Sobre este blog

Desde muy pequeña he sentido que mi mundo lo dirigían como en “El Show de Truman”, pero con Fofito. Me esforzaba en tener una vida seria y, desde arriba, alguien iba soltando “extras” y guiones absurdos que me hacían perder la dignidad a base de risa. Llegó un momento en que mientras protagonizaba esas historias, mi mente solo pensaba -para sobrevivir- en cómo iba a escribirlo. Por lo que ya no puedo seguir siendo testigo en silencio. Necesito vaciar mi cerebro y madurar.

Rakel Winchester

Tratado del buen cliente de bar

Camarera sirviendo copas

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Después de muchísimos años trabajando tras las barras, quisiera que hoy os pusierais en nuestro lugar, en el de los que os sirven. Porque estoy un poco aburrida de que las imposiciones, malas maneras, gritos, órdenes y educación inexistente que se nos da en nuestros sitios de trabajo en ocasiones, siempre se excuse con la frase: “es que es un bar, es normal”.

Y aunque voy a escribirlo en primera persona, esta noche seré LA VOZ de tod@s l@s camarer@s de bares de copas. En ocasiones propietarios, en otras meros currantes, pero siempre LOS QUE OS SIRVEN.

¿Alguien sabe cómo nacieron los bares? Pues bien, os lo contaré...

Nacieron el día en que un matrimonio muy generoso -Jonh Stonturk y Helvia Sandk-, invitaba a tantísima gente a su casa a comer, a merendar, a cenar y a beber, que no tenían tiempo de trabajar para ganar tantísimo dinero como para llenar su nevera y su mueble-bar. Y sus amigos, sintiéndose tan bien tratados por ellos, les propusieron “pagarles” por sus servicios para que se dedicaran plenamente a ellos. Hicieron cuentas entre todos para que, por un precio razonable, el matrimonio pudiera costear sus gastos de hogar y de “mercancía”, y así disfrutar de su buen trato y de su compañía.

En menos de tres años más de 20 matrimonios habían copiado la idea y bueno, hoy en día tenemos bares casi por cada manzana de cada rincón. Y aunque, lo que acabo de contar me lo he ido inventando sobre la marcha porque me parece muy romántico, pues eso, que podría ser.

El concepto “bar” realmente partió de la idea “te invito a mi hogar”, por lo que NUNCA olvidéis que cuando entráis a tomaros una copa, estáis siendo invitados a “la casa del camarero”.

Por eso, quisiera recordaros algo, que espero no caiga en saco roto. Y hablo de los camareros en general, así que no os excuséis buscando al que se salta la regla. Aunque penséis que nuestro trabajo es mecánico y fácil, muchos ponemos cariño en ello y mucha psicología.

-Cada vez que tiras una servilleta, un chicle, los papeles de tu bolso, el paquete de tabaco vacío, la bolsa vacía de Doritos, etc... al suelo, es equivalente a ir de visita a una casa y ensuciarle el suelo por la cara.

-Los cuartos de baño SIEMPRE los limpia alguien. No es magia, en serio, lo juro. Muchas de las veces lo friega el mismo camarero que te sirve -en mi caso, por ejemplo en miles de ocasiones- o una señora contratada que podía ser tu madre, que viene ya hartica de limpiar su casa, sin que nadie se lo agradezca. Así que sencillamente utilízalo como si fuera el de tu hogar. Atina y tira los papeles a la papelera.

-Si paso la bayeta por la barra constantemente no es porque “esté obsesionada por la limpieza”, ahórrate la frase. Es porque no quiero que te ensucies las mangas de la camisa al apoyarte, ni que se te moje el móvil o el bolso, te lo aseguro.

-Cada vez que un camarero te pone una copa, no lo hace sin más. Normalmente se preocupa de que el último hielo esté boca abajo, para que no te moleste en los labios al beber. Cuida bien que el vaso esté limpio, como si fuera para él. Y te pone la cantidad estándar de alcohol. Si quieres más o menos, avísale. A no ser que te sirva Rapphel u otro adivino, sobra la frase “esto no sabe a na”, porque no tenemos la culpa de que la cantidad de alcohol en tu sangre sea tan inmensa como para que necesites doble ración. No cuesta nada ser agradable. ¿Quieres más? yo te pongo más, no hay problema.

-Si ves que colocas tu vaso en lugar incorrecto (silla, suelo, filito del futbolín, cabeza de tu amigo...) y se te cae más de dos veces seguidas, piensa que quizás si “dejas de tropezar en la misma piedra” y lo dejas en la mesa (que para eso están) o tienes más cuidado, no tendré que ir a fregarte el suelo por decimonona vez.

