insultar e incluso agredir verbalmente. Últimamente abundan en las mal llamadas redes sociales.

Sirva como ejemplo la situación vivida por Francisco Igea, vicepresidente de la Junta de Castilla y León, hace sólo un par de días. El hombre recibió una interpelación, por decirlo de algún modo, un tanto fuera de tono por parte de uno de esas personas con altos valores educativos. “Me comes los huevos”, le escribió el susodicho en Twitter, que ya debería cambiar el pajarito por un dragón. La cuidada falta de respeto era sólo un ejemplo de los muchillones de casos que se producen cada día no sólo en este espacio sino en otros como Facebook. Aquí lo curioso es que el atacado de turno tuvo a bien responder y hacerlo con fina ironía. Con mucho aje, que dirían por Andalucía según los habitantes de Despeñaperros para arriba. “Imposible, tengo el colesterol fatal”. “Ra – ta – ta – ta, jugón”, que no está de más recordar a Andrés Montes.

Curiosamente, horas después era imposible encontrar el tuit soez. La inteligencia no es un hábito en la sociedad de nuestros días y cuando impera, duele. Huyó el hombre del escroto con yema no catada. Pero la verdad es que, más allá de la jactancia sobre el percance, vivir en redes sociales se hace más difícil conforme avanza el tiempo. Y esto no es tanto los años, los meses, las semanas o los días. El avance se da más bien por segundos, que ni siquiera en horas o minutos. Quizá el problema principal sea la involución de la especie humana. Si Charles Darwin -no, no es el de la etiqueta de Anís del Mono- levantara la cabeza, sin el más mínimo resquicio a la duda, la volvería a meter bajo tierra. Pero mucho más profundo si cabe. Probablemente la causa pueda ser, también, la degradación del valor de la educación y la cultura. (Nota mental: qué cosas más raras me da por decir algunas veces).

La fauna es peligrosa, cada vez más, de forma que las redes son en realidad antisociales.

O puede, simplemente, que como gotas que como parte de un todo hayamos creado una idea de que somos el todo y los demás no son ni parte -o nos comen las partes-. Todo en un ecosistema tan digital que en unos años es probable incluso que las personas hayan olvidado que para andar, y hacia delante además -que es lo normal y preferible-, primero se adelanta un pie y después se acompaña con el otro. Culpar a la tecnología, sin embargo, es lo sencillo. No es consecuencia de la Revolución Industrial que los indígenas de Norteamérica casi se extinguieran -y que no miren a España-. La razón está en el uso que se da a los artilugios, con individuos e individuas que pierden la respiración si no están continuamente en Twitter, Facebook, Instagram o la madre superiora que fundó la orden. Ah, y Tik Tok, donde la estulticia prevalece.

La obsesión por ver lo que otro dice o hace es enfermiza, y enferma está la sociedad hoy en día. Mucho más grave es la obsesión por ver lo que otro dice o hace para acto seguido soltar un chascarrillo / mostrarse ofendidito / corregir a un analfabeto / aclarar el desacuerdo sea lo que sea / golpear virulentamente por la palabra. Palabra que, por cierto, cada vez se utiliza peor. Si uno insulta, que lo haga a la persona y no al idioma, que ya estaría. Y lo peor del asunto es que la inmensa mayoría, cuyo tiempo vale tanto que lo desperdicia en estos menesteres, actúa desde el anonimato. Porque lo cobarde hoy en día es dar la cara cuando uno interactúa con los demás, sea cara a cara o con una pantalla de por medio. Porque lo valiente, es más, está en ir de Clint Eastwood por la vida desde una IP y con desconocidos. Ni fotografía, ni nombre real pero con un par de cojones como los del caballo de Espartero. Mejor cojones que huevos, que van mal para el colesterol. La fauna es peligrosa, cada vez más, de forma que las redes son en realidad antisociales. ¿Cómo se arregla esto? Pues que lo diga algún sabio del siglo XXI, de los que opinan igual de un partido -de cualquier deporte, incluido Curling- que de una pandemia o de un lanzamiento de la NASA, o de la flora silvestre, o de macroeconomía, o...

Si cualquiera se diera por aludido, lo siento. Sin acritud: eres un trol. 

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Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

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7 de abril de 2021 - 04:30 h