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Sobre este blog

Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

Recuerdo aquel deporte

Florentino Pérez, en un acto público.

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Va el Real Madrid y empata. Va el Barcelona y empata. Va el Atlético y… gana aunque por la mínima. Por algo el tercero se proclama campeón al final de la temporada. Es el Estadio Romano José Fouto -entonces, ya no-, donde juega el Mérida. Y por vez primera en la máxima categoría. Quizá en ese momento muchos no supieran siquiera en qué punto del mapa se encuentra la ciudad y sin esperarlo su equipo vende caras sus derrotas. Tanto que casi no las sufre ante los gigantes. Sin toneladas de millones de pesetas -que hablamos de los noventa- y con jugadores como Luis Sierra o Toribio, nombre este último -y perdón por la chanza- más propio de un agricultor que de un futbolista de elite. Igual que ahora, que si el Celta no pierde de cuatro o cinco goles en el Santiago Bernabéu o en el Camp Nou el cielo se nos viene encima.

Nada de lo descrito es falso. Sucedió de verdad. Aunque fue hace un siglo ya y parece demasiado lejano. Por mucho que en realidad hayan transcurrido menos de 30 años. La contradicción del tiempo. Eso se llamaba fútbol y era un deporte que en España tenía mucho éxito desde que unos señores británicos lo trajeron a Huelva -que es una provincia costera de Andalucía, por si acaso-. Jugaban 11 individuos contra 11 y vibraba la gente en los estadios. La pasión de ver a 22 tipos darle patadas a un balón, que es un esférico recubierto de cuero -o de otro material más pestoso hoy en día-. Los niños iban de la mano de sus padres, había hombres que fumaban puros y también existían energúmenos que armaban bronca. Bueno, esto último, por desgracia, todavía se da. En las ligas casi todos los equipos competían un mismo día y a una misma hora, y las narraciones en las radios eran nuestros ojos. Igual que ahora, que cada encuentro se disputa a una franja distinta -y no en la madrugada porque no se ha propuesto-.

Para los más jóvenes, que consideran viejuno cualquier asunto que no tenga que ver con Internet, móviles, trap y esas cosas -palabra que tanto le gusta a Mariano Rajoy-, aquello es antediluviano. Corresponde a la Edad de Piedra. El problema es que para muchos de los que sí vivimos aquello también pertenece a la Prehistoria. Porque aquí lo importante hoy por hoy es que los transatlánticos sean cada vez mayores, más que el propio océano incluso. Es lo que pretenden ahora un puñado de clubes con no sé qué de Superliga. A modo de resumen el invento consiste en que los que más tienen quieren tener más, y a los que tienen poco, que cada vez tienen menos, que les den por el mismísimo orto -que viene a ser el ano en Argentina-. Lo peor de todo no es ya el proyecto liderado por Dios en la Tierra, Florentino Pérez, sino el discurso con que se defiende, que es algo menos que tratar de gilipollas al resto.

Hace mucho que el fútbol es sólo un generador de insolidaridad social.

“Hacemos la Superliga para salvar al fútbol, la situación es dramática”. Es el titular por el que optó El País tras una entrevista de importancia mundial en ‘El Chiringuito’ de Atresmedia -el programa de fútbol en que suelen hablar de todo menos de fútbol- al divino presidente del Real Madrid. Por cierto, ahora parece que es gran amigo de Joan Laporta, su homólogo del Barcelona. Al final el puente aéreo está para esto: si suena la máquina registradora, que sea para los dos. El caso es que la respuesta elegida por el antaño diario independiente de la mañana -el cambio de lema ya dice mucho- es un reflejo de la burbuja en que hacen vida unos cuantos. Y también de su cinismo y cara dura. Sí, la situación del deporte aquel, del que quedan vestigios y supervivientes, es dramática. Puede preguntarle su excelentísimo Florentino Pérez a cualquier entidad de Tercera, que por si fuera poco apenas tienen posibilidad de ascender a otra categoría que llaman Segunda RFEF pero que por rango es Tercera -subir sin subir-.

Por supuesto que el fútbol necesita una tabla de salvación, pero no precisamente el de los clubes que invierten -o más bien despilfarran- cientos de millones de euros -que es mucho más que de pesetas- cada verano. Quienes lo pasan mal son los equipos esos que a buen seguro conoce todo el mundo: el Bergantiños, el Tropezón o el Calamonte. “Hemos perdido 400 millones”, lamentó el pobre mandatario del Real Madrid. Como si el 95% de los clubes españoles, por acotarlo todo, pudiera acercarse a esa cuantía en su historia por los siglos de los siglos. Para otros, una ayuda de 20.000 euros puede ser vital, sobre todo en una temporada en que no tuvieron compañía de sus aficiones y, por supuesto, se vieron perjudicados por los derechos de televisión. Ah no, que eso es para quienes van a salvar el fútbol porque atraviesan una situación dramática. Hace mucho que el fútbol es sólo un generador de insolidaridad social. Y no sólo en su ámbito sino mucho más allá. Quien come caviar cada día desea mucho más caviar aunque sea a costa de la chuleta que de higos a brevas disfruta el que está acostumbrado al chusco diario de pan.

Antes de la pandemia, las gradas ya no estaban como hace una década, no hace falta ir más atrás. El ambiente ya no era como ese de los años que casi no aparecen en las páginas de la Historia Contemporánea. Sí eran mucho mayores -y para unos cuantos, mucho mejores- las desigualdades no sólo entre distintas divisiones sino dentro de una misma. Y de la pasión de las jornadas intensas, ni rastro quedaba tampoco ya. La excepción a todo ello estaba en los sufridos Real Madrid o Barcelona -y otros-, que al tiempo seguían como siguen con la tarta casi entera mientras otros pasan hambre. No hablo de los ingresos propios sino de los que se supone se reparten entre todos. Pese a todo, hay quienes defienden su postura, la de una Superliga que viene a beneficiar al fútbol, y esto es al Palma del Río, el Egabrense o el Montalbeño, por situarnos en Córdoba por ejemplo. Porque, y no podemos ser tan injustos, van a salvar el fútbol. De cemento sabe su ilustrísimo Florentino Pérez, es normal pues la cara la tiene de ese material. Yo, mientras, recuerdo aquel deporte.

Lo olvidaba: el Barcelona sufre tanto con casi 300 millones de euros de deuda a corto plazo como le ocurrió, por ejemplo de nuevo, al Córdoba con una de ocho años atrás.

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Cordobés como el pego, nací en plena Guerra Fría y crecí durante la Paz Caliente. En 1985 vine al mundo un día después de San Valentín. Fue un mal presagio pues el amor poco me ha querido. Quizá fue porque llegué tarde. De pequeño jugaba a ser periodista y de mayor sigo con la tontería. Ahora paso también el tiempo confundido: me consideran millennial y a la vez, viejuno. Me gusta todo lo que a cualquier individuo de un siglo anterior al XXI. Desde hace unos años me soportan en CORDÓPOLIS y a partir de este momento aparezco por aquí sin saber muy bien qué contar. Por cierto, me hago llamar Rafa Ávalos y mi única idea es escribir lo que me salga del… alma.

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21 de abril de 2021 - 04:30 h