-Cuando te pongo chupitos y no los lleno hasta el filo, no es porque quiera engañarte, es para que no te chorree y te manches las manos y acabes limpiándotelas en el bolsillo de atrás del vaquero. Y no me lo dejes boca abajo, pesao.

-Los precios no los ponemos los camareros. No nos deis la turra con si es caro o barato. Y por favor, los regateos son pa los mercadillos. 

-Cuando pagas una copa, únicamente costeas el líquido de dentro de ella, incluido el hielo. No pagas el vaso, ni la silla, ni el local, ni las bombillas, ni los ceniceros (cuando los había), ni los adornos, ni los vasitos de las velas, ni al camarero. No eres dueño de nada, únicamente de tu bebida.

-Los camareros no somos una clase social inferior a ti. Ofrecemos un servicio, calmamos tu sed. Pero nos gusta que nos pidan con la misma educación con la que os servimos. A mi el dinero me la chufla. Prefiero poner una cerveza en toda la noche a una persona agradable que cien copas a dos maleducados.

-Cuando se te caiga un vaso al suelo, díselo al camarero. Si lo barremos y lo fregamos evitaremos que vayáis chapoteando por todo el bar o que alguien se caiga y se corte. El momentito ese de pegarle la patadita y echarlo debajo de la mesa es absurdo. De nada sirve esconder cristales en un bar que se limpia a diario. Siempre lo encontraremos, ¿no lo entiendes?.

-El cliente entrometido que te dice cosas como: “madre mía a la cantidad de pesados que tienes que aguantar cada noche” o, cuando estás vaciando el local: “menudos pesados que parece que no tengan casa” suele ser el más plasta y el último que se va.

-Si vienes a última hora, por norma, con la quijada de lado, no pretendas que te ponga una copa gratis porque no tienes dinero ya. Aunque seas mi amig@ del alma. Si has tenido dinero para tener la mandíbula en la nuca, no me cuentes tu vida.

-Si pides tres copas para ti y tus amigos, no me digas “ahora te toca invitarnos a un chupito”. Lo primero, la bebida del bar no es mía. Yo invito en mi casa con MI BEBIDA. Y lo segundo: ¿acaso cuando vas a comprar tres barras de pan, le dices a la panadera “ahora te toca convidarnos a unos Donuts”?.

-Cuando se te rompen, caen, vuelcan, cuatro vasos seguidos, deberías darte cuenta que es el momento de abandonar el local y pirarte pa tu casa. No por los vasos, por ti. Si no tienes amigos que te comuniquen que ya estás suficientemente perjudicado, me tienes a mí, que te miraré con una vena en el cuello notablemente inflamada.

-Si vas a un bar con música en directo, has de respetar a los músicos. Si lo que te apetece es hablar o chillar, vete a otro sitio. Tener que hacer el sonido “shhhhhh” todo el rato es un coñazo y además incomoda a la banda.

-Si decido no servirte más alcohol porque estás que te caes, es precisamente por eso, porque sé que más no te va a entrar y te va a dar algo. Podría servirte, porque así el local gana más dinero, pero como ser humano no quiero matarte. Hazme caso. Los camareros somos como una madre. Vete a dormir.

-Si te digo que no fumes, es porque la ley lo prohíbe. Más ganas que tengo yo de fumar, no las tienes tú. Pero es que multan.

-Si hay un cartel en la puerta que te invita a usar vasos de plástico para salir del local, no te lo pases por el forro. Sencillamente, volviendo a la ley, es porque me haces incumplirla a mí de rebote.

-Si te pongo una caña o una copa en un vasito mono, no es para que te lo lleves a tu casa, es para que te sientas como en ella.

-Si estoy pinchando una canción de The Kinks, no me pidas si puedo ponerte la de “Por ella” de Jose Manuel Soto. ¿No ves que NO PEGA?. Entiendo que sepas que tengo Spotify, pero al menos pide algo acorde con la sesión que suena, por dios.

-Si me preguntas que qué cervezas tengo y te doy una lista de diez, donde no hay sitio para la Mahou (por ejemplo), no te empeñes en preguntar, cuando acabe de pregonarte lo que hay, si tengo Mahou, porque ya te he dicho las que tengo, y no he nombrado la Mahou. Y si no eres capaz, no me hagas enumerarte las diez birras, que algunas tienen unos nombres impronunciables, pa luego pedir la que no he dicho.

