Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Lee ya las noticias de mañana

Uno y uno... somos tres.

Rakel Winchester

0

Colgué el teléfono rabiosa.

El momento X  se avecinaba pero ya no me hacía tanta gracia...

Había pasao de convencerme día a día a, conseguida la cita, crecerse.

Podía ser por timidez, por inseguridad... no sé. Pero a mí que me dijera de repente, por ahí disperso entre los diálogos, cosas como  “nunca quieras tener algo serio conmigo” o “a ver si te crees que cuando nos veamos voy a estar todo el rato contigo, que yo soy muy independiente”  me tocó el coño bastante. Luego intentó arreglarlo con sus “pero yo lo digo porque no quiero entrometerme en tu espacio”... pero ya era tarde. Ya me dolía.

Lo primero porque si nos veíamos esa noche, se supone que es para VERNOS. Y lo segundo... que no sé de dónde cojones se había sacado que yo buscara marido. Si  había roto los lazos afectivos que me quedaban con el mundo hacía meses, era para algo. Y lo último que necesitaba era una relación formal. Tan sólo quería disfrutar ratitos y en presente. Los que me llegaran. Aunque fueran muchos frentes a la vez. Era capaz de separar cada uno y sentirlo al cien por cien sin pensar en nada más. Y esas actitudes tan de pareja clásica entorpecían mis ganas. Aun siendo el primero de mi lista de preferencias.

Yo quería disfrutar de él. Ya está. Disfrutar ese momento pero los dos con idénticas ganas. Sin que los miedos a ataduras aparecieran. Si no pregunté ni quise saber de su vida fuera de nuestra pompa era precisamente porque no quería que supiera de la mía.  Pero iba a acudir a su encuentro igualmente, por sorpresa. Luego desaparecería... y ya.

-Pues si no te gusta, cuelgo... -fue su última frase aquella noche, frase que repetía hasta la saciedad,  refiriéndose a averigua qué tontería esta vez. Y yo que andaba ya cruzada, pues...

-Cucha, como vuelvas a tener esa salida, por muy broma que digas que sea, te voy a colgar. Y que sepas que el día que cuelgue, va a ser tan de verdad que no me vas a ver el pelo nunca más. Es más. Te voy a colgar.

Tenía 15 años menos que yo...

Nunca me atrajeron hombres más jóvenes.

Era el primero.

No estaba pasando su mejor momento. Puede que por eso nuestras conversaciones no eran como al principio, repletas de deseos, pero ahora tenían más sustancia... aunque sólo se atrevía a dirigirse a mí repleto de alcohol y drogas. Y pondría la mano en el fuego asegurando que cada encuentro él también lo terminaba a solas entre sábanas.

La edad nunca fue un inconveniente aunque, claro está, diciéndolo yo que era la mayor, quedaba fatal. Pero así era.  La experiencia lo que te da son menos comidas de olla. Yo no preguntaba si había terceros, cuartos o quintos para que él no me preguntara. Todas las situaciones externas no crean más que incertidumbre y a fin de cuentas, su vida real estaba tan lejos de la mía que no merecía la pena. Por realismo, no por falta de ganas.

Él era hermético a nivel emocional, lo que me ayudaba a no tener que expresarme demasiado desde dentro.  Y en ocasiones... se vaciaba ante mí. Y se echaba demasiada tierra injusta encima.

Y me desarmaba.

Y me encantaba.

Por dentro y por fuera.

Y desde el momento en que era capaz de sentirme arropada por él... la diferencia de edad se evaporaba.

Del resto de temas sí sabíamos bastante uno del otro. El amanecer nos había sorprendido en infinidad de ocasiones con la lengua seca por no parar de charlar y, la tensión sexual era ya tan evidente, que humedecía el ambiente nada más encontrarnos hasta empañar los cristales.   La represión en su máxima expresión nos poseía cuando estábamos cerca.

Ese era el morbo.

Su carita morena y sus hechuras desgarbadas me volvían loca. Y sus dientes, cómo no. Dientes con tara, de los que me gustan. Y ese era mi Rata.

Todo lo caótico de su vida lo resolvía con un “es que soy así de punky” y yo, con tal de escuchar esa voz... sonreía sin más debates.

Aquella noche su timidez era tan extrema que en la mesa de aquel local de ensayo se acumulaba una fila de latas de cerveza que llegaba hasta la otra punta. No es lo mismo quedar para hablar que para follar. Y aunque desde mi perspectiva de “15 años más”  todo era apetitoso y con aroma a aventura, parecía ser que desde la suya había algo de miedo.  De hecho,  un colega común -su mejor amigo- estaba a su lado, cómplice a la sombra.

Le dí dos besos más jugosos que de costumbre. No a conciencia. Me salieron así. Con cara de “hasta siempre” y  con los ojos brillantes.

Me abrí una lata. La función comenzaba.

Tres horas más tarde, la fila de latas de cerveza vacías llegaban hasta la puerta, nuestras miradas se cruzaban muy de cuando en cuando,  y no podíamos  los tres parar de reír.

...Tus ojos brillantes

será la última vez.

los cielos se nublan

los cielos se nublan

los cielos se nublan

perdiendo el control...