-Sé que no sabrías diferenciar un triste JB de un Ballantines a las 4 de la mañana con una tajá de campeonato, así que no te tires el rollo de que si no hay tu whisky favorito (de los normales) te tienes que pasar a la ginebra.

-Llegar a un bar corrientito y pedir un gin tonic de “Gruebabdghsufeiser” (o cualquier otra ginebra rarísima nueva de la que solo hay en DOS sitios del mundo) con tónica de cardamomo y frutos rojos como si fuera algo normal (en vez de, al menos, preguntar primero si la tuviéramos) es como ir a la panadería de toda la vida de tu barrio y pedir una barra de pan de cebolla, orégano y dátiles como si fuera algo corriente. O al menos a mí me resulta igual de pegoso. Sobre todo cuando no la tengo y entonces pides Dih-Pehsi pero en copa de balón.

-Cuando te pongo las, por ejemplo, cuatro cervezas de botella, date cuenta que siempre tienen la etiqueta para que tú la veas, y están colocadas paralelas y a la misma distancia para hacerte agradable la vista y no añadir un problema visual a tus problemas cotidianos (bueno, esto sobra, porque creo que solo lo hago yo con mi TOC). (Y nadie lo nota ni lo agradece, es horrible).

-Si te pongo tu cuenquito de frutos secos ¿es necesario que me dejes la barra llena de garbanzos y habas fritas (lo entiendo, son la oveja negra del revuelto) con el TOC que tengo de que la barra esté impoluta?.

-Si un@ camarer@ está a full de trabajo no es necesario que le cuentes ESA NOCHE algo de tu vida super detallado remontándote al año 2 antes de Cristo y agarrándole mu fuerte la mano, pa que no pueda escapar para seguir sirviendo. Tampoco nos alegra demasiado que nos digáis que nos váis a contar vuestra vida cuando tengamos un minuto, para que escribamos un libro.

-Cada vez que preguntamos al cliente si quiere frutos secos o aceitunas, ¿es necesario que conteste “me gustan más las gambas de Huelva?”. 30 años escuchando la misma pavada. Siempre gambas y siempre de Huelva. Y siempre intentando sonreíros el mismo pego.

-No, a mí no me viene bien que me pagues con mil monedas de céntimo “porque me viene bien el cambio”. Te lo juro. Es más, es de poca vergüenza salir a beber con moneíllas chicas.

-Si me das tu copa para que te la cuide, yo te la cuido, pero si la pierdes no me responsabilices. Quien dice copa, dice bolso, dice móvil, dice monedero, dice bufanda o paraguas. Faltaría más que encima tengamos que estar vigilando las cosas de los clientes.

- Si ves que no he parao (que aunque no lo creais, seguimos un orden de llegada a la barra) no me silbes, no me des palmas, no me grites y tampoco me llames rubia si no lo soy. Los turnos son los turnos.

-Evita los chistecitos de “¿qué te pongo? Me pones palote” o “queremos todos unas pajitas” o “me pones pepino” o susurrar al amigo (lo escuchamos todo) cosas sobre culo o tetas. Llevamos 636374747 años oyendo las mismas imbecilidades y estamos hasta el mismísimo.

-Los camareros sonríen por ser agradables, es su trabajo. Y eso no quiere decir que el último cliente que se va se l@ va a ligar.

-Cuando vamos a limpiar tu mesa sobran los “ole ole ole ole ole” con voz de Pajares. 

-Las pandillas/parejas que pagan por separado nos caen fatal. En serio, los “de uno en uno” son un pestiño.

-No hay nada más pesado que un cliente al que solo te has dirigido para ponerle una copa de cerveza, que pase la noche mirándote pegao a la barra gritando: ¡eres una crack! ¡eres la mejor!. Al igual que el que te ve seria una noche y hace una estadística de cómo eres, cómo creía que eras y cómo te va a resolver la vida.

-Mientras más educado y agradable seas con tu camarero, más cariño va a poner en la copa que te sirve, no lo olvides.

Por lo demás, yo estoy encantada de servir, cuidar, incluso escuchar penas...

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Desde muy pequeña he sentido que mi mundo lo dirigían como en “El Show de Truman”, pero con Fofito. Me esforzaba en tener una vida seria y, desde arriba, alguien iba soltando “extras” y guiones absurdos que me hacían perder la dignidad a base de risa. Llegó un momento en que mientras protagonizaba esas historias, mi mente solo pensaba -para sobrevivir- en cómo iba a escribirlo. Por lo que ya no puedo seguir siendo testigo en silencio. Necesito vaciar mi cerebro y madurar.

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