Siempre me había divertido mucho con ellos, y le tenía un cariño especial a Mo. Todo lo que tenía de borrico lo tenía de bueno. Era el típico al que te querías pegar como una lapa al echar ese primer vistazo al horizonte cuando llegas a un bar, con el convencimiento de que ibas a echar las tripas con su mera presencia y sus ocurrencias. Oscuro, ojeroso y de cuerpo recio, llenito de tatuajes de esos que uno se hace por impulso, que no por estética, y algo mayor que yo. Aunque de manera distinta, amaba con locura a ese hombre. Tenía algo, tenía algo...

Acababa de confesarnos que llevaba unas bragas de Hello Kitty y le habíamos obligado a quitarse los pantalones y a hacernos un pase de modelos con su pelo rizado lleno de coletitas hechas con tiras de las bolsas del supermercado que portaban la bebida.  Por entonces ya se había escapado algún abrazo y puede que algún beso a tercias . Como siempre que nos reuníamos.

Correteaba de acá para allá en estado catastrófico;  el único momento en que mi Rata y yo nos vimos solos en el sofá del local. Cuando su mano se apoyó en mi pierna, mi apetito adormecido salió de su letargo y en tres segundos estaba tumbada encima suyo saboreando su boca y su cuello...

...y descuidando la existencia de Mo...

...Cuando me marche, no me olvidaré de ti.

Cuando me marche, no me olvidaré de ti...

Los dos lo sabíamos: era mejor no vernos más. Al menos de esa manera. Por eso debía estrujar aquel sabor hasta dejarlo seco y memorizar hasta el último detalle mis sensaciones, porque ese objeto diario de mi deseo sabía que no se borraría de mi alma tan fácil como de mi vida.  Cuando mi cuerpo chirrió sobre el sky de aquel sillón en forma de “L”, supe que había conseguido arrancarme toda la ropa.

Tal era mi entrega que ni aprecié que si sus manos me agarraban con energía las caderas mientras me penetraba al borde de la crueldad, era materialmente imposible que las caricias que comenzaban a subir por  mis piernas pertenecieran a la misma persona. Caricias que se esfumaban y volvían... Caricias que me transformaban en loba hambrienta.

...Su lengua se acercó a las curvas de mi pecho y contorneó mis pezones, transformando mi apetencia de carne en codicia del amor que germinaba en el umbral de esa despedida.  Sentimiento que continuó mientras,  arrodillado, levantaba mi pelvis y devoraba con tremenda ternura aquel postre que le tenía reservado. Todo lo que nunca fue capaz de expresar con palabras tomaba forma,  se materializaba...

Mi respiración se agitaba, me mordía los labios hasta dolerme, mis piernas se tensaban y se aflojaban...  De no ser porque no podía articular palabra, hubiera rogado al universo que su nariz permaneciera anclada a mi vientre lo que me quedara de vida. Y únicamente cuando me besó... comprendí que era imposible que dos labios a la vez me colmaran de sensaciones.

Agarré esos carrillos conocidos de barba de veinte días con cariño y aprisioné con mi lengua la suya disfrutando de aquella rugosidad calentita... para luego separar mi rostro del suyo procurando comprender cómo tres cuerpos se podían desleír en uno.

...Mi vidaruleta

que da vueltas

perdiendo el control...

Bajé la mirada y traduje en la sonrisa de mi amado que acabábamos de sellar un pacto cerrado por tres líneas rectas y únicamente así cerré los ojos ofreciéndome en cuerpo y alma a mi amigo y a mi amante. Luego extasiada murmuraría en su oído debilidades lascivas, abrazándonos, sabiendo que era la última vez, mientras Mo duplicaba mi placer jugueteando con mi vagina hasta no dejarme respirar. No necesitaba satisfacer a dos, no hubiera podido... éramos uno los tres y me tocó ser la princesa.

Eufemismo del mènage á trois al uso.  Revoltillo de amor y complicidad...

Él calmaba mi tristeza,  mis fantasías escondidas tanto tiempo.

Calmaba los anhelos de tantas noches sin él.

Mo calmaba los vacíos, confidente mudo de nuestra última noche... compañero de tremendas sensaciones desconocidas... y yo me dejaba hacer con naturalidad, vacilante la respiración, rota por la ternura de lo vivido, extasiada hasta el delirio incontrolado, abriéndoseme un mundo de placer nunca sentido...

Adorándolos a ambos....

...y me corrí llorando porque los perdía a los dos...

Donde hay sentimientos no puede haber tríos.

Donde hay amistad podría haber daños.

Me corrí mirando a los ojos a mi amor mientras mi amigo me apretaba fuertemente la mano eyaculando en mi espalda.

Me corrí brotando sentimientos dobles.

Me corrí amándolos.

Cuando me marche, reina mía, no me olvidaré de ti

no me olvidaré de ti

no me olvidaré de ti

no me olvidaré de ti

no me olvidaré de ti

no me olvidaré de ti

[audiotube url=“http://www.youtube.com/watch?v=AMtf4ttMsPs” caption=“null”]

Etiquetas
stats